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Espacios vacíos

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1Espacios vacíos Empty Espacios vacíos el 06/07/14, 09:52 pm

Naeryan

Naeryan
[Este relato seguramente es fruto de las drogas. Eso es todo.]

Espacios vacíos

Corann duerme, pero no sueña. No se le permite.
Se le ha concedido el don de desplazarse por sueños ajenos, el de desaparecer en el aire para traslocarse a la cabeza durmiente de alguien. Sería incongruente poder desplazarse a su propio sueño, un vacío legal en una lógica de Luna Roja que no comprende ni le preocupa.
Siempre hay alguien que duerme en Rocavarancolia, y donde exista somnolencia hay un refugio para él. Sueños de prestado, que se desvanecen al cabo de las horas y le obligan a buscar un nuevo huésped. Un parpadeo, un sueño. Un momento de debilidad, una pesadilla.
Ah, y al principio fue glorioso. Saltar de mente en mente desenterrando temores mal olvidados, removiendo conciencias mal tranquilizadas, borracho de locura y de poder. Resquebrajando corduras tan límpidas y prístinas como el cristal, con fruición, con encono, hasta que se reducían a vidrieras y luego a mosaicos deformes, tan surcadas de grietas que se parecían a la suya propia. Solo entonces Corann queda satisfecho, aún hoy.
No es un soñador: no puede extender hasta el infinito el sueño en la mente del soñante. Está sujeto a la tiranía de las horas que pasan en el mundo real. Al hambre, a la sed, a la intemperie, a la propia necesidad de dormir.
Corann solo duerme cuando está en el interior del sueño de otro. No descansa igual, pero se siente mucho más seguro. Y quiere pasar Fuera (Corann siempre piensa en Fuera como algo que sirve a la vez para ser despreciado y temido) el menor tiempo posible. Come y bebe lo mínimo allí, y cuando regresa a su hogar se atiborra de sueños y bebe pesadillas, porque ni el manjar más exquisito de Fuera es comparable al poder que ejerce dentro de las mentes de los monstruos. Hacer que le teman, que le adoren, explotando al máximo el magnetismo que sólo aquel plano onírico le proporciona, porque fuera del sueño solamente es él mismo. Es un íncubo de las pesadillas, y se llama Corann.
(Y está vivo)
A veces se olvida de quién fue, y en esos momentos es sólo sueño. Ésos son los mejores, en su opinión.

-

Corann odia el color blanco. Es cegador y a la vez vacío: es la nada a la que tanto teme. La que acecha tras sus párpados cuando intenta forzarse a sí mismo a soñar y ninguna imagen acude a él cuando duerme.
Evita usar el blanco a toda costa en los sueños que distorsiona. Por suerte Rocavarancolia no destaca por ser un lugar luminoso, y las trastiendas de las mentes de sus habitantes menos aún. Abundan sobre todo el negro de detalles que nadie quiere recordar, y el rojo de los detalles que todos recuerdan demasiado bien.
Ah, pero de vez en cuando se cuela en el sueño de un niño recién cosechado, en el de algún esclavo recién traído, en el mundo interno de alguien que aún se atreve a albergar esperanza.
Y la inocencia es tan bonita, tan prístina y perfecta y blanca que Corann quiere chillar de frustración y reducirlo todo a pedazos entre sus manos. Eso hace, y lo único que lamenta en esas ocasiones es no estar presente para oír los aullidos del pobre desgraciado cuando despierta.
Cuando por fin se cansa suele tumbarse en la nieve (blanca, asquerosamente blanca) y dibujar estrellas en un firmamento prestado: un pedacito de sueño ajeno del que se apropia.
Es prisionero de las mentes de otros. Puede cambiar de prisión, moldearla, pintar en sus paredes, pero prisionero al fin y al cabo.

-

Muy de vez en cuando se cuela en un sueño de Luna.
Nunca los toca, limitándose a observar oculto en un recodo del escenario ya existente, una cara anónima entre la multitud de títeres. Siempre al borde del espacio que el astro rojo pinta a brochazos en lo que por lo demás es un lienzo en blanco: la Luna sólo moldea lo que necesita en la cabeza del soñante, con la brutalidad y nitidez propias de todo lo que encierra la suficiente verdad como para ser doloroso. Y Corann a la vez la ama y la odia, quiere arrodillarse ante ella y a la vez exigirle que le devuelva (mis sueños, los quiero de vuelta, por favor, por favor, por favor) su cordura y su mundo sin mentiras.
La Luna nunca le responde: es una madre, pero no una madre que cuide de sus hijos. Y Corann siempre la perdona, porque es mejor romper sueños de otros que no tener nada.
Vuelve a su trabajo. Regresa a las cabezas ajenas, diseñando más trucos, más engañifas, más artimañas para exigirles, pedirles, suplicarles que se queden más tiempo, que sigan durmiendo, que sigan soñando. Quiere más cárceles porque solamente en ellas se le permite existir, y porque solamente en ese chispazo inicial del sueño de otro atisba esa libertad que él no tiene, la libertad que se esfuma miserablemente en cuanto él toma las riendas y lo manipula. Disfruta viéndola y disfruta quitándosela, porque si su cabeza no puede fabricar sueños no permitirá que la de nadie más lo haga.
Con el tiempo (o quizá nada en absoluto, el tiempo en una pesadilla no existe) Corann se da cuenta de que no importa a quién embruje ni cuánto tiempo pueda persuadirles para que alarguen su letargo.
Está solo.

-

Se pregunta si morirá alguna vez. Y sea cual sea la respuesta sabe que cuando no quede ni un solo sueño sobre Rocavarancolia, él desaparecerá con ellos. Y no le preocupa, porque entonces no tendrá lugar ni razón alguna por la que vivir.
Mientras tanto se divierte jugueteando con las mentes de los demás, colando detalles con una sutileza que sólo un idrino puede cuidar con tal mimo, hasta que el soñante empieza a dudar de cuál de las dos realidades es la verdadera. Y Corann, en su locura, duda con él, porque al fin y al cabo este no es su sueño (nunca, nunca suyo) y teme a la vez quedarse atrapado y que su víctima se despierte demasiado pronto.
Entonces siente miedo, y lo deja.
Como un soñador, se doblega a sus historias. Debe seguir un guión, unas pautas, para despertar el efecto que desea, y para ello recorre con paciencia, procurando no saltarse ni un solo paso, el sendero de dudas, de miedos y de inseguridades que todas las mentes, más retorcidas o no, le muestran cuando las conoce lo suficiente.
Y Corann es entonces una quimera. Corann es el sol y es la hoja de una espada. Corann es todas las gargantas que chillan a la vez en el mundo soñado de otro.
Pero sólo por unos instantes, los que tarde su huésped en despertar.
(Por unos instantes es también la nieve, y es de color blanco)

-

Muy contadas veces se conforma con robarles el sueño, y se hace un ovillo en el centro del vórtice de caos soñado, un agujero negro que absorbe cualquier resquicio de descanso.  Espacios vacíos de locura, pero también de todo lo demás.
En ellos duerme, pero nunca sueña. El mundo real (Se llama Fuera, sólo Fuera. Este mundo es mucho más real), por su brevedad y por lo irreal que se le antoja, se convierte a sus ojos en los sueños que no sueña. Corann lo anhela, espera con ansia y a la vez rencor su tirón, porque lo más cercano que tiene a sueños de verdad es ese mundo que no puede controlar.
Pero una vez allí la debilidad le puede, y cada segundo que pasa en él le llena de rencor, de despecho hacia ese mundo gris que él no sueña ni que es soñado por nadie, sino que es una ancla tiránica que le arrastra de vuelta a fuerza de necesidad, a fuerza de carne y sangre que necesita alimentarse. Lo odia y se odia a sí mismo por depender de él, y en cuanto puede regresa a su cárcel.
Sus creaciones son marionetas de su voluntad, prisioneras como él. En ocasiones dibuja frente a sí una copia de sí mismo con la que conversar, para simular la locura diferente (pero tanto más inmensa) que puede alcanzar un soñador. Y a pesar de que se sabe los diálogos de memoria porque él los introduce en su lengua, a pesar de que sabe cuáles son las frases que van a salir de sus labios antes de que su doble pueda pronunciarlas, continúa con la farsa.
-Me llamo Corann, y sigo vivo- murmura, sus palabras un eco del pasado o sus pensamientos en esos días lejanos de cosecha, quizá, un vislumbre del futuro. Su otro yo, el muñeco, le mira con ojos vacíos.
-Todo está bien.
Corann cierra los ojos, y una vez más tras ellos sólo atisba la negrura imperfecta de sus párpados.
Hoy tampoco hay sueños.


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