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Inciso de Dirke - De camino al Macetero.

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Yber

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GM
Habían pasado ya varias semanas desde que la luna desapareció del cielo por segunda vez desde que Dirke había llegado a la ciudad, pero afortunadamente, esta vez la tierra no había decidido tragárselo. Aunque puede que no le hubiera importado. No, seguro que no. En un año puede cambiar todo.

El cuerpo desnudo del niño brillaba tenuemente con ese tono verde extraterrestre sobre uno de los bancos del cementerio. Apenas recordaba la última vez que había utilizado sus extremidades. << ¿Cuánto tiempo llevo siendo un árbol? >>. No podía asegurarlo, los relojes habían quedado muy atrás en su vida. Alzó las palmas de las manos y agitó los dedos como si fueran serpientes, sin apartar sus ojos curiosos de ellos. El hormigueo que sentía por el cuerpo, se intensificaba en las yemas, llegando a tal punto que le produce cosquillas. Dirke sonreía divertido al tiempo que se levantó para echar un vistazo alrededor. Tenía que vestirse antes de salir, para comprobar en persona lo que al parecer había causado tanto furor entre las flores del lugar.

Sus pantalones y su camisa estaban por los suelos, después de que las ramas donde se habían mantenido sujetos se hubiesen transformado en un par de brazos; el alemán no tardó en recogerlos para taparse las vergüenzas y luego escarbó por el suelo hasta dar con la cajita donde tenía guardadas el resto de prendas: la boina, sus gafas y unos patines de madera.

Ajustó las gafas de aviador para que el aire no le molestara en los ojos, se colocó la gorra y se calzó los patines con mucho brío. Echó un último vistazo a las plantas que le habían acompañado estos meses y comenzó a rodar calle abajo con energías renovadas. << ¡La sensación es impagable! >> El viento no tardó en encontrarse con el muchacho para secuestrar las pocas hojas que se habían quedado enredadas entre sus cabellos rubios y bailotear alegre con la camisa y los tirantes del alemán, que por haber crecido en estatura, no había podido colocarse correctamente. Dirke chillaba eufórico cuesta abajo, no sin pasar por alto lo cómica que podía resultar la situación. << ¡Soy Linterna Verde! >>.

-¡Uo,uo, uooooooo!-pensó en alguna frase típica del héroe, pero se dio cuenta de que jamás había leído un cómic suyo- ¡Corre como el viento, Perdigón!- acabó gritando, tras usar la primera película que se le vino a la cabeza como comodín. Su rocavarancolés seguía sonando chapucero, pero al menos conjugaba con decencia.

Dirke pasó de largo un par de esquinas y pronto llegó al punto más bajo de esa calle. Continuó cruzando los distintos barrios de la ciudad, empujándose con los patines sin ningún miedo a las posibles amenazas que poblaban la ciudad. << Soy velocidad en estado puro >> y, a pesar de que conocía habitantes de sobra que podrían superarlo incluso sin patines, no le importaba lo más mínimo. << ¡Que vengan si quieren! Que les demostraré de que madera estamos hechos los grandes >>. El chiste fue tan malo, que bien habría merecido una risotada suya de no necesitar el aliento para acabar tan trepidante carrera contra nadie. Iba demasiado rápido, pero casi podría haber jurado que las enredaderas del torreón de sus amigos le saludaban de pasada.

Conforme fue llegando al lugar que le habían indicado los rosales, comenzó a frenar. El calculo había sido casi perfecto y había colocado al alemán justo frente al portal que estaba siendo la comidilla de toda la flora rocavarancolesa. El interior del vórtice se agitaba de forma hipnótica, iridiscente.

-¡Aquí estás!-no le importó decirlo en voz alta. Llevaba un año hablando con plantas. ¿Quién le aseguraba que los portales no podían entenderle igual?- Veamos que se cuece ahí dentro.

Dirke se quitó los patines y se los colgó de un hombro. Subió las gafas hasta colocarlas sobre la visera de su gorra y puso su mejor pose de aventurero, con los brazos en jarra apoyados en las caderas. Se giró una última vez y dirigió una mirada seria a ningún punto en concreto, intentando mantener la imagen de conquistador que había adoptado.

-Danke, Rocavarancolia-su tono de voz solemne se quebró y el niño se echó a reír a carcajada limpia. Su futuro no tenía nada que ver con las artes escénicas, eso estaba claro; lo habían traído a Rocavarancolia y no a una academia de teatro. Dirke dio un par de pasos más y su sonrisa perenne cruzó al otro lado. Hasta los brotes más nuevos de la ciudad habrían apostado a que el muchacho había seguido con el juego, entrando a conquistar al grito de “¡banzaaaaaaaaaaai!”.


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No llores por no poder ver tu pierna,
las lágrimas te impedirán ver los cadáveres de tus amigos.

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