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Rocavarancolia Rol » Rocavarancolia » Área Sudeste » Templo de los suicidas abnegados

Templo de los suicidas abnegados

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1 Templo de los suicidas abnegados el 13/04/12, 05:54 pm

Rocavarancolia Rol

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Recuerdo del primer mensaje :

Edificio alto con torres puntiagudas y fachada recargada y llena de salientes, de los que cuelgan ahorcados en distintos estados de descomposición. El interior es oscuro, con ventanas diminutas a través de las cuales apenas entra luz. Las paredes estan desnudas salvo por algunos frescos con escenas cruentas y deprimentes. No queda ningún mueble, y no hay pisos salvo por las escaleras que permiten subir a las fachadas y las que bajan a las catacumbas, cuyas paredes están cubiertas de huesos de todo tipo. Allí se encuentra la sede de los Hijos de Ewa, y allí viven la mayoría de los sacerdotes y algunos adeptos.

Ficha de la transformación de Ewa:

Delirio

-Cambios físicos: su cuerpo físico queda atrapado entre dos planos, por lo que el aspecto con el que se materialicen en la "realidad" puede ser el que más les guste. No necesitan alimentarse, pues se alimentan de la impresión que deja su imagen en las personas. Que dejen de pensar sobre ellos puede significar que dejen de existir.

-Cambios psicológicos: pierden su propia concepción física y cualquier vínculo con la realidad, al cabo del tiempo acaban perdiendo la empatía pues todo lo ven como en una pantalla, ajeno a ellos. Se vuelven locos en poco tiempo. Adquieren una gran paciencia y un sentido del humor enfermizo.

-Magia: nivel avanzado.

-Precio de la magia: se recargan con el tiempo, que puede transcurrir de forma diferente en el interplano que en la realidad.

-Otras habilidades: mientras la Luna Roja está en el cielo pueden rasgar el tejido que separa los planos si consiguen bastante poder y crear portales para que les resulte más fácil nutrirse y asegurar su existencia. Dichos portales pueden ser creados sobre una persona únicamente durante el proceso de transformación, justo después de que salga la Luna, y hacer que comuniquen con una parte del interplano al que el delirio tiene acceso. Esta interferencia durante el cambio provoca algunos efectos secundarios y por eso los llamados "bendecidos por Ewa" presentan variaciones físicas frente a otros transformados de su misma especie. Con práctica puede darle su propio toque al interplano. Afinidad con el ilusionismo y con hechizos de confusión y alteración de los sentidos.

-Ventajas: mucha magia, relativamente fácil de conseguir. Al no estar en un plano real es inmune a enfermedades, heridas físicas, dolor físico, guerras, etc. Te da una visión mucho mas amplia de los sucesos ocurridos en un plano.

-Desventajas: se vuelven locos. Pierden la capacidad de relacionarse físicamente con la gente, y no pueden pertenecer realmente a ningún mundo. Los interplanos son aburridos y solitarios.

-Problemas iniciales: si no has hecho muchas amistades antes de la Luna puede que pronto la gente se olvide de ti y mueras al poco de transformarte. Las manifestaciones cuestan energía y al principio concretar imágenes puede resultar trabajoso y difícil. Estar en el interplano desorienta y es agobiante.

-Consejos: intenta mantener la calma y concentrarte en materializarte. Por mucho que te duela, recuerda que el miedo es el sentimiento que deja una impresión en la gente mas fácilmente.


121 Re: Templo de los suicidas abnegados el 19/04/18, 01:06 am

Yber


GM
A Corann no le costó mucho encontrar una oferta suculenta para Kromen Pietro y a la gárgola no le costó mucho aceptar. A cambio de un caos tal que podría lanzar hechizos durante meses, Kromen Pietro estaba dispuesto a cometer una traición. Para la realización de aquel pacto, había hecho falta una red de seguridad que le abriera camino y lo ocultara. Kromen se preguntaba cuántos adeptos habían participado sin que él lo supiera.

Cuando le llegó el aviso para actuar, en sueños, se desperezó y abandonó su estado inmóvil. Envolvió su cuerpo en una burbuja de silencio; descendió de su cornisa, esquivando los cuerpos colgados, y cruzó el umbral. Había soñado tantas veces el camino, que podía recorrerlo con los ojos cerrados: tomar las escaleras, bajar a las catacumbas y cruzar hasta dar con la primera puerta abierta. No se encontró ni un alma por el camino, ni tocados por Ewa ni adictos adoradores.

A quien sí encontró fue a Lil, tras el umbral que debía estar. El ghoul dormía plácidamente, quién sabe si perdida su conciencia o no, a pesar de que Nihil lo había atado a una cadena de seguridad. Kromen Pietro tuvo que contener una risa. Aquella cadena jamás había funcionado, pero ahora se había convertido en la ruina del ghoul y de su despiadada cuidadora.

La gárgola se irguió y estiró los músculos de los brazos, quedando los crujidos amortiguados por la burbuja. Movió la cabeza de un lado a otro y se cernió sobre la cama del niño muerto. Estaba listo.

Con un movimiento suave cogió la cabeza del ghoul, con la fuerza de la roca viva la partió entre sus dedos.

122 Re: Templo de los suicidas abnegados el 19/04/18, 03:43 pm

Zarket


GM
La súcubo de las pesadillas observó cómo se alejaba el cuervo con la nota para el vampiro, todavía temblando de ira. Su mente, por supuesto, ya había trabajado frenéticamente en quien podía haber hecho aquello, en cómo había sucedido y en por qué nadie había hecho nada para evitarlo. Solo había una conclusión posible a todas aquellas preguntas. Nihil salió al pasillo, dispuesta a llegar al final de aquello.

—¡Casia, ven ahora mismo!

La ninfa se acercó con un paso inestable, a medias cauteloso y a medias temeroso. Nihil no esperó a que hablara para interrogarla.

—Por qué no estabas en tu puesto —su voz sonó como un látigo. Su... protegida carecía de cualquier daño visible, por lo que era evidente que no había luchado contra nadie.

—Un adepto solicitó mi presencia, nec-

La segunda sacerdotisa de Ewa perdió entonces la paciencia. Agarrándola del cabello la arrastró hasta su habitación y la echó a los pies del cadáver de Lil' Zombie. La sorpresa fue suficientemente sincera en la cara de dama Casia para saber que ella no había sido, pero aquello no disminuyó la ira de Nihil.

—¡¿Crees que soy imbécil?! ¡Yo creé esos contratos! ¡Yo se los enseñé a Corann! ¡Soy capaz de oler esa magia a kilómetros de distancia, y tú hiedes! —no había soltado aquella melena en un solo momento, pero ahora lo hizo. La dejó tirada en el suelo mientras ella misma se alzaba en toda su estatura, con sus ojos relampageando con un odio que no había sentido nunca—. Estoy segura de que sabes quién ha sido el brazo ejecutor, así que más te vale decírmelo o te juro que lo mal que estás durmiendo últimamente te va a parecer descansar en el séptimo cielo.

La ninfa la miraba aterrorizada, pero su cerebro ya había llegado a la conclusión inevitable. El nombre de la persona cuya travesía no debía molestar era, con mucha probabilidad, el nombre del asesino.

—Kromen. Tuvo que ser Kromen.

La boca de Nihil se contrajo en una fina línea al oír aquel nombre. Con aquello ya tenía los nombres de los dos principales culpables de aquel crimen, y se prometió que, antes de que terminara todo aquello, Corann y Kromen sufrirían.

—Ya veo. Así que estoy rodeada de desagradecidos y traidores.

No dedicó una mirada más a la ninfa antes de girarse e ir velozmente hacia el puesto de la gárgola. Los adeptos se apartaban a su paso, quizás sabiendo que cualquiera que hubiera tenido que ver con aquello no podría tener sueños placenteros nunca más, y aquello con suerte. A Nihil le traía sin cuidado: nunca le habían importado los adeptos sino como medio para mantener su nivel de vida, y aquel momento era el último en el que eso cambiaría.

En cuando vio la puerta del Templo se echó un hechizo de levitación que en poco tiempo la alzó hasta las espaldas de la gárgola. Un sortilegio disolvente le sirvió a modo de saludo. No hizo ningún daño a Kromen, aunque sí a sus defensas.

—Qué violenta, Nihil —la gárgola dignificó a la mujer que le había introducido en la Secta con una sonrisa sardónica. Nihil respondió con un lanzazo de magia que volatilizó la mayor parte de las defensas que quedaban, sin ganas de andarse con sutilezas.

—Por qué —la ira y la indignación se mezclaban en la voz de la súcubo de las pesadillas, todavía incapaz de asumir que la única persona que realmente parecía haber sido fiel a ella estuviera muerta—. Qué te prometió a cambio de hacer eso.

—Me prometió exactamente lo que va a traer: el caos. El caos eterno, el caos indomable, el caos para toda Rocavarancolia —la voz de Kromen Pietro sonaba enloquecida más allá de todo nivel, la máscara de los últimos tiempos ya caída. Durante un segundo el aire alrededor de los dos se congeló, con Kromen disfrutando al recordar la promesa de Corann y Nihil asimilando y desentrañando el significado de aquellas palabras.

Luego la gárgola lanzó una consunción ámbar, y el duelo empezó.

Sortilegios desintegradores y hechizos sombríos volaron sobre el Templo de los Suicidas Abnegados, donde se originó un despliegue de magia ofensiva que no se veía desde el ya famoso duelo de mercenarios de unos años atrás. En esta ocasión, sin embargo, no solo pendía el destino de unos rocavarancoleses cualquiera: sin que nadie lo supiera el futuro de toda la ciudad estaba en juego.

Pero Nihil era indudablemente superior a Kromen, y aquella falsa batalla acabó saldándose a su favor. Una consunción mandó a la gárgola a volar lejos de allí, con las alas dañadas. Antes de que tocara el suelo le dio un hechizo fulminante, y cuando los gritos de la gárgola cesaron un lanzazo púrpura dio en el pecho de Kromen Pietro, asfixiándolo. Luego siguió la malla ácida y una llamarada oscura.

Nihil observó la masa quemada y desgarrada que quedaba del asesino de Lil, todavía inundada por el odio. Kromen estaba vivo, y a la súcubo nada le gustaría más que sanarlo y volver a empezar, pero una vocecita en su cabeza insistía en que había otras cosas que hacer mucho más importantes. Y que aquel desdichado, a fin de cuentas, era solo el brazo ejecutor. El auténtico asesino todavía estaba suelto.

Unos segundos después un hechizo desintegrador volatilizó el cuerpo de Kromen Pietro. Nihil, súcubo de las pesadillas, segunda sacerdotisa de Ewa, se dio la vuelta. Tenía mucho en lo que pensar, y más todavía que hacer.

123 Re: Templo de los suicidas abnegados el 29/04/18, 03:19 pm

Giniroryu


GM
La acólita solicitó audiencia con Lah Donna, asegurando que tenía información muy importante para la líder de la secta. Información que arrojaría luz sobre la traición que se estaba llevando acabo dentro de aquellas paredes, y por eso afirmó que era preferible llevar a cabo aquel encuentro entrada la medianoche, cuando habría menos oídos indiscretos en el interior del templo.
Se trataba de una nueva adepta que había llegado a la secta por primera vez hacía un mes. Una ochroria proveniente de la Iglesia Espiritual que afirmaba haber encontrado en Ewa un sustituto a su anterior fe. Su devoción había aumentado con el paso de las semanas, y durante los últimos días pasaba la mayor parte de su tiempo en el templo preguntando a otros adeptos acerca de los milagros y portentos de su diosa, Ewa.
El hado infernal sin nombre la condujo hacia la sala de audiencias de la súcubo. La acólita caminaba en silencio, su rostro oculto por la capucha roja que vestía. Bajo su capa, mantenía su única mano cerca de un bolsillo interior. El adepto abrió la puerta y se hizo a un lado, permitiéndole ver a Lah Donna recostada en su lugar habitual.
—Me han informado de que dispones de información importante para la secta.
—Así es, mi señora.
La acólita comenzó a caminar para acercarse a la líder de la secta. Lo sucedido un mes atrás omnipresente en su mente.

124 Re: Templo de los suicidas abnegados el 01/05/18, 05:10 pm

Giniroryu


GM
Paso a paso Gighena, oculta tras la ilusión de una adepta ochroria, se acercó a Lah Donna. Lo hizo a un ritmo constante pero con movimientos calmados, tratando de evitar levantar sospechas. Bajo la capa su mano continuaba deslizándose hacia el bolsillo interior. Cerró sus dedos alrededor de una daga invisible. Su bolsillo también llevaba hechizos anclados, destinados a evitar que el veneno permease en la capa y perdiese efecto. No sabía de dónde había sacado Casia aquella fórmula en particular de la que nunca había oído hablar (o probablemente habría intentado algo como aquello mucho antes), pero no tenía más opción que fiarse de la ninfa ciervo.

—He oído los rumores sobre la presencia de traidores en la Secta.

Donna fumaba en una larga pipa y dejó escapar un aro de humo, demorándose unos instantes en la respuesta.

—Vaya, sí que se extienden rápido los rumores aquí para que una adepta tan reciente esté al tanto.
Gighena había deslizado con precaución la daga invisible fuera por completo, manteniendo su puño contra su pierna.

—Precisamente estoy al tanto porque dichos traidores se pusieron en contacto conmigo, aunque desconozco cuántas personas forman parte de la disidencia. Pensé que querríais conocer los nombres de los que sí dispongo.

—Si es como dices sin duda nos serás de gran ayuda. Adelante, por favor.

—Creo que Kromen Pietro ya recibió su castigo debido, pero además de él... Gighena.

La súcubo alzó una mirada extrañada hacia la adepta.

—¿Cómo?

La trasgo trató de ser lo más rápida posible, lanzándose con la daga invisible por delante buscando ensartarla en cualquier parte del cuerpo de Lah Donna. Si Casia no estaba mal informada, con que penetrase en la sangre de alguien en cuyo cuerpo se hallase rastro de bilis negra, esa persona moriría irremediablemente en poco tiempo.

—¡Esta pesadilla se termina aquí y ahora!

La daga se clavó en la carne, pero no en la que Gighena esperaba.

El hado infernal había observado la audiencia a una distancia prudencial. Tal vez habría perdido el juicio, pero el adepto sabía hacer bien su trabajo. No había dejado de observar los movimientos de la falsa acólita, y se había dado cuenta de que su puño se encontraba cerrado alrededor de un arma invisible. Impulsándose con sus alas, se interpuso entre la líder de la secta y su atacante, recibiendo la puñalada envenenada en un costado.

Entre gritos de agonía, el adepto se derrumbó y gritó agónico. La súcubo se había levantado con mucho esfuerzo, pero no pudo hacer nada por ayudar a su subordinado. Este se había comenzado a poner lívido y sus ojos se habían inyectado de bilis negra. Escupió sangre y bilis a partes iguales y se retorcía de dolor. Se arrancó la daga invisible, que retumbó en el suelo, y extendió un brazo espasmódico hacia Gighena. Parecía querer decir algo pero tan solo consiguió toses y sonidos ahogados. Finalmente, dejó de moverse. La bilis negra se derramaba bajo su cadáver, mezclándose con la sangre.
—Eres tú...

Lah Donna observaba a Gighena con rabia y temor a partes iguales, pues la trasgo había recuperado la daga en cuanto la oyó caer y había deshecho la ilusión para que la súcubo pudiera verla y supiera en qué situación se encontraba.

—He vuelto. Pero no para quedarme. Como iba diciendo... Esto termina aquí y ahora.

La puerta de la sala se abrió de golpe y un sortilegio salió despedido en dirección a la mano de la trasgo. La daga fue arrojada hacia un lateral de la instancia y Gighena se dio la vuelta, asustada.

—Tienes razón, pero para ti.

Nihil preparaba un relámpago negro y plata.

125 Re: Templo de los suicidas abnegados el 02/05/18, 05:54 pm

Zarket


GM
Gighena apenas dedicó un segundo a mirar con incredulidad e indignación a la súcubo de las pesadillas. Luego usó un hechizo de dispersión para contrarrestar la ofensiva de Nihil. La ola de calor resultante inundó la estancia de una atmósfera sofocante que, no obstante, no detuvo a las tres combatientes. Al fin y al cabo Gighena no deseaba más que ver reducido a escombros aquel Templo; y dadas las circunstancias Nihil y Donna no eran proclives a tener piedad con alguien que, a fin de cuentas, era una traidora.

El primer paso lo dio la primera sacerdotisa de Ewa: un hechizo de intangibilidad. No se engañaba al respecto de que estaba en mucho más peligro que Nihil, y aquello no solo por ser el objetivo del atentado: Gighena mataría con la misma satisfacción a cualquiera de las dos, lo sabía. Sin embargo la aprendiz de Siloco poseía mucha más experiencia que ella en la magia de combate, y lo último que necesitaba era preocuparse de su defensa además de defenderse y atacar a la trasgo.

Las dos contendientes principales, entre tanto, trenzaron un hechizo sombrío de forma prácticamente simultánea. Ambos proyectiles chocarón en el aire, desviándose hacia lugares opuestos de la habitación. El duelo, sin embargo, no paró ni un momento: Nihil invocó un sortilegio disolvente que Gighena esquivó por poco saltando a la cama donde antes había estado Donna. Esta, habiendo terminado la finta, lanzó el conjuro que había estado preparando: una malla ácida. Nihil la recibió de lleno, aunque el único daño que hizo aquel sortilegio fue a sus defensas.

Sin embargo Lah Donna no se había mantenido de brazos cruzados. Le había costado algunos momentos recordar bien el sortilegio, pero finalmente logró despedir un hechizo fulminante hacia Gighena. La trasgo, enfrascada en el combate contra la súcubo de las pesadillas, no tuvo tiempo de evitarlo. Sus gritos inundaron la habitación, dando tiempo a Nihil para paliar algo sus defensas y trenzar una llamarada oscura que su enemiga apenas pudo desviar. Nihil, sin embargo, no cejó: recurrió una vez al mismo hechizo, que una vez más fue desviado. Sin embargo, poco a poco, la segunda sacerdotisa fue acorralando a la antigua Número tres. Los desvíos eran cada vez más costosos, y pronto la temperatura comenzó a subir.

Lah Donna se quedó quieta, incapaz de pelear contra Gighena por miedo a darle a Nihil. Y eso le permitió apreciar la subida de la temperatura, cosa que las dos contendientes ignoraron, enfrascadas como estaban en la pelea. La primera sacerdotisa frunció el ceño, empezando a preocuparse de lo que podía pasar allí. Aquella sala estaba preparada para proporcionarle un lujoso descanso durante las audiencias, no para soportar la concentración de magia que empezaba a haber en el ambiente.

—Deberías haberte quedado.

—Jamás —escupió Gighena—. La enfermiza vida que lleváis en este pozo de fanatismo no la quiero, ni la he querido nunca.

—Como si a mí o a Donna nos importara mucho Ewa o los adeptos —un paso más, una maldición más acompañaron a estas palabras, Gighena acercándose un poco más al lugar aproximado donde la quería—, pero es un precio leve. Unas horas a la semana dando droga y a cambio una vida cómoda y lujosa. Y, sobre todo, unas horas a la semana dando droga —el hechizo que estaba formulando cambió: de llamarada sombría a un impulso especialmente reforzado. Lo suficiente para desestabilizar a aquel peligro para la Secta, al menos—, y no estarías a punto de morir.

El hechizo pasó, gracias a la rapidez de su conjuración, por detrás de un desvío que Gighena no pudo completar a tiempo. La desestabilizó tanto como pudo, pero lo importante fue el tiempo que consiguió para Nihil: suficiente para usar un hechizo de impacto que, esta vez sí, dio con Gighena en el suelo.

Un alarido llenó la habitación cuando el puñal envenenado se clavó en su espalda.

Lah Donna torció el gesto ante los gritos de la trasgo y suspiró. Luego dio unos pasos hacia donde calculaba que estaba el diván, conteniendo las muecas que deseaba soltar. Algo que tenía claro era que odiaba a cualquier persona que la obligara a estar de pie.

—Nihil —la llamó, una vez pudo recostarse en una posición cómoda. No había oído el menor movimiento por parte de la súcubo de las pesadillas, abstraída no sabía Lah Donna si por elucubraciones o por puro agotamiento—. Quiero una explicación.

—He estado vigilando a dama Casia desde lo de Kromen —Nihil contenía como podía el cansancio que amenazaba con colarse por su voz. En lo más hondo de su ser la cofundadora de la Secta de Ewa solo quería acabar ya con todo aquel asunto, pero la raíz estaba demasiado lejos de sus manos para que estuviera contenta—. La he visto hablando varias veces con... La "acólita ochroria" —dirigió una mirada despectiva hacia el cadáver de Gighena—. Pensaba ir a su habitación a investigar cuando me enteré de que la nueva tenía en ese momento una audiencia contigo. Preferí venir directamente.

—Muy bien, entonces ve ya. Sácale hasta las entrañas, si hace falta, pero quiero que llegues al final de todo esto. ¿Hay guardias en los que confíes?

—Algunos —había investigado a cuantos pudo tras la traición de Kromen, y creía ya tener una idea aproximada tanto de los tratos de Corann como de los de Casia.

—Ponlos en la puerta de esta sala. Que maten a cualquiera que quiera entrar que no seas tú. Y, Nihil —añadió cuando oyó cómo la súcubo de las pesadillas empezaba a alejarse—, cuando termines ven tan pronto como puedas. Quiero un informe de todo lo que está sucediendo en la Secta.

126 Re: Templo de los suicidas abnegados el 03/05/18, 06:35 pm

Giniroryu

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GM
Nihil le había explicado a Lah Donna lo que pensaba hacer antes de dirigirse hacia el cuarto de dama Casia. Desde la traición de Kromen la ninfa ciervo permanecía bajo vigilancia constante: la súcubo de las pesadillas no había querido deshacerse de su protegida tan a la ligera, ni siquiera sabía que tipo de trato había hecho con Corann a fin de cuentas. Gighena se había infiltrado en la secta mucho antes de que pudiese sospechar nada, a fin de cuentas, pero había visto a aquella ochroria acercarse a la puerta de dama Casia con frecuencia. Nunca pasaba más que unos segundos junto a ella y no era suficiente para demostrar que no se trataba de una casualidad y Nihil no quería dar una falsa alarma para evitar dar a los adeptos más motivos para recelar de la secta. Pero cuando Tero le dijo, a su particular manera, que había visto al hado infernal acompañando a la ochroria hacia la sala de audiencias de la primera sacerdotisa, supo que había pecado de cautelosa con aquello.

Entró en el cuarto de dama Casia y clavó su mirada sobre la ninfa ciervo, quien se encontraba tumbada en su cama con cara de agotamiento, como casi todos en el templo.
—Has sido tú, ¿verdad?
—No sé de qué me hablas, Nihil. Pero no he salido de mi cuarto, pregúntale a quien quieras —Casia se incorporó y se sentó en la cama con los brazos cruzados. Su corazón latía tan fuerte que temía que la súcubo pudiera oírlo.
—No te hagas la tonta. Tú infiltraste aquí a Gighena: no tengo ninguna duda de eso —alzó la daga que había recogido tras la pelea, el arma homicida, y apuntó a la ninfa con ella, quien se levantó de un salto y levantó los brazos—. Este arma está envenenada, ¿no es así? El hado infernal no tenía muy buen aspecto después de haber recibido una puñalada...
Nihil se acercaba cada vez más a dama Casia apuntándola con la daga mortífera y esta reculó, visiblemente asustada.
—No sé nada sobre los planes de Gighena, yo tan solo tenía que infiltrarla aquí como parte de mi contrato con el íncubo... No pensé que pudiese conseguir algo tan letal...
—¿Tan letal? Yo solo he dicho que estaba envenenada, ni he mencionado que el hado haya muerto. Casia, deja de tomarme por imbécil.
La ninfa calló durante varios segundos en los que tan solo permaneció arrinconada contra la pared.
—Muy bien... veamos que tienes por aquí...

La súcubo comenzó a registrar la habitación y, al cabo de unos instantes, había colocado varios botes llenos de diferentes pócimas. Algunos creía reconocerlos por el color ya que eran preparados de uso frecuente en la secta, pero no era ninguna experta en alquimia y no hubiese podido deducir cuál era la sustancia que estaba buscando. Los comenzó a examinar, dándole vueltas mientras murmuraba.
—¿Cual será... cuál será...? Tengo una idea. —Se giró hacia dama Casia, extendiendo hacia ella una de las botellas cuyo contenido no reconocía—. Puedes probar tu inocencia si pruebas una a una estas pociones, ¿qué te parece? Tranquila: ya sabes que hay antídotos para los venenos más frecuentes en el templo.
—N... No... ¡No, está bien, lo admito! Es ese —señaló uno de los botes que contenía un líquido violáceo—. Es un veneno que reacciona de forma violenta a la bilis negra. Lo encargué a una alquimista tras conseguir la receta. El trato... el trato era matar al hado infernal. Y cuando Gighena apareció decidí aprovecharme de ella. Pensaba matarla después utilizando el mismo veneno, por eso lo conservo.

Nihil escuchó la historia de Casia y, tras unos interminables segundos, bajó la daga.
—Ya veo... ¿Y qué es lo que te prometió Corann para que estuvieses dispuesta a asesinar a uno de nuestros adeptos más antiguos y leales?
—Yo... Lo siento, he sido una estúpida. Me dejé influir. Yo... quería ser más influente. Quería ser alguien.
—Serás castigada, no lo dudes. Pero reuniré a los sacerdotes primero.
—S-sí... Lo comprendo... He hecho algo horrible.

Las lágrimas discurrían por la mejilla de la ninfa. Asustada como estaba no había sido difícil provocar el llanto. Se las secó en cuanto la súcubo de las pesadillas abandonó el cuarto. Estaba claro que Gighena había fallado en su intento de asesinato, aunque dadas las circunstancias parecía que al final había sido lo mejor para ella. No podía evitar sentirse frustrada, no obstante, pero debía fingir arrepentimiento durante un tiempo.

---

La fueron a buscar a la mañana siguiente. La ninfa ciervo no había pegado ojo en toda la noche y sabía que Tero había estado vigilando su cuarto: había oído a aquel crío demente reírse como un maníaco mientras corría por el pasillo en más de una ocasión. Le colocaron unos grilletes y la condujeron hacia una de las salas donde se rendía culto a Ewa a través de la consumición de bilis. Todos los sacerdotes, adeptos que vivían en el templo y varios de los esporádicos se encontraban allí, reunidos alrededor del diván de Lah Donna. Casia agachó la cabeza para evitar mirar a la súcubo a pesar de su ceguera. Quería parecer lo más avergonzada y arrepentida posible. Los adeptos que la habían conducido hasta allí la arrojaron al suelo y la obligaron a arrodillarse.
—Dama Casia... —Lah Donna dio una calada a su pipa—. Nihil me lo ha explicado casi todo, pero hay algo que todavía no sé. ¿Por qué querías asesinarme?
La sala se llenó de murmullos de los adeptos. La ninfa alzó la cabeza para protestar: ya se esperaba aquella pregunta, aunque tenía la esperanza de que la súcubo de las pesadillas se hubiera quedado satisfecha con lo que le había dicho el día anterior.
—¿Asesinaros a vos? ¡No, mi señora! No sabía que Gighena había intentado asesinaros, esa sucia traidora... Tal y como le expliqué a Nihil era el hado infernal mi objetivo. Y merezco ser castigada por ello.
Lah Donna dejó escapar un chasquido de irritación que acompañó de otra calada e hizo un gesto con la cabeza. Nihil se acercó entonces desde un lateral con paso firme.
—Mientes. Hicimos hablar al cadáver de Gighena.
Los ojos de Casia se abrieron de par en par y comenzó a temblar. Trató de levantarse pero no fue capaz y cayó aparatosamente al suelo.
—Yo... ¡Os suplico piedad, por favor! ¡Encerradme durante un año entero si es necesario!
—No. Eso no es una opción. Has cometido alta traición y solo hay una forma de redimirse.
A un gesto de la súcubo de las pesadillas, uno de los adeptos sujetó la cabeza de dama Casia y le obligó a abrir la boca. Nihil entonces vertió una gota del veneno que le había sustraído a la propia ninfa la noche anterior. La traidora no tardó en comenzar a gritar y retorcerse de dolor mientras escupía bilis negra y sangre, al igual que había ocurrido con el hado infernal. Los murmullos se convirtieron en voces que comentaban el horror que se había desatado ante sus ojos.
—Que sirva de ejemplo. Esto es lo que le ocurrirá a cualquiera que se atreva a traicionar a la secta. —la voz de Donna se hizo escuchar a través de la agonía de la ninfa ciervo—. Podéis retiraros.

---

El cuerpo de Casia yacía en un estado muy similar al del adepto asesinado por Gighena. Tan solo Nihil y Donna permanecían en aquella sala, la segunda inmutable y la primera con una expresión que podría fulminar a cualquiera que se le cruzase por delante.
—Sabes que tenía que hacerse, fuese o no cierta su historia —dijo la súcubo desde su diván.
—Lo sé. Pero aún así quería asegurarme. Tenía la esperanza de que no todos mis protegidos fuesen a traicionarme uno tras otro de esta manera.
Nihil pateó el suelo con rabia y Lah Donna dejó escapar un largo suspiro.
—No quiero sonar sarcástica ni meter el dedo en la yaga, pero tal vez deberíamos mantener a Zmey bajo estricta vigilancia también.
—Lo haré —respondió Nihil enseguida—. Desde ya. Enviaré a alguien a que limpie este desastre y me aseguraré de que no hay ni un solo segundo sin cubrir en las guardias.
La súcubo de las pesadillas abandonó la estancia a paso firme. En realidad sabía que el piromante no había hecho ningún trato con Corann, pero empezaba a no fiarse ni de su propia sombra dentro de aquellas cuatro paredes. El íncubo de las pesadillas lo iba a pagar muy caro: debería ponerse en contacto con Melodes de nuevo.

127 Re: Templo de los suicidas abnegados el 06/05/18, 02:32 pm

Zarket

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GM
Antes de la muerte de Kromen...

El olor a plata vieja lo siguió durante un segundo desde el mundo onírico. Bastel se despertó con una mezcla de emociones que no sabía describir. La desconfianza era, obligatoriamente, una de ellas: aquello era Rocavarancolia, al fin y al cabo. No podía evitar pensar si aquel desconocido había sido nada sincero, si su fin era otro, o incluso si no podría ser un enemigo de la Secta. No amaba a Ewa, pero algo que tenía claro era que estaba en el mismo barco que el resto de los sacerdotes, unidos todos por un interés común.

Y, sin embargo, si aquel desconocido había dicho la verdad... El trasgo reprimió un escalofrío. La gloria de la antigua Rocavarancolia superada, el torbellino de maravillas y engendros inundándola, el poder de la ciudad de los delirios convertido en imbatible, sojuzgando la creación, siendo el núcleo universal de la magia. Aquella urbe convertida en el lugar desde donde una ola de supremacía y hechicería inundaría todos los mundos para mayor gloria de Rocavarancolia y la Luna Roja.

La visión apareció por un momento ante él, y tanto Bastel como el espíritu del antiguo nublino que había sido la contemplaron con fervor. Aquello era lo que siempre había ansiado. Mucho más que las comodidades o el lujo, mucho más que el poder personal o el placer, mucho más que la carne que ahora lo alimentaba.

Con un suspiro, el trasgo se sentó en la cama, contemplando sus manos. Su mente estaba recordando el estado en el que estaba Rocavarancolia en ese momento: las ruinas, la cicatriz de Arax, las alimañas inundando una ciudad que debía ser de sus milagros, no de bestias irracionales... La tremenda fragilidad que, Bastel no se engañaba, la consumía. El sacerdote sabía que si la Alianza de Mundos alguna vez reencontraba Rocavarancolia no podrían hacer nada para evitar la aniquilación total.

Con el ceño fruncido se levantó. Esperaba, realmente esperaba, que aquel desconocido cumpliera su palabra. Porque si no era así tenía claro que no pararía hasta hacerle tragar sus propios intestinos.

Las reflexiones acerca de aquel contrato pasaron pronto a segundo plano, preocupado como estaba por el tema de Ariv. Las investigaciones que había realizado en los subterráneos antes de aquel sueño resultaron por completo infructuosas. No se lo explicaba, pero de alguna forma, por algún motivo, no existía la más mínima pista de algo que debería haber sido más fácil. Ni un hilo del que tirar, ni un rumor extraño, ni una persona sospechosa. Todo indicaba que la lémur estaba viva, salvo el obvio hecho de su desaparición y la maldita liberación de los fantasmas.

Y Rocavarancolia también se revolucionaba. Malos sueños, poco descanso, irritabilidad, caos de un tipo que no había ni siquiera con la Luna Roja en el cielo. El trasgo no estaba exento a nada de aquello, y tras cierto tiempo le quedó claro que algo sucedía en la ciudad. En las noches con descansos interrumpidos a veces se preguntaba si tenía que ver con aquella promesa que había hecho en sueños, pero no podía encontrar respuesta a esa duda. Y ni podía ni quería acudir a alguien. No cuando todavía podía aplastar cualquier duda al recordar la visión de la gloriosa Rocavarancolia que le habían enseñado.

Una noche, tras varias semanas, por fin lo visitó. Le dejó claro cuál era el favor que debía hacer, y le dio toda la información que necesitaba para hacerlo. El trabajo no iba a ser particularmente difícil. Y, siendo como era ya, tampoco desagradable. Tenía claro que no dudaría.

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