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Camino de la perversidad.

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1 Camino de la perversidad. el 01/05/17, 07:20 pm

Zarket

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GM
A Bran la visita a Libo le había afectado más de lo que estaba dispuesto a admitirse incluso a sí mismo. Hacía mucho que había aceptado su transformación, los remordimientos por comer gente habían quedado atrás hacía meses, pero ver lo que podía provocar de forma tan masiva había tocado algo en su interior. Ser trasgo no implicaba regodearse en la perversidad, pero sí el potencial para hacerlo. Y a él esa mísera cucharilla le había sentado de maravilla.

Por eso había ido a los subterráneos. Otra vez se encontraba en una encrucijada. Podría decirse que, en cierta forma, lo mejor y lo peor era que sabía qué decisión tomaría. Sus pensamientos (que no sus acciones) en Libo le habían permitido catar lo peor de sí, y vaya si le había gustado. Y a pesar de eso le quedaba un poso de pusilanimidad, de debilidad. E, irónicamente, ese pequeño resquicio del joven nublino que una vez fue era capaz de inmovilizar al trasgo. Le costaba tirarse al abismo de la oscuridad. Cuando aquello sucedía solo una cosa lo calmaba.

El problema de ser un trasgo (y, en general, bendecido por la Luna) era que la mayoría de alimañas tendían a ser más bien poco para él. A veces se ponían pesadas, cierto, pero en realidad ninguna llegaba a obligarlo a exprimir lo máximo de sí mismo. La alternativa normal (provocar alguna pelea, pegarse con transformados) estaba, en su caso, vedada. Debía mantener cierta discreción si no quería que la Secta se enfadara con él.

Por eso solía ir a los subterráneos cuando lo necesitaba. Muchos de sus monstruos eran suficientemente fuertes o peligrosos como para poner en verdadero aprieto, cuando no matar, transformados. Eso era lo que el sacerdote de Ewa necesitaba en aquel momento, un verdadero reto. Un enfrentamiento del que pudiera salir herido.

El vagabundeo terminó con él un poco magullado, pero más sosegado y, especialmente, cansado. No se fijó en los túneles por los que andaba y terminó por perderse. Tardó un momento en darse cuenta de que allí habia movimiento. Poco, solo de tránsito, pero aquello no eran los subterráneos. Bran frunció algo el ceño. Pensaba preguntarle a alguien qué diantres era aquello.

Un hombre delgaducho tuvo la mala suerte de llamar su atención de la forma menos recomendable.

—Maldita mole, mira por dónde vas.

Habían tropezado, y el desconocido no le había dirigido ni una mirada. Bran gruñó e hizo varias cosas seguidas. Le envió un potente lanzazo de magia que volatilizó sus papúerrimas defensas. Acto seguido, sin que tuviera apenas tiempo para sorprenderse, lo alzó del cuello y lo estampó contra la pared. Casi pegó su cara a la del desconocido, enseñando sus dientes y disfrutando del terror puro que exhudaba.

—¿No crees que deberías tener mejor educación?

—O-o-oiga, esc—.

—No, escucha tú —gruñó, apretando más en el cuello. Apenas le dejaba respirar—. Resulta que me he perdido. Ahora dime dónde estoy.

—Estos son-los bajos fondos de-Rocavarancolia. Est—.

Bran volvió a apretar, impidiéndole hablar. El desconocido se llevó las manos a su cuello, intentando liberarse. No podía. La Luna no le había dado grandes mejoras físicas.

El trasgo estaba cavilando. Los bajos fondos de la ciudad... Había oído alguna que otra cosa de ellos, pero no demasiado. En cualquier caso había dejado de necesitar a aquel hombre, salvo para una cosa. Sonrió, mostrando los dientes. No era una sonrisa agradable para nadie a quien fuera dirigida.

—¿Y tú qué eres? Huelo la Luna Roja en ti, pero no noto que tengas especial poder. ¿Eres uno de esos transformados en inútiles, con una chispa de magia o de fuerza y ya?

Acercó más su cara a la del hombre. Sus ojos estaban hambrientos. Su lengua palpitaba ante el placer expectante. Una gota de saliva se le cayó a la mejilla del desconocido.

—¿Sabes que nunca he probado la carne de ningún transformado? Me pregunto si el beso de la Luna nos da algún sabor especial...

Los ojos del hombre estaban llorosos. No sabía si por terror o por asfixia, pero tanto le daba uno como lo otro. Intentó decir algo, quizás pidiendo clemencia, pero solo consiguió resollar. La risotada del trasgo se escuchó en varios metros a la redonda.

—Deberías haberlo pensado mejor antes de hablar con tan mal educación.

A su espalda no habían dejado de pasar transeuntes. Ninguno se detuvo apenas lo suficiente para constatar lo que estaba pasando. Mientras disfrutaba de la comida tampoco.

Todos pensaron lo mismo: aquello no era de su incumbencia.




Aquel tentempié le vino bien, pero no lo alimentó del todo. Por la noche Bran necesitó otro bocado. No uno muy grande, eso sí.

Aquella fue la primera vez que se comió a un niño.




Bran tardó varias semanas en volver a ir a los bajos fondos, principalmente porque no estaba muy seguro de por dónde entrar y qué esperar.

Finalmente, un día, volvió allí. Lo hizo con simple ánimo de exploración, de curiosidad. Se preguntaba qué cosas eran tan terribles o brutales en Rocavarancolia para que fuera conveniente hacerlo en el subsuelo, ocultas a ojos de los indiscretos. No podía negar que aquella curiosidad estaba tiznada de un morbo con tintes de perversidad.

Lo que vio no le defraudó.




El sexto sacerdote de Ewa había realizado alguna que otra visita a los bajos fondos, aunque nunca demasiado rato. Tampoco había gastado nada. Había conseguido algo de dinero al comerse al desconocido de la primera visita, y con el tiempo había ido cavilando acerca de ello. La secta le proporcionaba todo lo que necesitaba, pero él quería más cosas, cosas que solo podían conseguirse con dinero. necesitaba hacer algo para obtener sus propios ingresos, pero no tenía ni idea de qué.

Un día estaba pasando junto a una especie de bar improvisado cuando oyyó algo que llamó su atención.

—...Desidia...

El trasgo se detuvo al instante y miró hacia donde había oído aquello. Había una idrina, delgada, con moño y vestida enteramente con un vestido que parecía formado de superponer varios velos negros, sin anda en concreto que dejara claro cuál era su transformación. Junto a él había un humano, probablemente transformado en alguna clase de guerrero. No parecía que la charla fuera muy amistosa. Y, por lo que parecía, hablaban de Shizel.

El trasgo se acercó disimuladamente, pidiendo algo en la barra. Por suerte tenía algo de dinero para pagarlo. En ningún momento dejó de prestar atención a los retazos de conversación que le llegaban.

—Jules (...) es una locura. ¿(...) crees que (...) posibilidades de matarlo?

—(...) Si (...) novato.

—Habló (...) os transformasteis (...) luna anterior al mentalista.

—(...) no vamos a dejar el negocio (...) cantidad muy buena.

—¿(...) compensa? Desidia no (...) ya le han intentado matar una vez. (...) ninguno llegáis a (...) magia. Tiene la protección de (...). Y (...) el sexto sacerdote (...) su torreón. ¿(...) pasa (...) tiene un interés (...) idrino no muera?

—(...) me da miedo, y menos (...). No (...) secta de drogadictos.

—(...) estúpido (...)

Ya había escuchado más que suficiente. El sexto sacerdote de Ewa pagó y se retiró a un túnel cercano, usando niebla mágica.  El guerrero fue el primero en irse, mientras que la idrina se quedó un momento más, pensativa. Posteriormente se levantó y tomó otra dirección. Bran no estaba seguro de cómo se sentía, siempre había interpretado muy mal las emociones idrinas, y esta en concreto parecía ocultar sus pensamientos tanto, si no más, que el propio Shizel. O Desidia, para ella.

La siguió a cierta distancia. Sabía perfectamente que ella lo notaba, pero no quería abordarla en una de las galerías con más tránsito. La desconocida (¿maga? ¿bruja?) dobló por una esquina, metiéndose en un túnel mal iluminado. Los ojos de Bran brillaron. Sería un lugar ideal para abordarla.

Tuvo cuidado al doblar la esquina, pero ningún hechizo lo recibió. Su interlocutora estaba parada a unos metros, mirándole. Un velo negro cubría su cara.

—¿Deseas hablar conmigo, o solo satisfacer tus apetitos? Si es lo primero estoy dispuesta a charlar, mas si es lo segundo te aviso: no te resultará nada fácil.

Bran gruñó. Fue un sonido bajo y grave, un aviso para que no se soliviantara demasiado.

—Hablar, de momento, pero cuidado con tu lengua o la arrancaré para que no vuelvas a cometer la estupidez de decirle palabras así a alguien para quien eres una potencial cena.

La posición de la idrina no vaciló. A Brna le costaba verla, pero habría jurado que levantaba la cabeza. En cuando a su expresión, estaba escondida bajo el tupido velo.

—Ten cuidado, trasgo de Ewa. Ni tu fuerza, ni tu magia, ni tus resistencias, ni siquiera la secta, te salvarán si enfureces a alguien con más poder que tú. Y en esta ciudad hay muchas personas con habilidad más que de sobra para matarte antes de que te des cuenta.

El trasgo bufó. La voz de aquella mujer había sido acerada y dura. Solo su tono ya cortaba. Respetaba el poder de la secta, pero también lo odiaba.

—Como pareces que sabes soy el sexto sacerdote de la Secta, Bastel, el trasgo doblemente bendecido: por la Luna Roja y por Ewa. Aunque no tengo muy claro quién ni qué eres tú.

Bran había empezado a coger cierto gusto por mostrar una especie de misticismo brutal. Se regodeaba en Ewa, en la locura y en la violencia. Un poco, al menos.

—Cuando la Luna Roja me tocó escogí para mí el nombre de dama Olvido. Soy una bruja, pero mi dominio no te incumbe. ¿Qué interés tiene en mí el más nuevo de los sacerdotes de la Secta de Ewa?

Había tardado unos momentos en responder, y su voz había estado carente de cualquier inflexión. El dato de que mantenía su dominio en secreto no le pasó por alto. O bien era una bruja maldita o bien mentía sobre sus dones de la Luna.

La última frase le hizo gruñir como amenaza. Aquella bendecida sabía quién era, e indudablemente lo había visto en el bar de la galería adyacente. Estaba seguro de que sabía perfectamente lo que quería. Que jugara así con él le enfurecía, y le daba ganas de darle una lección.

—¿Acaso no es evidente lo que quiero, bruja? Tu amigo guerrero quiere matar a Desidia, un amigo mío. Dame todos los detalles sobre eso.

Escupió las palabras con desprecio, con asco. En esta ocasión dama Olvido se tomó incluso más tiempo para pensar que antes. Bran acabó auténticamente impaciente, enseñando los dientes de forma inconsciente. Si la bruja no contestaba pronto optaría por sacarle las respuestas a la fuerza.

—¿Por qué debería traicionar a mis amigos y dejar que te los comas? La idea de convertirme en tu alimento me repugna un poco menos que la de que ese se convierta en su destino.

La respuesta no era para nada la que el trasgo se esperaba, y por un momento se quedó sin saber qué decir. Después bufó.

—No te preocupes, no voy a hacerles daño —aclaró con cierto desdén—. Los dejaré vivos, enteros y sanos. Necesito que den a conocer las posibles amenazas que penden sobre cualquiera que amenace a un amigo mío.

Unos segundos de silencio. Finalmente la desconocida abrió la boca.

—Muy bien, te daré cierta información. Si te soy sincera tengo interés en que dejen a Desidia en paz. No me gustaría perderlos.

Bran salió de allí con algo de información sobre el grupo, aunque desconociendo muchos detalles. Lo mismo le daba. Sabía más que suficiente para evitar que atacaran a Shizel.




El trasgo había visitado alguna que otra vez las peleas de los bajos fondos. Algunas eran como competiciones medio informales, una especie de torneos no oficiales con más bien poco reglamento. También había peleas a muerte, especialmente entre esclavos, que a veces luchaban contra bestias. Bestias que solían ser transformados, y que invariablemente provocaban una auténtica matanza entre los sin esencia.

Al sacerdote le encantaba aquel ambiente. El olor de la sangre, la violencia, la brutalidad... Aquellas escenas eran un deleite para todos sus sentidos, o casi todos. El trasgo disfrutaba como un niño chico en un parque de juegos, y no dudaba en animar con el resto de la grada.

Un día notó que alguien lo seguía al poco de salir de uno de aquellos espectáculos. Bran se dio la vuelta, poco satisfecho, y no tardó mucho en darse cuenta de quién era. Un hombre algo mayor, de piel escamosa y verde, líneas doradas por toda su piel y plumas rojas en vez de pelo. Sus ojos le miraban atentamente, examinándolo de una forma tan calculadora que el trasgo se puso instantñaneamente a la defensiva.

—Qué quieres —su gruñido fue bajo y grave. El desconocido, extrañamente, sonrió con aprobación.

—Ofrecerte un trato. Será ventajoso para ambos, te lo prometo.

El trasgo le miró con suspicacia. Le había picado la curiosidad, pero uno no sobrevivía en Rocavarancolia aceptando sin pensar los tratos que ofrecían los desconocidos.

—A ver, cuéntame.

—Desde hace décadas mi forma de pasar el tiempo en Rocavarancolia es, básicamente, entrenar a gente para luchar en estas... pseudocompeticiones de los bajos fondos —la explicación del desconocido tenía un deje de apatía, como si no deseara explicarlo allí y en ese momento—. Mi último luchador murió hace poco y desde entonces ando buscando a alguien a quien entrenar. Creo que tú puedes ser un buen sustituto.

Los ojillos del trasgo brillaron con lo más cercano a la ilusión que podían expresar. Participar en aquellas carnicerías se le antojaba una oportunidad fabulosa para ganar dinero mientras se divertía sobremanera. Justo acababa de salir de una sesión donde un minotauro se había enfrentado a diez sin esencia armados, que ni siquiera habían conseguido hacerle un mísero rasguño. Recordaba la expresión aterrorizada de aquellos desdichados, el olor de la sangre, el griterío ensordecedor... Ah, que le pagaran por aquello y por luchar contra transformados le parecía una delicia.

La discusión con aquel tipo, Leip, fue larga. Hubo muchos detalles que concretar, y uno no menor fue el sueldo. Bran quería dinero, y no iba a tolerar que se lo mangasen. Al final, tras mucho discutir, llegaron a acuerdos. Para el recocijo del trasgo, y para el sufrimiento de muchas personas inocentes cuya única falta fue encontrarse con los engendros más depravados de Rocavarancolia.




Su primer espectáculo fue, como cabía esperar, contra sin esencia. Iban armados con armas normaluchas, más bien tirando a malas, y Bran desarmado, pero la verdad es que lo prefería así. Eran desgraciados aleatorios, ni siquiera pertenecientes a ningún ejército de sus mundos. No eran rivales para un trasgo.

Acertó: aquello fue casi un juego. Jugó con ellos, les quitó las armas, los hirió, los mutiló, los evisceró, los devoró. Y la mayor parte del tiempo estuvieron vivos: sus gritos de horror, desesperación y agonía se extendieron por todo el lugar, ahogados por la diversión de los espectadores y del propio ejecutor. Para el trasgo fue una de sus mejores experiencias vitales, incluso si el reto no fue particular. Estaba seguro de que más pronto que tarde pasaría a combatir contra transformados.




En eso tampoco falló. Su primer combate fue, de hecho, contra un minotauro que suponía uno de sus favoritos en las peleas y matanzas, contra el que por supuesto había perdido. Aun así no había sido nada bochornoso: se había esforzado al máximo, con todo su ingenio, habilidad y fuerza bruta. Ambos contendientes habían acabado ciertamente magullados, y a pesar de su orgullo herido Bran (o Bastel, como era más conocido fuera de sus compañeros de criba) estaba deseoso de más peleas. Y de entrenar, pues también tenía claro que debía lograr un buen cúmulo de victorias si de verdad quería comenzar a recibir dinero.

En ese momento, sin embargo, estaba agotado y hambriento. Estaba en una especie de vestíbulo privado donde se solía preparar antes y tras aquellos espectáculos, propiedad de Leip. Se había lavado y vuelto a vestir, con las heridas picándoles y escociéndoles. Su estómago estaba quejándose con una insistencia molesta cuando sintió olores y sonidos tras él. Uno era de Leip, los otros no. Y estos eran sumamente deliciosos. Auténticos manjares que le pertenecían por derecho.

—He pensado que necesitarías una buena comida tras semejante batalla. Felicidades, has estado bastante bien.

El trasgo ni siquiera prestó atención a Leip, sino al grupo que había traído, no sabía si amenazados o con falsa palabrería, puesto que carecían de cadenas. Era una familia nublina: padre, madre, chiquillo, niña y casi bebé. Al instante varió su hipótesis: habían sido amenazados, de alguna manera. Todos estaban aterrorizados, y el padre le miraba con una clemencia que le importaba bien poco. Miró de reojo a Leip, con la ceja alzada.

—No te preocupes, tengo mis contactos —tenía una sonrisa leve, como si el mundo fuera un chiste que solo él comprendía—. No tienen esencia. Ninguno.

—P-por favor —la madre había caído de rodillas, agarrando a la cría que estaba a medio camino entre bebé e infante. Sus ojos estaban anegados en lágrimas—. No n-nos ha-gáis nada. No diremos nada a n-nadie. P-por f-favor.

El trasgo la miró con una expresión indescifrable, que se vio pronto sustituida por una mueca de desprecio. ¿Debía sentir algo ante aquello? Quizás. ¿Sentía algo? No. Solo el hambre, su boca salivando ante tan apetitosos olores, sus ganas de deleitarse con la comida.

—Del mismo que ningún lobo se detendría ante los lastimeros lloriqueos de una oveja, no voy a dejar de disfrutar de mi cena solo porque me lo pida —se acercó lentamente a la familia, sin saber todavía bien con cuál comenzaría. Todos eran sumamente apetitosos.

Y de pronto, cuando llegó, lo supo. Arrancó a la más pequeña de brazos y su madre y le arrancó la ropa. Luego, ignorando los chillidos a su alrededor, se la metió casi entera en la boca y comenzó a masticar.

Aquella familia fue una de sus mejores comidas.




Para cuando se encontró con los macieleros de aquella cosecha era mucho más que un trasgo. El engendro, el espanto, el monstruo de las pesadillas lo había dominado. Muy atrás habían quedado sus propósitos de no dejarse dominar por sus impulsos.




NdA: VALE. Esto me ha perturbado hasta a mí. Luego edito, que tengo que colocar un par de links, pero ahora me da un poco de pereza buscarlos.

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