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Muffie
Humor : Absurdo

Personajes :
Wednesday: Vouivre humana británica.
Karime: Licántropa loba libense de la capital.
Kimbra: Demonio rakshasa krabelinense Hija de Lunas engendro.
Irenneil: brujo de la cera aurva sinhadre.


Heridas/enfermedades :
Ka: Le falta el ojo izquierdo.

Armas :
Wen: Guadaña doble y arco.
Ka: Espadas gemelas, arco y dardos.
Kim: Arco, machetes y dagas.
Neil: Cuchara de madera y cera.



Ficha de cosechado
Nombre: Irenneil
Especie: Sinhadre
Habilidades: Artesanía, imaginación y habilidad manual
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De milagros y portentos… La sonrisa de Ilol Empty De milagros y portentos… La sonrisa de Ilol

31/05/14, 04:51 pm

De milagros y portentos…

La sonrisa de Ilol

La espada no se había tambaleado ni un centímetro desde que la dejó ahí hacía ya unos meses, en aquel apartado rincón. Era de madera negra con piedras moradas mate incrustadas en la empuñadura. La hoja también era de madera. Y no era de extrañar, al fin y al cabo, era solo un juguete.

Karime miró la espada sentada desde su cama, como si el simple gesto le fuera a dar la respuesta a todos sus problemas. Pero aquel trozo de madera no era nada en aquel momento.

Sabía la razón de aquel regalo. No era algo desconocido para nadie que, generación tras generación, las mujeres de su estirpe habían sido grandes guerreras. Pero, ¿Habían estado todas tan solas como ella? Karime no dejaba de preguntarse si aquel era el mensaje que había querido mandarle su madre al regalarle la espada pero negarle su amor.

Karime, por su naturaleza, había sido un bebé inquieto y despierto, pero de aquellos tiempos ya nada recuerda. Sus gorjeos y risas infantiles no sacaron sonrisa alguna en el férreo rostro de su madre y sus llantos no ablandaban su duro corazón. Y, pronto, la niña aprendió que, por mucho que se esforzara, no recibiría atención de su madre.

“Es débil, será vulnerable. Una deshonra.” Y no le faltaba razón. Karime había sido un bebé prematuro y enclenque. Si Kirina no hubiera tenido la fortaleza de la que hacía gala, su bebé posiblemente hubiera muerto en el parto. Pero, gracias a los Grandes Felinos, Kirina y Ekasel habían tenido una pequeña que, aunque delgaducha, gozaba de buena salud.

La militar libense no creía que su prematuro bebé fuera a hacer honor al nombre que portaba, heredado de su abuela, una mujer que se había ganado la gratitud y el afecto personal de la Reina Madre. Y, aquejada por la vergüenza y la deshonra, había dado la espalda a su pequeña bebé condenándola a crecer sin el amor de su madre.

Por aquel entonces, habiendo llegado a su nueva posición social tan sorpresiva y recientemente, Ekasel se empecinaba en aprender y ser digno de ese nuevo lugar en la sociedad, por lo que no tenía tiempo para percatarse del rechazo materno que sufría su pequeña niña.

Y, así, el inquieto bebé que había nacido, se fue convirtiendo en una niña solitaria y taciturna. Karime pasaba las tardes encerrada en su habitación leyendo, jugando con sus juguetes en absoluto silencio o, simplemente, echada en su cama mirando al techo, pensando. A veces, su padre le animaba a salir a la calle, al parque, a conocer a otros niños. Y Karime caminaba hasta el parque para sentarse en un banco y observar a los que jugaban en él. Niños alborotados que chillaban para reclamar la atención de sus padres. Su padre tomaba el té en casa de un amigo y su madre estaba encerrada en su despacho enterrada en papeleo. ¿Para qué iba a esforzarse? Y, así, pasaron los años.

-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-

Aquella cálida mañana, Karime despertó sintiendo el peso de algo estrecho y alargado sobre ella. Al moverse, el objeto cayó al suelo, de donde la niña la recogió. Era una espada con un moño rojo en la empuñadura y una tarjeta colgando. Karime la dejó en la esquina de su habitación y bajó a desayunar. Una vez en la cocina, su padre le preguntó por su regalo y le informó que era tradición en su familia que a esa edad se les entregara su primera espada. Karime comió en silencio, asintiendo a su padre. Ekasel, que, como siempre, no se había percatado de la falta de entusiasmo de su hija, le informó de un segundo regalo no planeado, pero muy esperado. Kirina estaba embarazada. Karime iba a tener un hermano. En aquel momento, el día de su quinto cumpleaños, las cosas empezaron a cambiar.

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Y ahí se encontraba Karime, meses más tarde, sentada en la cama, mirando la espada. ¿Qué supondría el nacimiento de su nuevo hermano o hermana? ¿Otro bebé que carecería del amor de su madre? ¿Y qué debía hacer ella? Nadie le explicó cómo debía comportarse con su nuevo hermano y mucho menos lo había aprendido ella por sí sola. En el parque había visto como los que eran hermanos jugaban o se peleaban, pero ella no veía que su relación con su hermano fuera a ser igual. Desde el mismo día del anuncio sus padres habían comenzado a comportarse de manera distinta, lo que encendía la envidia y los celos de la niña. Su padre se había vuelto más hogareño, dejando a un lado su activa vida social y sus miles de actividades, para centrarse en preparar la casa para la llegada del nuevo miembro. A su madre se la comenzaba a ver en otras partes de la casa que no fueran su despacho, se pasaba el día en casa y, a veces, Karime la pillaba acariciándose distraídamente el vientre abultado. Todavía no había nacido y Karime ya odiaba a su futuro hermano.

La puerta principal sonó, pero la niña no se movió. Sus padres ya estarían de vuelta y a ella no le interesaba lo que traían. No pasó mucho tiempo hasta que la puerta de su habitación fue tocada y abierta, dejando ver a un Ekasel radiante y sonriente llevando entre sus brazos un bulto envuelto en mantas. El bebé respiraba suavemente dormido entre los brazos de su padre sin percatarse de que su hermana, aun cuando era la primera vez que lo veía, ya le odiaba.

- Saluda a tu nuevo hermanito, Karime. Su nombre es Ilol.

-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-

Ilol, que había resultado ser un bebé precioso de ojos violetas, había corrido la misma suerte que Karime, para la vergüenza de su madre. Aunque no prematuro, el niño había nacido enclenque y, a diferencia de su hermana, con una salud delicada. Aun así, Ilol era la viva imagen de la felicidad. Risas, gorjeos y palmas se escuchaban en todo momento a su alrededor. Y, aunque su actividad y simpatía eran grandes, no recibió mejor trato por parte de su madre que su hermana a su edad. Pero Ilol no dejaba de reír y palmear.

Aquel día, Karime se encontraba de nuevo sentada en su cama mirando la espada de madera negra, cuando un llanto le llegó desde la habitación contigua. Esperó unos minutos para ver si alguno de sus padres socavaban el alboroto, pero nadie acudió a los llantos del bebé. Karime, resoplando, se levantó y se encaminó a ser ella misma quien callara al niño. Cuando llegó a la habitación, Ilol, con la cara bañada en llanto, miraba el lémur de peluche entre los barrotes de su cama. Karime, resoplando de nuevo, cogió el peluche y se lo entregó al niño que, al instante, adornó su cara con una amplia sonrisa y palmeó alegre. Aquella reacción enfureció a la libense.

- ¿¡Pero es que no te das cuenta de lo que pasa, niño!?- comenzó a gritar.- ¿¡Cómo puedes ser feliz cuando ninguno de nuestros padres ha venido en tu ayuda!? ¡Nunca conseguirás su atención! ¿Entiendes? ¡Nunca les interesaras nada! ¡Ni te esfuerces! ¡Nunca serás nadie para ellos!

Ilol, ante los gritos de Karime, dejó de sonreír y la miró con los ojos abiertos, la cabeza inclinada y una expresión curiosa. Karime, en su furia, se había acercado tanto a la cara de su hermano, que apenas les separaban unos centímetros. Desde aquella posición pudo ver a la perfección como los mofletes de su hermano se hinchaban y una burbujita comenzaba a formarse en su boca. De repente, y sin que ninguno de los dos se lo esperara, la burbujita explotó llenándole la cara de babas a la libense. Karime se limpió las babas de la cara enfadada y levantó la mano con la intención de darle una cachetada a su hermano, pero este comenzó a reír y a palmear.

Ekasel, que había acudido a la habitación de su hijo menor alentado por los gritos, fue testigo de una escena que nunca se hubiera imaginado. Su hija mayor, la niña solitaria y taciturna, comenzó a sonreír. De aquella amplia sonrisa salió una carcajada y, tras esta, otra más fuerte. Sus mejillas se coloreaban, sus ojos brillaban y su cuerpo sufría espasmos, y ella no dejaba de reír. Cuanto más alto reía Karime, más alto reía Ilol, y cuanto más fuerte era la risa del bebé, más lo era la de la niña. Karime cogió a su hermano en brazos y lo lanzó al aire para luego recogerlo y que ambas risas se intensificaran.

Aquella solitaria niña había necesitado un milagro para volver a sonreír y aquel milagro había sido la burbujita de baba de un bebé.

Al día siguiente, Karime sacó el corralito de su hermano al jardín trasero y empuñó por primera vez su espada de madera. Luchó contra el aire todo el día al grito de “Mírame, Ilol, mira como lo hago.” Y su hermano le correspondía riendo y palmeando. Desde aquel momento, Karime fue todo lo que Ilol necesitaba, e Ilol, a su vez, fue todo lo que Karime anhelaba.

Ekasel, que se había percatado de lo erróneo que había sido su comportamiento anterior al ver el cambio de su hija, se propuso que desde aquel momento en adelante a sus hijos no les faltaría de nada y, mucho menos, su propio amor.

Kirina, por su parte, no cambió su comportamiento hacia sus hijos, pero, cuando el trabajo más le agobia, mira por la ventana de su despacho y ve jugar a sus hijos en el jardín. Y, durante unos instantes, sonríe para sí.

Pasó el tiempo y los hermanos se volvieron inseparables. Karime consiguió la fuerza, la valentía y el arrojo para cumplir las expectativas que el destino había puesto sobre ella. Y a Ilol nunca le faltó el amor y el apoyo que Karime siempre había necesitado. Karime le enseñó a andar y a hablar e Ilol la recompensó haciendo de ella su primera palabra.

-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-

Y así fue como Karime se convirtió en Karime. Y así fue como la niña solitaria encontró su camino en la vida: cuidar y proteger a la gente que se ganaba su amor.

Porque, quizás, solo quizás, junto a ese pequeño, podría conseguir que, algún día, su madre se sintiera orgullosa de ella. Y, si nunca llegaba a hacerlo, siempre le quedaría la sonrisa de Ilol.

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