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Rocavarancolia Rol » Rocavarancolia » Anexos » Sueños » Primer sueño de Rad con los dolientes de Marsi.

Primer sueño de Rad con los dolientes de Marsi.

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Yber

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GM
Recuerdo del primer mensaje :

Rad se encuentra en lo alto de Maciel. El torreón ha crecido tanto que se ha convertido en el edificio más alto de la ciudad. Tal y como la primera vez que se soñó, el edificio está entero; sin huellas de incidentes con ballenas, ni nidos de pájaro. Se acerca la Luna Roja y el carabés lo siente. Pero a nadie le sorprendería si lo afirmara, pues un reloj gigante ocupa el lugar del sol y buena parte del cielo, como si fuera un astro curioso que se acerca a Rocavarancolia para verla más de cerca. Las agujas que muestran la proximidad del astro rojo anuncian la llegada. Al contrario que el sol al que sustituye, cualquiera puede mirar el reloj sin cegarse. Detrás de él surge una luz pálida y desganada, el único foco de luz natural.

Desde su atalaya, Rádar puede comprobar cómo emerge el humo de entre las calles y como cientos de soldados y magos poderosos pelean entre sí por toda la ciudad. Unos llevan soles blancos sobre escudos y ropajes cian; otros, lunas rojas sobre negro.  Estos últimos salen sin cesar de las puertas de Maciel, como si la torre se hubiera convertido en una bolsa sin fondo de soldados. Las tropas enemigas intentan acercarse al lugar.

La trampilla que da a la azotea se abre y dama Tersa emerge de ella.

—Mi señor —se dirige a Rad con un tono educado y cierto temor—. El intruso huyó y la habitación de Marsi ha sido asegurada, no podrá volver a colarse.  Las tropas de la Luna Roja salen en defensa, pero están intentando sitiarnos. El ejército del Sol Blanco está arremetiendo con demasiada fuerza.

Muchos sueños se han arremolinado en un mismo sitio y se han convertido en una quimera onírica. Dama Tersa saca una baraja llena de imágenes: Nad, Eorlir, Inna, Tersa, Tuétano, Sarna, la cabra muerta, la hiena gigante y las pequeñas… Todas las pérdidas de Maciel y todos los peligros tienen su propia carta ilustrada.

—Nuestros minions no podrán detenerles mucho más, tenemos que enviarles una amenaza mayor. Escoja una carta, señor.

---

En la sede de los taumaturgos de ese mismo sueño se encuentran Alice, Evelhan Kaw, Heraldo Rocuo, Keiria, Kin y Sura.  Las habitaciones de la residencia de novatos se han convertidos en cárceles y cada uno de ellos se encuentra en su propia celda. Dentro de ellas, no hay fuerza o magia que les permita abrirse paso. Un par de guardias sin rostro montan guardia, con uniformes negros y lunas rojas bordadas. Uno porta una alabarda, el otro un grimorio.

Una risotada aguda invade el pasillo y los guardias se tensan. Una sombra cubierta de telas negras vaporosas cae sobre el alabardero y lo degüella. El mago intenta pronunciar un hechizo, pero la mala suerte obra un mordisco en la lengua. La mala sombra le lanza un cuchillo a la frente y este cae, muerto.

—¡Saria Omen al rescate! —canturrea, a la vez que frunce el ceño para gafar las celdas. La Saria del sueño no es exactamente igual que la real, de su espalda nacen un par de alas grandes, de plumas negras, y se la ve feliz—. Chicos, ¡tenéis que daros prisa! Creemos que tienen a Marsi recluida en la Gran Torre de Maciel. Archi se ofreció a rescatarla, pero no sé qué ha

Su frase se corta en seco. Un hechizo de inyección le parte el cuello y lanza a la mala sombra con una gran fuerza hasta la pared al final del pasillo. Saria Omen yace muerta en el suelo y varios soldados armados con alabardas y más grimorios irrumpen en el pasillo.

Las celdas siguen cerradas, pero esta vez se pueden abrir.


_________________________________________

No llores por no poder ver tu pierna,
las lágrimas te impedirán ver los cadáveres de tus amigos.

Jack


No dejaban de tener problemas. ¡La ciudad entera parecía estar en su contra! ¿Qué demonios habrían hecho Marsi o sus amigos para desatar aquello? Apenas tuvieron unos minutos de calma en las montañas, pues nuevos enemigos, y en grandes cantidades, salieron del suelo. ¿Causarían ellos el temblor? Si no fueron ellos, al menos lo causaron en su grupo.

Varias onyces se sacrificaron en su ataque y la bruja y sus defensas salieron ilesas, pero no sus amigos. Cuando la maraña hubo pasado, se giró y pudo ver a Ozz malherido, así como a Keiria en un estado curioso que no apuntaba a nada bueno. <<¿¿Veneno?? ¡No podemos tratar eso aquí, Marsi no puede esperar tanto!>> Ella al menos no podía. Pero tampoco podía irse ahora que les habían herido, por mucho que su corazón y su ejército en miniatura le envenenara la cabeza con esa idea... Sería abandonarles a su suerte. Tendría que esperar, unos minutos más al menos. <<perdóname, Marsi>>

¿Alguien sabe tratar esa herida? Parece veneno. Y tenemos que hacer algo, esos bichos siguen ahí debajo... —miraba el suelo, preocupada... y entonces se le ocurrió algo—. ¿Podríamos hacernos intangibles todos hasta que nos alejemos? Y si salen, les pegamos fuego o yo qué sé.

No obstante, no esperó a que decidieran. Tal y como llevaba toda la pesadilla haciendo, se aplicó el hechizo a sí misma, temerosa de que volvieran a atacarles y no fueran suficientes sus onyces, sus defensas y las de sus amigos. Pero tampoco iba a gastar toda su energía en mantener intangible a todo el grupo.

Lupin


Todo fue demasiado rápido para Heraldo. Cuando se dio cuenta de la situación, se vio de repente en el suelo. Se encontraba desorientado, no sabía qué hacía allí. Se levantó de golpe, o lo intentó, casi con vergüenza. Entonces lo sintió. Miró la postura evidentemente anormal de su largo brazo y vio el dolor.

Era más de lo que podía soportar. Aunque la cosecha lo había curtido, nunca había experimentado un dolor físico como ese. Ni siquiera había podido soñar que tal sufrimiento fuera posible. Su estado era lamentable y el tiempo acuciaba, pero aun sabiéndolo no sentía que pudiera hacer nada. Aquello dolía demasiado. Trató de concentrarse en recordar si entre sus dones se contaba alguno para hacer que aquello parara. Más deprisa de lo que hubiera podido ser posible, dio con el necesario y se anestesió el brazo. Una extraña sensación le asaltó por un instante, como si no supiera de dónde había salido tal poder. Pero no tenía tiempo para perderse en pensamientos secundarios.

Intentó levantarse de nuevo, esta vez con dificultad pero al fin con éxito. Miró a su alrededor tratando de no fijarse en la evidente fractura. Debían salir de allí deprisa, sin duda aquellos monstruos volverían. Apretó los dientes y decidió seguir la propuesta de Alice, así que procedió a conjurar intangibilidad sobre sí mismo. Finalizado, decidió completar el tratamiento inicial con un conjuro para inmovilizar el brazo. Ejecutar todos esos conjuros con una sola mano útil no resultó ser tan problemático como hubiera podido creer.

―Debemos seguir moviéndonos, rápido ―dijo cuando terminó los preparativos. En cuanto se pusieran en marcha, saldría corriendo como buenamente pudiera.

Zarket


GM
«Bueno, es una descripción precisa» piensa el tipo E, no sin ironía. El problema es que aquella descripción era demasiado general y no le daba ninguna información sobre qué estaba pasando y por qué de repente se encontraba dirigiendo ejércitos. Pero suponía que, mientras su vida estuviera aparentemente en riesgo, aquello no importaba demasiado.

Bien —murmuró, entrecerrando los ojos hacia aquellos desconocidos. El que se parecieran a tantas amenazas que había sufrido en Rocavarancolia ponía aquella situación, al menos, algo más fácil. Y poder enfocarse en la agobiante proximidad con la que sentía a la Luna Roja también.

Yber


GM
Los intentos de Rad por detener el avance del ejército del Sol Blanco caen en saco roto. Poco a poco logra acabar con varios de sus campeones: la Estafadora, el Cardenal, el Espantapájaros y la Sierpe Coral... Todos muertos a consecuencia de sus cartas. Sin embargo, los supervivientes avanzan con firmeza hasta la torre y empañan el peso de las bajas. El elixir que extrae de la Cabalgante no es suficiente para que el ejército de la Luna Roja se imponga sobre ellos.

Finalmente, el Sol Blanco asedia la Gran Torre de Maciel y el Viajero Metálico se les une para informar de la situación a los únicos supervivientes: el Demonio Lummínico y la Encantasombras. Les habla del cautiverio de Marsi, de los tubos conectados a ella, de la extracción de elixir y de los crueles intereses de la Luna Roja para expandir su imperio de terror más allá de los portales.

El Demonio Lumínico y el Viajero Metálico caen a mano de La Hermandad y La Reina Caracol, que se inmola en un último intento de salvar a su señor.  Sin embargo, antes de morir logran abrir un agujero en la base de la Torre. Toda Rocavarancolia tiembla ante la posibilidad de que tamaño edificio se desmorone, pero la Encantasombras no se lo piensa dos veces y se adentra en el lugar que mantiene atrapada a La Cabalgante. El interior del edificio es estrafalario, caótico; un mejunje de escaleras, ventanas y habitaciones que carece de sentido arquitectónico y lógico.

Alice no encuentra ningún obstáculo en su camino hasta la sala de extracción. Rádar sabe que, sin elixir, lo único que puede salvarle es sacrificar a La Cabalgante para una última y arriesgada toma de magia. Así le informó Tersa.

De esta manera, uno baja y otra sube y ambos se encuentran frente a frente, en una habitación que bién podría ser una plaza. En el centro, tumbada en una camilla conectada a multitud de aparatos, Marsi descansa via coma inducido.

Jack


No sabía cómo pero seguía viva. Llegar hasta Maciel con sus compañeros había sido una masacre tal que solo quedaban ella y sus sombras. Archi, que había aparecido recientemente, y Kin habían sido los últimos en acompañarle antes de prácticamente sacrificarse para que ella pudiera llegar al interior de la maldita torre e iniciar su ascenso. Su horda de sombras le siguió, las que pudieron la acompañaron, colapsando el espacio a su alrededor, inundándolo como si tuviera que avanzar en un mar de sombra líquida que solo la obedecía a ella, y el resto trepó por el muro, por fuera. Eran sus ojos y sus manos, apenas necesitaba de sus ojos para ver en la oscuridad que engulló la torre.

No quería nada de esto, no quería que todo acabase así y verse sola, completamente sola, ante el único peligro que quedaba por delante. Estaba cubierta de sangre, sudor, polvo y los ojos llorosos por ver morir a sus amigos sin poder hacer nada, sin poder evitarlo, y sin poder llorarles. Rabiaba por dentro. Temblaba. Pero la determinación por salvar a Marsi de aquel horror le bastaba para no derrumbarse. Las onyces la animaban. No estaba sola. Su propia horda de pesadilla la acompañaba. No sabía quién era quien había desatado aquel horror sobre la ciudad, su ciudad, pero se le antojaba diminuto en comparación con lo que llevaba dentro después de ver morir a todos sus amigos.

Las onyces le avisaron. Habían entrado como huracanes, barriendo las habitaciones, sin encontrar a nadie. Hasta ahora. Alguien bajaba según subían. Lo notaron. Lo sintió. No era un simple guardia. No. Era quien había causado tanta muerte. Debía ser poderoso. Y le odiaban tanto como odiaban a su bruja. Ojalá se matasen entre ellos.

¡Vas a morir!
¡Traidor!
¡Te despedazaremos!

El mar de sombras se abriría a su paso sin dejar de increparle hasta que la bruja les diera la última orden. La terrícola no sabía qué esperar, por lo que iba bien pertrechada: barreras defensivas y una armadura de sombras, como si una película de alquitrán recubriera su cuerpo por completo. Un centenar de ojos salpicaba la superficie, todos ajenos, todos vinculados a la bruja. Cuando estuvieron cara a cara, las sombras les cubrieron, formando paredes y techo, todo recubierto de púas, hasta que cubrieron incluso el suelo. Pero no estaban quietas y el movimiento pretendía ser tan hipnótico como agobiante.

Cuando habló, todas las onyces hablaron con ella, en distintos tonos y a tiempo y ritmo diferentes.
No sé quién eres pero vas a sufrir.

El suelo se alzaría mientras el techo y las paredes de sombras se abalanzarían sobre él y la bruja desaparecería de su vista.

Zarket

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GM
Aquello se volvió una pesadilla horrenda, en muchos sentidos. Cada vez más muertes, cada vez vivos más cercanos. Mucha sangre en sus manos y muchos monstruos peores que los que casi lo habían matado tantas veces, y todo apenas útil para evitar lo que, sabía en sus huesos, sería su muerte: que aquella panda de desconocidos liberaran a la Cabalgante, o se encontraran con él. Sus manos temblaban, su cara se oscurecía y su ira aumentaba, pero ni sus acciones ni sus palabras se volvían erráticas, al contrario. Ignoraba cualquier cosa que no fuera cumplir el objetivo, tanto el horror de aquel teatro como el sentimiento de desagrado instalado en el fondo de su mente.

Y ahora tenía a aquella... ¿Mujer? ¿Criatura? «Bruja», recordó, enfrente a él. A ella y a un ejército de sombras que no le gustaba nada. Y, por suerte, esta vez pudo ignorar problemas morales, porque fue su rival (¿enemiga?) quien tomó la iniciativa.

Había desenvainado ya la espada, una de mano y media con una empuñadura donde su mano encajaba perfectamente, en un hueco libre alrededor del cual se disponían hermosos motivos con zafiros, y con una hoja afilada y roja como la sangre. Era una espada que el carabés apenas había tenido tiempo para percibir, y menos admirar, arriba, y se dio cuenta de que era probable que ya nunca pudiera hacerlo.

Dio un paso y otro con la espada alzada y mandobles a un lado y otro. El carabés no se preocupaba de qué pasaba con las onyces a las que atravesaba, tampoco de si realmente podía hacerle daño, ni de qué hacía la mujer oscura que las dominaba. Su único objetivo era avanzar hacia la Cabalgante, y realizar aquella acción que, sabía, era la única que podía salvarlo.

Incluso si en el camino se ganaba su propio desprecio eterno por tanta sangre derramada.

Jack

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En cuanto puso un pie en dirección a donde yacía Marsi, un crujido resonó en toda la torre. Venía de la parte más alta. Más y más onyces intentaban entrar por las ventanas a distintas alturas así como por el agujero que habían usado antes... Y ahora hacían presión en las paredes.

Cinco brujas de sombras salieron al paso al carabés, dos por delante y las otras tres a su alrededor. Eran idénticas a Alice, pero esta no estaba entre ellas. Las dos de delante, bastante más sólidas que las onyces de alrededor, cargaron contra él con espadas en alto mientras las demás fingían recitar hechizos distintos, fácilmente reconocibles como hechizos de ataque, para despistarle. Mientras tanto, por el aire onyces afiladas como cuchillas se lanzaban contra él sin dejar de burlarse o insultarle.

Sin embargo, los hechizos los conjuraba la onycemante al amparo de la oscuridad. Los lanzazos y relámpagos de magia atravesaban la pared de sombras sin lastimarlas, mientras se acercaba a Marsi. La torre, mientras tanto, se resentía por la presión de las onyces que entraban en tropel. Seguían a su bruja, pero iban a por la varmana y aunque no podrían tocarla, tirarían la torre sobre los tres si podían. La bruja lo sabía y ellas sabían que lo sabía, pero no importaba con tal de rescatar a su amiga de las garras de aquel desconocido...

Llegó antes de que sus onyces pusieran el edificio en peligro. Matarían al otro y a cualquiera que se acercase a la pareja, pero siguieron embistiendo contra la torre. Tenía que sacarla de allí, pero también quería matar al desconocido que tanto dolor le había causado. No, matarlo sería poco. Tampoco sabía si desenganchar a la varmana de la maquinaria aquella la mataría o le haría daño... Demasiados tubos. Demasiadas cosas extrañas. <<A la mierda>>

A una orden suya, una horda de sombras se lanzó sobre la maquinaria, como alquitrán, para intentar inutilizarla e impedir su manipulación. Recubrieron los tubos y a la varmana con varias capas de sus cuerpos vaporosos hasta que la película se volvió compacta. No la asfixiarían. Mientras, la bruja buscó al otro. No podría sacar a su pareja de la maldita torre con varios millares de onyces en su contra y un desconocido empeñado en acabar con todos sus seres queridos. Para colmo, Marsi estaba inconsciente y no sabía cómo la sacaría de allí, bien podría morir al desconectarla, por lo que morir a su lado defendiéndola de aquel loco no se le antojaba una mala muerte, y el colapso de la torre y las sombras aplastaría lo que quedase vivo de todas formas.


_________________________________________

Die wahre Macht, die uns beherrscht, ist die schädliche, unendliche, verzehrende, zerstörende, unstillbare Gier...
Spoiler:
El verdadero Poder que nos controla es la vergonzosa, interminable, desgastante, destructiva e insaciable Sed...

Yber

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GM
Fuera de la habitación y de la torre, las manecillas del reloj que hace de luna se acercan a las doce en punto. El tañir de unas campanas que no existen lo inunda todo; los aullidos de una manada de lobos que no existe corean los tañidos. La luz bermeja que proyecta el astro, un astro que no existe, entra por cada rendija de la torre sin que las onyces la opaquen.

Los cimientos del sueño tiemblan y la torre se sacude con aún más fuerza. Las máquinas conectadas a Marsi pitan y pitan y pitan: están fallando.


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No llores por no poder ver tu pierna,
las lágrimas te impedirán ver los cadáveres de tus amigos.

Zarket

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GM
La sangre del carabés martilleaba en su cabeza, al compás de las campanas inexistentes y los aullidos ficticios. Rádar apretó la mandíbula conforme los pitidos se iban extendiendo por la habitación, sin poder creer que, in extremis... ¿Qué? ¿Qué destino le aguardaba ahora si no conseguía aquella última toma de magia?

Apártate —gruñó a aquella mujer, con menos aprehensión de la que sentía en realidad, tras una finta que dejó a varias de aquellas sombras convertidas en un charco de alquitrán—. No quiero morir ahora. Ni nunca, a decir verdad. Así que apártate.

Le daba igual lo que hiciera ella, por supuesto. Tenía las instrucciones de Tersa y, si veía la oportunidad, intentaría llevarlas a cabo.

Jack

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A la bruja le entró la risa. A las onyces les entró la risa. Todo el mar de sombras rió con ella, estridente. Los motivos eran bien diferentes, pero el enemigo era común. Se burlaron de él.

¡Nadie quiere morir, niñato!
¡Todos dicen lo mismo cuando están a punto de morir!
¡Es inevitable, acepta que te mataremos!

Y Onyx también le increpó, rabiosa, en mitad del estruendo que se acababa de desatar tanto dentro como fuera de la torre.
Mis amistades tampoco querían morir, malnacido.

Esta vez no pasaría. Ni ella se contendría. Varios tentáculos de sombras salieron de la oscuridad a su alrededor y se agarraron a sus brazos, piernas y cuello, y las sombras clavaron sus dientes en sus extremidades. Soltó su arma. Los tentáculos le elevaron en el aire, en el mismo sitio en que había estado hacía unos instantes, y se tensaron para abrirle de brazos y piernas. El que le oprimía el cuello parecería una caricia en comparación.

La bruja, entonces, caminó a su encuentro. Dio un paso y un puñetazo de sombras salió de la nada hacia el carabes. A otro paso le siguió otro golpe. Y otro más. Todos directos a su estómago. El cuarto, el último, a la cara, al mismo tiempo que Onyx se detenía ante el asesino de sus amigos. ¿Qué estaba haciendo? Tenía que rescatar a Marsi. Por ella estaban allí, por ella habían muerto los demás. <<No, los ha matado esta escoria. Debe pagar>> Pero si se entretenía, morirían aplastadas. <<Entonces da igual. Estamos ya muertas>>

También las onyces del exterior detuvieron su frenesí, pues, expectantes, sentían el dilema de su dueña. Querían sangre, y si la bruja se la daba, la dejarían vivir un poco más. Lo justo.
Dijimos que sufrirías, pero si tardo mucho nos tirarán esto encima... —se encogió de hombros, pero se fijó en que habían parado—. Pero tampoco voy a sacarte conmigo para darte lo que te mereces en otro momento así que...

Las sombras empezaron a mover sus hileras de colmillos de un lado a otro sin soltar sus respectivas presas. Cortaban la ropa, la piel, el músculo, y no tardarían en llegar a los huesos. Del chico no se llevaría más mancha que sus palabras o gritos, pero no su sangre. De momento.

Mientras, seguiría hablando:
Podrías decirme cómo se apaga esa mierda de máquina y quizá te deje irte...

Lo hizo sin mirarle, su mirada pendiente de Marsi, pero las onyces tenían razón. ¿En serio, después de todo, le iba a dejar marchar? ¿Qué ganaba con ello? ¿Qué auto-engaño era ese? Las onyces le harían lo que ella dijera. Sería ella la culpable de sus actos, pero daba las órdenes con cierto placer envenenado. Sus manos ya estaban manchadas de sangre desde el inicio de la batalla. ¿Qué importaba? <<Está indefenso, joder, desarmado. Los soldados de fuera, no>> Pero los soldados obedecían órdenes, igual que sus sombras. El chico que tenía delante era el culpable de sus muertes, no la bruja ni sus amigos, ¿no? <<Él ha provocado esto. No merece salir ileso>>, pensó. ¿O lo pensaron las onyces?

Sea como fuere, sacaría a Marsi de allí, pero serían las únicas supervivientes de aquella pesadilla. Volvió a mirar al chico y arrugó el gesto. Solo de pensar en llorar a sus amigos podría descuartizar a aquel asesino con sus manos, aunque supiera que eso significaría morir en vida.
Escoria, abre la boca.

Se colocó detrás del chico y lanzó la mano derecha hacia su cara. Le apretó la nariz con fuerza. Una serpiente se deslizó desde su cuerpo hacia la boca del chico y se descolgó por la muñeca hacia la boca. Abrió sus fauces repletas de colmillos. La bruja, no contenta con eso, apretó además su espada contra la cintura del chico. Su decisión de no mancharse las manos le había durado apenas unos minutos. Estaba tan hundida, tan rabiosa y sus principios tan rotos, tan derrotada y agotada, que seguiría el instinto asesino de las onyces, quienes le prometían tiempo y ayuda a cambio de sufrimiento.

Si el carabés no abría la boca, no importaba: la bruja cortó su piel en varios puntos de su torso. Hiciera lo que hiciera, las sombras acabarían el trabajo tanto desde fuera, royendo las extremidades con más y más ahínco, como desde su interior, penetrando en los cortes que le infligía la bruja.

Pero Onyx tenía prisa.
Abre la maldita boca o te hago una nueva.

Un torrente de sombras se preparaba para entrar por su "boca" y unirse a sus hermanas en su festín de sangre.


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Zarket

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GM
El dolor de aquellos monstruos lo invadió pronto, infinitamente superior que aquella otra ocasión en la que un edificio se le cayó encima. Imágenes del pasado se mezclaron en su mente: la mano, sin muñón, de Barael, el cuerpo de Nad, Tuétano sobrevolándolos, Hyun a punto de caer en la cicatriz, los muertos avisándoles de que cuatro estaban a punto de unirse a ellos... Al final, al parecer, todos se unirían a ellos, pero el tipo E estaba ya enrabietado, y esperaba hacer a aquella mujer el mismo daño que ella le hacía a él. Al menos a nivel emocional.

Por eso, la primera vez que abrió la boca, fue para escupirle.

Todo ha sido vuestra culpa —la miraba con el mismo odio que reservaba a aquella ciudad, a todos y cada uno de sus infames habitantes—. La extracción de magia no la habría dañano, ni matado, y cuando consiguiera lo que necesitaba no habría tenido problema alguno en dejarla marchar. Vuestra estúpida maniobra salvadora no han sido más que las fantasías inútiles y peligrosas de un puñado de desquiciados sin contacto alguno con la realidad. Así que mátame, con dolor o sin dolor, la verdad es que me la suda —soltó un gruñido mezclado con lágrimas, impotencia, miedo, resignación y una sucia satisfacción de herir a la gente en lo más profundo de su ser mezcladas en él—. Voy a morir, pero el edificio caerá. Tú y ella moriréis, como ya han muerto tus amigos. Y todo por vuestra culpa.

Jack

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Ni el escupitajo ni sus palabras calaron en la bruja. Estaba muy lejos de allí, profundamente sumergida en el odio que el carabés le despertaba. El coro de onyces en su cabeza la blindaba, además, del resquicio de cordura y tristeza que le quedaba.

Se limpió con la manga y le abrió un nuevo corte vertical al mismo tiempo que hablaba, en el pecho, desde el cuello hacia abajo. Despacio.

Patético. El único ajeno a la realidad es un niñato que secuestra a gente y espera que no haya represalias, pero nosotros conocíamos el riesgo al venir. Eso nos diferencia. Si no hubieras querido tanta muerte, nos podrías haber pedido ayuda y ahorrarnos todo esto, niñato.

Su intención cambió momentáneamente y las onyces aplaudieron en su cabeza. Querían sangre, pero no tenían prisa. El tropel de sombras que aguardaba frente a él se desparramó bajo su cuerpo al tiempo que los tentáculos terminaban su tarea. El carabés se desplomó en el suelo encharcado con su sangre. La bruja miró el desastre mutilado que tenía a sus pies como sin saber qué hacer. El asco de la escena la urgía a actuar. Para colmo, morir allí con ellos ya no se antojaba tan deseable después de que lo hubiera dicho él... Mil voces corearon "que se calle, que se calle" y tras un gesto suyo, la serpiente cumplió su ansiada orden de cercenar su lengua.

Desvió la mirada, asqueada, y dedicó un último vistazo a la varmana. Sus sombras rechinaron los dientes, temerosas de algo que habían sentido. Sin embargo, la idea de ordenarles que la sacaran de ahí fue fugaz: el recuerdo de una Rocavarancolia asolada por la batalla que acababa de terminar y de su familia muerta anegó toda ilusión de un rescate. No tenían a dónde ir. Se acabó. ¿Acababa todo así?

Las sombras, aun así, rabiosas y frenéticas, no sabían qué hacer, perdidas en los pensamientos confusos de su bruja. No dejaba de subir y bajar entre la esperanza y la miseria absoluta. Las impacientes volvieron a golpear las paredes y otras aguardaron junto a ellos.

Hasta que se decidió. Se acercó al chico que se desangraba, pisó el corte del pecho con fuerza y colocó la punta de la espada sobre su cuello.
Tirad la torre —dijo en voz alta. No la mataría él.

En apenas un instante, todas las onyces, tanto las iracundas como las sorprendidas, salieron despedidas a cumplir la orden, más por placer que por obligación. Los cosechados volvieron a ver el interior original de la torre. Cuando cayó el primer cascote, Onyx presionó la espada suavemente, lo justo para herirle. No quería terminar así. Quería decirle algo.

¿Qué se siente al morir sin haber conseguido nada?

Y con un último movimiento, el chico respiraría por última vez. Con un último susurro, se despidió de Marsi y de sus amistades, su familia, pero nadie la escucharía, ni siquiera el coro de sombras que reía sin parar, libres por fin.


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Yber

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GM
Las ónyces aceleran lo inevitable y el mundo tiembla, mientras que el asesinato cometido por Alice pone fin a su sueño. La bruja despierta y Marsi desaparece del escenario, pues jamás fue parte del sueño de Rad. La torre vibra con fuerza, coreada por los ecos de unas risas que también se han ido.

Sin embargo, los ojos muertos del carabés siguen captando fotogramas sueltos del derrumbe y su cuerpo muerto siente cada bloque de piedra que cae sobre él. Esta es su parcela onírica: los escombros son lo único que le pertenece, son la base y el total de su reino efimero. Rad lo intuye en cada hueso roto de su cuerpo muerto y sepultado.

Tras unos segundos, la base de la torre se deshace y Rad cae con todo lo que es suyo. La negrura lo envuelve —a él y a sus cascotes— y el carabés aterriza, finalmente, sobre su cama; sin aire en el pecho.


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No llores por no poder ver tu pierna,
las lágrimas te impedirán ver los cadáveres de tus amigos.

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