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1ª Incursión de Vacuum en Ochroria.

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Red

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Una figura vestida de negro se deslizaba por las calles de la ciudad-palacio de la Iglesia Terrenal que ostentaba el color cyan. Llevaba la túnica que era costumbre vestir en esas ciudades, pero su sobreveste no era del color emblema de la ciudad, era de un negro azabache, como las del los novicios de la Iglesia Espiritual.

Tenía la capucha calada hasta los ojos, y su rostro quedaba oculto por la penumbra, aunque entre las sombras se adivinaba una afilada sonrisa, blanca como la nieve, que no presagiaba nada bueno. Sus botas altas de cuero negro no hacían apenas ruido al golpear contra el empedrado y cuando la gente se giraba, tras percibirle por el rabillo del ojo, ya había desaparecido en la siguiente esquina, dejando tras de si una duda sobre su existencia.

Llevaba un rato buscando algo, eso se podía notar en su actitud, y parecía que lo había encontrado. Unos metros por delante de él caminaba solitario un ochrorio con un sobreveste de un color cyan pastel, eso lo identificaba como un censor, vulgarmente llamado “cazabebes”, un funcionario que se dedicaba a apuntar nacimientos y fallecimientos por causas naturales, aunque en casos muy raros, también eliminaba niños que nacían fuera del sistema, de hay su sobrenombre.

Una vez llegaron a una calle vacía, las ciudades-palacio tenían poca afluencia en sus calles, la figura pateo una piedra deliberadamente, provocando que el censor se girara, alarmado por el ruido, y lo viera fugazmente antes de que el encapuchado se girara y desapareciera tras una esquina.

Todos los ochrorios cooperaban muy gustosos con la justicia, ya que su ambición de ascender en la escala social les empujaba a a acusar a sus propios vecinos, así que el encapuchado no dudo ni un instante que el “cazabebes” había caído en su red, un encapuchado misterioso era un muy jugoso ascenso que su naturaleza no le permitiria dejar escapar.

La figura sombría se mantuvo a una cierta distancia, haciendo creer al censor que era él el que estaba dando caza a una presa, cuando en realidad era al revés. El encapuchado condujo a su presa hacia la zona más humilde de la ciudad, allí donde se alojaba la población que ocupaba el escalafón mas bajo de la Iglesia Terrenal, allí donde lo tendría en sus garras.

El encapuchado torció una última esquina y se metió en un edifico por una puerta oscura, dejándola levemente entornada, como si se tratara de un descuido. Luego atravesó un pasillo estrecho y se metió en la única habitación que habia al final del pasillo, cerrando la puerta tras de si.

El censor había seguido al encapuchado durante todo el trayecto por la ciudad, seguro que se trataba de la persona que según los rumores había estado haciendo cosas ilegales. Aunque no sabia cual eran esas cosas ilegales, estaba seguro de que si lo entregaba le ascenderían. Torció la esquina por la que había visto desaparecer a la figura sombría en silencio, creyéndose oculto, y atravesó la puerta entornada con cautela, aguzando su oído. Siguió el pasillo hasta la puerta que había al final, y abrió la puerta, que daba a una habitación tan oscura que el censor era incapaz de verse las manos.

Cubierto por el manto de la oscuridad, el encapuchado sonrió y chasqueo los dedos. En un instante se sucedieron varias cosas, primero la puerta se cerro con un portazo, sobresaltando al censor, que dio un respingo mientras un hechizo imperceptible insonorizaba la habitación; luego un fogonazo blanco ilumino la estancia, cegando momentáneamente al funcionario, que se llevó las manos a la cara con un gemido de dolor; y por último una fuerza intangible empujo al “cazabebes” hasta una mesa de madera oscura, sujetándole a ella con unas correas invisibles.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, miro a su alrededor agitado, respirando entrecortadamente y con el pavor reflejado en sus ojos. Se hallaba en una habitación de color blanco desprovista de mobiliario, exceptuando la mesa en la que se encontraba y una silla del mismo material que había ido a parar al suelo cuando la fuerza intangible le empujo al suelo. No conseguía ver al encapuchado por ninguna parte, pero antes de que pudiera volver a gritar, algo inútil en la habitación en la que se encontraba, una voz resonó en su cabeza, fría y oscura.

-Buenas tardes, censor –susurro la voz en su cabeza-. Hoy va a recibir usted un vale especial.

El encapuchado apareció en el campo visual del censor, desde algún punto situado a su derecha, y tras enderezar la silla, se sentó en ella, lanzando un vale de color negro tinta sobre el pecho del “cazabebes”. El funcionario no reconoció el vale, ni tampoco apreció escrito alguno en el.

-¿Y que significa este vale? –pregunto el censor aterrado.

Su acompañante se rió con una risa fría como el hielo y alzó sus manos, blancas como el sol ochorio, para retirar la capucha de su rostro. Lo que vio el censor le desconcertó. Ante él tenía el rostro de un joven humano de piel blanca, su cabello azabache estaba algo revuelto, y sus ojos eran de un verde tan brillante que hasta la mirada del censor, que habían perdido la capacidad de diferenciar los tonos cromáticos a favor de una mayor agudeza visual, era capaz de percibirlo.

-Ese vale significa que vas a desear no haberme conocido –dijo el joven, esta vez en voz alta, lo que no resto frialdad a su tono.

Una sonrisa afilada se dibujo en el rostro del chico, y la negrura de sus pupilas pareció devorar el verde de sus ojos. La mirada del muchacho atrapó los ojos del censor, y lo que vio este último le hizo gritar de terror.

-----------------
El chico se llevo el cuenco a los labios, rebosante de un líquido transparente, y lo vació de un par de tragos. Se guardo el cuenco en la túnica mientras se relamía los labios con un gesto de placer contenido, ya que la energía que estaba entrando en su cuerpo le producía un leve temblor en todo el cuerpo. Luego se giro hacia lo que quedaba del censor. El funcionario aun seguía con vida, a pesar de estar irreconocible. Lo único que se acertaba a distinguir en aquel amasijo de carne sanguinolenta envuelto en una túnica, eran los ojos del hombre, que estaban tan secos como el mas árido de los desiertos. El censor había sido torturado, física y mentalmente, durante horas, y pese a ello no había muerto debido a la magia de su verdugo. En la mayoría de los casos, al chico de piel nivéa le resultaba indiferente la agonía de sus víctimas, pero en aquel caso no había podido evitar reírse en algunos momentos, lo cierto es que la forma de conseguir su poder y el tipo de magia que usaba, le habían vuelto mas siniestro, lo que se reflejaba en su personalidad.

-Le agradezco su colaboración- se despidió con una sonrisa irónica-, ha sido un placer tratar con usted.

Tras estas palabras, el chico dio la espalda al guiñapo en el que se había convertido el censor, que aun se estremecía, y con un gesto de su mano lo envolvió en llamas negras, tras lo cual salió de la habitación, apagando las luces y cerrando la puerta tras de si. Cuando el fuego se apagara, solo quedaría la túnica del censor y un montón de cenizas, ese era su toque dramático, otro aspecto irónico de su personalidad. El chico salió a la calle y se perdió en la noche, había decidido que era hora de volver a casa.

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Vac salió de la ciudad en silencio, sin que nadie se percatara, y camino varios kilómetros hasta la cueva en la que descansaba su fiel amigo Feliks. El fénix negro, que en los últimos tiempo había crecido de forma desmesurada, le recibió con su melodioso canto, y el chico sonrió, hundiendo la cara en su plumaje azabache.

-Es hora de volver a casa, amigo –dijo el chico-. Espero que no nos maten cuando lleguemos –río Vac con ganas, tras lo que se puso a guardar sus cosas en las alforjas del fénix.

Cuando estuvo listo se subió al lomo de su amigo, que, excitado por la vuelta a casa, no pudo evitar encenderse de felicidad, cubriendo de fuego oscuro al chico. El muchacho rió de nuevo, también feliz, y alzaron el vuelo hacía el cielo, atravesando unos minutos después el portal invisible que les llevaría a su hogar.

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