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Rocavarancolia Rol » La Sombra de la Luna » Normas y guías » Recopilación de lore

Recopilación de lore

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1Recopilación de lore Empty Recopilación de lore el 11/04/18, 01:32 pm

Rocavarancolia Rol

Rocavarancolia Rol
Aquí estarán recopilados, de forma ordenada por temas, fragmentos de la historia de Rocavarancolia que hayan aparecido en la saga y en los relatos de Cotri. El objetivo principal en términos de rol es que si alguna vez necesitáis comprobar algún detalle sobre el lore de la ciudad podáis hacerlo de forma expeditiva, y también encontrar de forma rápida un fragmento interesante si queréis que un personaje (cosechados sobre todo) se entere de algún detalle, leyenda o anécdota de la ciudad, incluidos datos sobre sus transformaciones cuando vayan a investigarlas a la Biblioteca.

Hay posibles excepciones al conocimiento común, como es el caso del origen de la magia. Para fragmentos especialmente relevantes como éste, consultad a un GM antes si queréis encontrar alguna referencia.


Leyendas rocavarancolesas
CLICK:


El origen de la magia:
—¿Quieres saber qué soy? —le había preguntado Hurza aquella noche—. Está bien, te lo contaré. Te hablaré de mi pueblo: de los sin nombre. Te hablaré de los aesín. Te hablaré del dolor.

»Era el principio de los tiempos, y todo era nuevo. Las constelaciones aún no estaban alineadas y la luz de los soles recién nacidos comenzaba a abrirse paso en la oscuridad.
»Los sin nombre habitábamos un planeta al borde de una nebulosa roja. Compartíamos mundo con otra especie. Se llamaban aesín y eran majestuosos. A sus ojos no éramos más que bestias. Habitábamos en los pantanos que rodeaban sus ciudades, y nos alimentábamos de sus desechos, ¿cómo podían considerarnos otra cosa que alimañas? Los aesín se creían dioses y no puedo culparles. Vivían vidas tan largas que rozaban la inmortalidad, y su inteligencia, belleza y gracia superaban toda medida. Se sentían los dueños de la creación. Y no entendían por qué no podían modelarla a su voluntad.

»Por aquel entonces el universo era un lugar ordenado; todo tenía su espacio y férreas reglas lo gobernaban todo. Nada estaba dejado al azar porque el azar no existía. Pero era un universo joven, y eso lo hacía frágil. En cierta manera, el universo aún estaba naciendo. Y los aesín buscaban la manera de participar en esa creación. Imagina la realidad como un inmenso tapiz que se teje desde la nada, como una vasta alfombra que poco a poco lo cubre todo. Los aesín eran capaces de distinguir los bordes de la realidad, allí donde las nuevas hebras urdían esa alfombra. Por muchos y diversos medios intentaron influir en esas hebras para retorcerlas a su antojo, pero todos sus intentos fracasaron. El universo se cuidaba muy mucho de que ninguna injerencia externa interfiriera en su desarrollo. Pero ellos no cejaron en su empeño. Hasta que dieron con una de las claves que modelan el mundo, uno de los motores de la realidad:
»El dolor.

»Lo descubrieron por casualidad. Los aesín, en un nuevo intento por cambiar la faz del universo, idearon un descomunal ingenio energético que apuntaba hacia los confines de la creación. Era invierno en mi planeta, un invierno cruel que estaba causando estragos entre mi pueblo. La noche anterior a la puesta en marcha del artefacto, una de nuestras partidas de caza, huyendo de una brutal ventisca, buscó refugio en las proximidades de la máquina. Cuando al día siguiente los aesín la activaron hasta el último de ellos murió. La sangre les hirvió en las venas. De alguna forma, su dolor acompañó a la energía proyectada desde nuestro mundo hasta los límites de la existencia.

Y algo ocurrió allí, los aesín detectaron una fluctuación, una vibración nunca vista. Repitieron el proceso pero esta vez las lecturas no mostraron nada. No tardaron mucho en comprender qué había ocurrido. No fue la lanzada de energía lo que hizo estremecer la realidad: había sido la agonía de los míos. El universo reaccionó a su dolor.

»Para nuestra desgracia, los aesín se fijaron al fin en nosotros. Nos volvimos útiles para ellos.
Construyeron máquinas de tortura, artefactos ideados para generar dolor y proyectarlo, y nos forzaron a introducirnos a centenares en ellos. Mi pueblo se convirtió en materia prima, en combustible. Nos confinaron en granjas de cría, nos arrebataron todo lo que teníamos, todo lo que éramos. Sus máquinas sólo se detenían para sustituir los cadáveres de su interior por más carne viva que torturar. Mujeres, niños, recién nacidos… No hacían distinción. Los aesín enfocaban nuestra agonía a los confines de la existencia y el universo, horrorizado por lo que podía llegar a contener, se rebelaba contra sí mismo.

»Y un día los aesín lograron su objetivo: alteraron la realidad, aunque no del modo en que esperaban. Una grieta se abrió en el tejido del universo, una mínima brecha que duró abierta un periodo de tiempo tan insignificante que fue como si no hubiera existido. Pero durante ese lapso de tiempo la realidad se colapsó: no hubo norma alguna, sólo caos y desorden. Entonces apareció la magia. Eso es, fantasma: la magia es fruto de nuestro dolor y de la ciega ambición de los aesín. Yo estuve presente cuando el universo cambió. Yo gritaba de agonía, empapado en mi sangre y en la sangre de mis hermanos, cuando la magia primordial irrumpió en el mundo.

»La magia es desorden. La magia es caos, es una fuerza capaz de retorcer lo posible. Y así los aesín se convirtieron en los primeros hechiceros de la existencia. Las máquinas de tortura se detuvieron. Ya no eran necesarias. Habían encontrado una forma mejor de alterar la realidad. Gracias a la magia, los aesín podían transformar el mundo por sí mismos, podían tomar la urdimbre de la creación y retorcerla. Las máquinas se detuvieron, pero eso no significó la liberación de mi pueblo. La magia, como sabes, no surge de la nada, necesita energía que la nutra, una fuerza motriz que la ponga en marcha. Seguía siendo necesario un sacrificio. Y por eso nuestro papel en esta historia no cambió: continuamos siendo las víctimas. Unas veces era nuestra sangre lo que precisaban para sus hechizos, otra nuestras lágrimas…
Nuestros gritos. Nuestro miedo. Nuestro dolor.
Y nosotros les dábamos todo eso, no podíamos evitarlo.

»Pero había algo que los aesín desconocían: ignoraban nuestra verdadera naturaleza. Sí, estábamos familiarizados con la muerte. Pero también con la reencarnación. Nuestra esencia, nuestra alma, reside en los cuernos que adornan nuestras frentes, y tras la muerte allí permanece aletargada a la espera de que alguien nos facilite un nuevo cuerpo. Ese es el modo en que mi especie protege a sus individuos más valiosos, así preservamos la vida de los más capaces. De haber conocido nuestra capacidad de resurrección, los aesín habrían destruido ellos mismos nuestros cadáveres, no nos habrían encargado a nosotros la tarea de arrastrarlos a los hornos crematorios. Desconocían que haciendo eso estaban fraguando su perdición. Antes de arrojarlos a las llamas, arrancábamos a nuestros hermanos muertos los cuernos donde reposaban sus almas.

»Perdí la cuenta de las veces que morí a sus manos. Pero regresé más fuerte con cada una de mis muertes. Sí. Volvíamos de la oscuridad más sabios y poderosos de lo que habíamos sido en nuestras vidas anteriores. Porque mientras gritábamos en los altares del sacrificio, mientras nuestros asesinos profanaban nuestra carne una y otra vez, sin que se percataran de ello, fuimos aprendiendo los rudimentos de la magia.

»Fue un aprendizaje largo, lento… Frases captadas al paso. Libros entrevistos en mitad de la tortura. Estábamos ávidos por aprender, pero nuestro tiempo era tan escaso…
Aun así nunca han existido alumnos tan aplicados. Desde el momento en que nos hacinaban en las jaulas para trasladarnos a las torres de hechicería, permanecíamos atentos a todo y a todos, ansiosos por vislumbrar el más mínimo atisbo de magia para analizarlo y memorizarlo.

»Las décadas pasaron sin que aquella rutina de horror y muerte variara. Los aesín inventaron distintas ramas de la magia: la necromancia, la hechicería de portales, la magia nivea y la oscura…
Mientras tanto, nosotros, seguíamos con nuestro lento aprendizaje. Llegó un momento en que fuimos capaces de generar nuestros propios hechizos, simples juegos de manos al principio, pero más y más poderosos a medida que transcurría el tiempo. Yo mismo sacrifiqué a dos niños para comprobar que podía devolverles la vida y ponerlos a mi servicio.

»Y llegó el día de la rebelión. No nos vieron venir. Durante siglos no habíamos sido más que dóciles reses que conducir al matadero, pero de pronto los corderos se transformaron en lobos sedientos de sangre. La batalla que supuso el final de los aesín fue larga, terrible, pero en ningún momento dudamos de nuestra victoria. No era sólo el poder lo que nos respaldaba: era la furia y la justa venganza. Sus ciudades ardían y nosotros avanzábamos entre las llamas como demonios rabiosos. Decir que los aesín fueron derrotados es quedarse cortos: los exterminamos. Borramos su civilización por completo. Sin dejar nada.

»Pero la venganza no fue suficiente. No cuando el fruto de nuestro dolor campaba libre por el cosmos. No puedes ni imaginar la rabia que sentimos al saber que había otros seres aprovechándose de él. Los aesín no eran los únicos magos. Había más, muchos más… El universo entero se había infestado de magos y hechiceros, de brujos y demiurgos; parásitos y alimañas que se servían de nuestro dolor, de nuestro sufrimiento. Escupían sobre nuestros muertos cada vez que realizaban sus sucios trucos.

«Entonces lo decidimos. No descansaríamos hasta que la magia fuera aniquilada, hasta que no quedara rastro de ella en toda la creación, aunque para ello tuviéramos que arrasar civilizaciones enteras. Seguíamos sin tener nombre, pero al menos teníamos un propósito.

»No te voy a aburrir con el relato de nuestra odisea. Durante siglos nos enfrentamos a la magia allí donde la encontrábamos, a veces en guerra abierta, otras con sutileza. En ocasiones salíamos victoriosos y otras derrotados. Mi pueblo acabó diseminado por buena parte del universo gracias a la magia de los portales, esa hechicería capaz de horadar el tejido de la realidad y de la que Harex era un maestro, la misma hechicería que impregna las piedras de Rocavaragálago y que convierte Rocavarancolia en un maravilloso cruce de caminos a otros mundos.

«Durante siglos viajamos de sol en sol, en busca de magia que destruir. Hasta el día en que casi nos aniquilaron. Habíamos reunido al grueso de nuestras fuerzas para enfrentarnos a un enemigo inusualmente poderoso y, aun así, sufrimos la peor derrota que puedes concebir. No recuerdo el nombre del planeta ni de la especie que lo poblaba, pero su magia superaba a la nuestra. La superaba con creces.
No nos quedó más alternativa que huir. Ellos desataron el infierno sobre nosotros. Abrimos a la desesperada portales por donde escapar. Huimos por tierra, mar y aire, enloquecidos, moribundos. Derrotados.

»El destino quiso que el barco en el que escapamos Harex y yo terminara en este mundo. Ya sabes qué ocurrió después. Fuimos traicionados, asesinados por las serpientes que dejamos medrar en nuestro seno. Pero la muerte, para nosotros, no es más que un lugar de paso. Pronto mi hermano estará otra vez a mi lado y entonces retomaremos nuestra sagrada misión: erradicar la magia de la creación y exterminar a todo aquel que haya osado invocarla…».

Historia de Rocavarancolia:
Llegada y conquista de Hurza y Harex:
Los dos hermanos habían llegado en una maltrecha goleta a la deriva, la primera de las cientos de naves que las Uncidas, las corrientes hechizadas, iban a traer hasta aquel mundo.

El barco desarbolado encalló cerca de una pequeña villa de pescadores. Los lugareños, a pesar del temor que les causaba aquel impresionante bajel, cien veces mayor que la más grande de sus barcazas, se apresuraron a ir en auxilio de la tripulación antes de que el barco se hundiera. En cubierta encontraron decenas de cadáveres. Eran seres prácticamente idénticos a ellos, aunque mucho más pálidos y con un curioso cuerno color ceniza en sus frentes. Los cadáveres no mostraban signos de violencia, sólo las huellas que acarrean la sed, el hambre y la penuria prolongada. Por desgracia para ellos, hallaron a dos supervivientes agonizando en el castillo de proa: Harex y Hurza. Los llevaron consigo al pueblo y cometieron el terrible error de salvar sus vidas. En pago, aquellas criaturas asesinaron a la mitad de la población y esclavizaron al resto. Aquél fue el origen de Rocavarancolia.

Ricardo les había contado que los dos hermanos, tras hacerse con el control de la villa donde las corrientes mágicas los habían arrastrado, iniciaron una campaña de conquista por todo el país. Poco pudieron hacer las poblaciones que encontraban a su paso para resistirse a ellos: aquel mundo no estaba preparado para enfrentarse a unas criaturas como Harex y Hurza: los dos eran magos en un lugar donde hasta entonces la magia no había existido y eso los hacía prácticamente invencibles. Nada ni nadie podía hacerles frente.

La fuerza principal de su ejército la formaban sus mismas víctimas, resucitadas gracias a la nigromancia de Hurza. Hechizos aterradores los precedían en su marcha. Los lugares que iban a ser atacados recibían la noche anterior la visita de espectros que anunciaban a gritos la inminente llegada de su final mientras señalaban hacia las columnas de fuego que marcaban el avance del ejército de cadáveres…

—A su paso las cosechas se agostaban, los ríos se secaban y las hembras preñadas daban a luz monstruos —les leyó Ricardo—. A su paso se acababa el mundo.

De este modo, los dos hechiceros se fueron abriendo camino a través del continente, adueñándose de él a una velocidad de vértigo, la misma con la que crecía su armada de muertos vivientes y de esclavos. Sólo a los hombres de peor catadura moral se les permitía unirse a ellos libremente; y de éstos, sólo a los más depravados y crueles se les daba puestos de mando en su creciente ejército.

La fama de Harex y Hurza no tardó en extenderse por todo el planeta. Hasta el último reino de aquel mundo se alió con su vecino, conscientes del peligro; enemigos hasta entonces irreconciliables hicieron causa común contra los dos hermanos. Todos mandaron a sus huestes a la guerra, miles y miles de hombres unidos bajo un mismo estandarte en un intento de acabar con Hurza, Harex y su legión de muertos. Lo único que podían hacer contra la magia perversa del enemigo era intentar oponerle el mayor número de efectivos posible y rezar para que fuera suficiente. Y quizá lo hubieran conseguido, pero días antes de que la gran batalla que se preparaba tuviera lugar, ocurrió algo que cambió por completo el destino no sólo de esa tierra, sino de decenas de mundos: como cada año, salió la Luna Roja. Y con aquel astro en el cielo, de pronto, de manera sorpresiva hasta para ellos mismos, los poderes de los dos hermanos, ya de por sí abrumadores, se multiplicaron hasta más allá de lo imaginable.

—Según el pergamino, la Luna Roja está hecha de magia sólida, de magia pura… —les había explicado Ricardo—. Puede que sea una manera poética de expresarlo, no lo sé… Da igual. Sea como sea la amplifica y la dispara… Los hermanos se bastaron y sobraron para aniquilar ellos solos a más de trescientos mil hombres. Y lo hicieron en una sola noche…

Cuando la Luna Roja se ocultó, ya dominaban el planeta entero. Instalaron la capital del reino en el poblado de pescadores que había tenido la desgracia de recogerlos y lo convirtieron en una ciudad tan monstruosa como ellos mismos. Y una vez coronado Harex, con su hermano Hurza como segundo, se dedicaron a esperar la llegada de la Luna Roja.

Rocavaragálago:
Su salida al año siguiente y los efectos que iba a tener en ellos no los tomaron esta vez por sorpresa. Estaban preparados para lo que iba a ocurrir. En cuanto la luna asomó por el horizonte, Harex voló hasta ella, se posó sobre su superficie y arrancó con sus manos desnudas una inmensa porción. Luego regresó con su carga a la ciudad. Tal y como lo relataba el pergamino, fue como si una gigantesca montaña roja descendiera desde los cielos.

Según el relato de Blatto Zenzé, los efectos de la terrible mutilación de la Luna Roja se dejaron sentir en el planeta al instante. Los terremotos y erupciones se sucedieron por doquier, como si el mundo entero se sacudiera espantado ante lo sucedido en el cielo. La superficie del planeta cambió por completo; las placas tectónicas se alzaron para crear nuevas cadenas montañosas, los océanos anegaron las tierras y el perfil de las costas se alteró para siempre.

Ajeno a aquel caos, Harex prosiguió con su labor: erigir Rocavaragálago. La levantó con sus propias manos, haciendo tal uso de la magia que hasta la misma piedra ardía. Aunque la Luna Roja había desaparecido del cielo, sus poderes se veían amplificados gracias a la misma materia sobre la que trabajaba.

En cierto modo, Harex había bajado la Luna Roja del cielo. A medida que la construcción crecía, el mago fue ejecutando sobre su superficie complicados hechizos, uniendo su propia magia a la magia de la piedra. Algunos de esos sortilegios se pusieron en marcha al instante, otros necesitaban tal cantidad de energía que sólo podían activarse cuando la Luna Roja estuviera de nuevo en el cielo.

El rey hechicero tardó todo un año en concluir su obra, un híbrido entre arquitectura y magia como nunca se había visto antes. Justo cuando la luna volvió a emerger, todo se consumó: Rocavaragálago se puso en marcha por primera vez; las puertas del infierno se abrieron y los monstruos se hicieron dueños de Rocavarancolia.

-

Había sacado de una de las jaulas dos objetos cilíndricos y alargados que a Héctor le recordaron vagamente a telescopios. Eran tubos de madera policromada de metro y medio de largo, con tapones dorados a rosca en los extremos. Ricardo desenroscó uno de ellos y al instante varios pergaminos enrollados se deslizaron fuera sin llegar a salir del todo.

Ricardo intentó extender una de las enormes hojas ante él, pero era tan poco manejable que sólo logró mantener abierta la parte superior. El pergamino estaba escrito a tres columnas, con una apretada letra en tinta roja y varias ilustraciones repartidas por su superficie. En una de ellas se veían varios hombres a caballo ante las murallas de una ciudad de muros negros. En otra, un grupo de seres demoníacos se despeñaba por un acantilado y por la expresión risueña de sus caras parecían felices de hacerlo. No eran dibujos muy afortunados.

—No está escrito en el idioma que conocemos —dijo Ricardo—. Espera… Sí… —entrecerró los ojos —. Es parecido, muy parecido. Algunas palabras las comprendo pero hay muchas más que no entiendo…
—Es algún tipo de dialecto derivado o tal vez una primitiva forma del mismo lenguaje —dijo Bruno con otro pergamino mal desplegado entre sus manos—. En la torre de hechicería encontré varios libros escritos en esta lengua y de uno de ellos al menos existía una copia en el idioma que aprendimos en la fuente. Si no recuerdo mal, llevé ambos ejemplares al torreón…
—Si es así, podría intentar traducirlos —comentó Ricardo—. La cuestión es si merecería la pena
hacerlo…

Marina y Natalia habían abierto el otro cartucho y sacado varios pergaminos de su interior. Uno de ellos, de un tétrico tono rojo, parecía haberles llamado tanto la atención que estaban desenrollándolo entre ambas. Buena parte del grupo se dispuso a su alrededor conforme lo abrían.

En la parte superior del pergamino, retratada con el mismo grado de detalle con el que ya la habían visto en tantas y tantas ocasiones, estaba la Luna Roja, con la línea del ecuador quebrada y agrietada. El resto de la página lo ocupaba un espectacular dibujo de la catedral oxidada. Sus pináculos y contrafuertes erizados se elevaban en el papel como una visión de pesadilla que a punto estuviera de traspasarlo. Todo el edificio parecía despedir un brillo extraño, un resplandor mezcla de sangre y fuego.

Pero lo más espantoso de aquel dibujo no era la catedral en sí misma; lo más terrible era lo que estaba surgiendo de ella. De los muros y altas torres emergía un sinfín de siluetas oscuras. Eran formas difusas, fantasmales, que se filtraban a través de las paredes, ansiosas de libertad. Había pocas iguales. De la catedral surgían espectros contrahechos que se retorcían de un modo espantoso mientras se liberaban de la piedra, sanguijuelas hechas de oscuridad, monstruos informes y pesadillas aladas. De una de las torres centrales estaba escapando una criatura horrible, de cabeza gigantesca y brazos peludos terminados en largas garras afiladas. Todas las criaturas que emergían de la catedral elevaban los brazos al cielo en una actitud absolutamente reverencial hacia la luna que flotaba sobre ellos.

—¿Eso es lo que pasa cuando sale la Luna Roja? —preguntó Natalia—. ¿La catedral se pone a escupir monstruos? ¿Eso es lo que va a ocurrir?
Nadie contestó.

-

—Nos han traído para ser cargas mágicas. Para eso valemos. Pilas. Talismanes con forma humana. Como queráis llamarlo… Somos lo que pondrá en marcha la catedral cuando salga la Luna Roja. ¿Recordáis el dibujo? ¿Todos esos monstruos saliendo de los muros del edificio rojo? Eso es exactamente lo que pasará. Y lo haremos nosotros… Esa catedral… —Ricardo resopló y se pasó una mano por el pelo encrespado— es el corazón de la ciudad, el corazón de todo el reino, en realidad… Sólo que no es una catedral. Ni siquiera es un edificio de verdad, no del todo al menos. Es un hechizo… Se llama Rocavaragálago —le costó pronunciar la palabra.

—Y cuando salga la Luna Roja se pondrá a soltar monstruos como en el dibujo, ¿no es eso?—preguntó Natalia—. ¿Y dices que será por nuestra culpa?
—Todavía no tengo muy claro cómo ocurre. El autor de los pergaminos lo explica todo a base de poemas, algunos muy difíciles de traducir… —hizo un gesto en dirección a la torre a su espalda—. Tengo… tengo que seguir trabajando en ellos… Pero sí, será culpa nuestra. Eso lo tengo muy claro.

Rocavaragálago necesita dos elementos para ponerse en marcha. El primero es la Luna Roja en el cielo; el segundo, energía de la que servirse, como se sirven Natalia y Bruno de los talismanes, y esa energía, además, tiene que ser exterior y nueva… «Esencia sin mácula no iluminada jamás por la Sagrada Luna Roja», dice el pergamino… ¿Comprendéis ahora por qué nos han traído? Necesitan nuestra energía para que Rocavaragálago se ponga en marcha. Ése es el potencial del que no paraba de hablar Denéstor Tul…
La catedral es la puerta, la Luna Roja la llave y nosotros somos quienes la giraremos.

—Creo que tiene que ver con la naturaleza de este mundo —contestó Ricardo—. O quizá sólo sea en esta ciudad, no lo sé… Es difícil de explicar… Faltan muchos pergaminos por traducir pero… —miró directamente a Bruno—. ¿Recuerdas la esfera que invocaste al poco de llegar?

—Creaste una puerta entre mundos, sólo permaneció abierta un instante, el tiempo suficiente para que invocaras a esa cosa —se acomodó mejor en la silla—. Rocavarancolia es un reino intermedio, un mundo situado en una encrucijada entre dimensiones o algo por el estilo… Sea lo que sea, esté donde esté, aquí es muy fácil abrir puertas a otros mundos… Como la que Denéstor Tul usó para ir a la Tierra y traernos. Creo que Rocavaragálago es una de esas puertas, y conduce a un mundo diabólico poblado de engendros y monstruos. Nuestra energía y la Luna Roja la abrirán y… ellos pasarán a este lado…

—¿Cuántos? —preguntó Natalia—. ¿Cuántos monstruos saldrán de esa rocaloquesea?
—Eso dependerá de la cantidad de energía que poseamos… Por lo que he podido leer, en ocasiones eran miles las criaturas que se abrían camino por las calles al salir la Luna Roja —al ver la expresión de algunos de sus compañeros se apresuró a añadir—: Pero es imposible que sean tantas esta vez, no, no puede ser… Usaban la energía de centenares de chicos traídos desde un sinfín de mundos diferentes… Ahora sólo somos once…

—Monstruos —Lizbeth sacudió la cabeza—. Pero ¿de qué tipo de monstruos estamos hablando? Está ciudad ya está llena de bichos repugnantes…
—No. Eso son alimañas, bestias carroñeras que viven entre las ruinas. Las criaturas que saldrán de Rocavaragálago son de otra especie, son las que pudisteis ver en el dibujo del pergamino. Trasgos, vampiros, demonios y muertos vivientes… gigantes, licántropos… Puede que incluso dragones…

-

En la noche destacó la silueta herrumbrosa de Rocavaragálago, la gigantesca construcción roja que se levantaba a las afueras de la ciudad. Ni el paso de los siglos ni la guerra habían dejado la menor huella en su estructura. Se mantenía exactamente igual a como se veía en los grabados y pinturas más antiguos. Para aquel edificio el tiempo parecía no transcurrir. La fortaleza en la montaña podía ser el cerebro del reino, el lugar donde se dictaba el rumbo que se debía seguir, pero aquella construcción de piedra lunar era el verdadero corazón de Rocavarancolia. Un corazón despiadado que hasta el Señor de los Asesinos temía.

-

—¿Hay algún modo de entrar? —quiso saber Andras Sula mientras cabeceaba en dirección a Rocavaragálago—. No se ven puertas ni ventanas.
Ara negó con la cabeza antes de contestar.
—Es maciza, mi señor. Un bloque de Luna Roja al que Harex dio forma de edificio.
—Yo he oído otra cosa —anunció Valga—. Historias antiguas que cuentan que Harex y su hermano pasaban largo tiempo dentro de Rocavaragálago, dedicados a sus oscuros quehaceres. Se dice que ellos eran los únicos que conocían el modo de entrar en la catedral.
—¿Nadie ha intentado nunca atravesar sus muros? —preguntó el piromante. Su tono de voz evidenciaba lo mucho que le sorprendería una respuesta negativa.
—Claro que lo han hecho —contestó Ara. Se frotó el labio superior con su única mano—. Y no han encontrado otra cosa que piedra allí dentro. Olvide las necedades del dragonero, mi señor. Rocavaragálago es un pedazo de luna. Ni más ni menos.

Caída de Hurza y Harex:
Enfrentada a la media luna en la que se veía aquella escena había existido otra plataforma idéntica, sobre la que se escenificaba la muerte del primer rey de Rocavarancolia. A Harex lo habían matado mientras dormía. Icaria, su amante, había sido la encargada de verter en su oído un chorro de Penuria, el veneno más letal conocido, hechizado además de tal modo que atravesó todas las protecciones mágicas del rey como si no existieran. Habían tardado diez largos años en encantar la pequeña redoma de veneno que entregaron a Icaria; el mismo tiempo que ella había necesitado para ganarse la confianza del soberano, pero el esfuerzo había merecido la pena. La muerte de Harex fue inmediata.

Con la construcción de Rocavaragálago y la salida de la Luna Roja, Harex no sólo había llenado la ciudad de monstruos, también había puesto en marcha otra magia todavía más turbulenta: la que desgarraba el tejido mismo de la realidad y creaba portales a otros mundos. Eran pasillos que se abrían al azar en los puntos más dispares de la ciudad: en el cielo, en las montañas o sumergidos bajo el mar; algunos conducían a planetas desolados, sin rastro de vida ni esperanza de albergarla, no obstante otros comunicaban con tierras florecientes pobladas por civilizaciones en distinto grado de desarrollo. Esos vórtices entre mundos nunca permanecían mucho tiempo abiertos, todos acababan cerrándose al cabo de
unas horas. Harex no podía controlar la magia que los creaba, pero sí era capaz de fijar de forma permanente los pasajes que llevaban a los lugares más prometedores, vinculándolos así de manera continua al reino.

Los habitantes de Rocavarancolia asistieron extasiados a ese nuevo prodigio. Estaban convencidos de que Hurza y Harex se proponían conquistar esos mundos para mayor gloria del reino. Esa suposición cobró fuerza cuando a lo largo de los años siguientes se pusieron en marcha varias expediciones a lo que ya se conocía como mundos vinculados… Se trataba de grupos pequeños que exploraban y cartografiaban el terreno, hacían balance de las distintas civilizaciones que habitaban esos planetas y, sobre todo, intentaban averiguar de qué tecnología disponían y si eran capaces o no de realizar magia. Llevaban a cabo sus operaciones con la mayor de las cautelas, evitando siempre ser descubiertos por los nativos del mundo que estudiaban. Hasta el último habitante de Rocavarancolia estaba seguro de que esas expediciones eran el preludio a la tan esperada invasión, aunque ni Harex ni Hurza hablaran abiertamente de ello.

Comprendieron su error cuando Harex anunció que las expediciones a los mundos vinculados habían tocado a su fin y que a partir de entonces ellos y sólo ellos serían los únicos que podían traspasar los vórtices. El resto de los habitantes del reino tenía prohibido bajo pena de tortura y muerte hacer uso de los portales. El Consejo Real, formado por los doce hechiceros más poderosos del reino, intentó averiguar la razón de esa ley sin sentido pero, como era su costumbre, ni Hurza ni Harex explicaron sus motivos.

Los dos hermanos pasaban largas temporadas en los mundos vinculados. En la mayoría de las ocasiones viajaban juntos, dejando el dominio del reino al consejo, aunque tampoco era extraño que uno de los dos se adentrara solo a través de un portal mientras el otro permanecía en Rocavarancolia. Era rara la vez en la que los hermanos regresaban de sus viajes con las manos vacías. Traían objetos de toda índole, en su mayoría mágicos y, de nuevo para estupefacción del consejo y el reino entero, en lugar de servirse de ellos, lo que hacían era arrojarlos inmediatamente al foso de lava que rodeaba Rocavaragálago.

De cuando en cuando regresaban también con algún aterrado habitante de esas tierras, en su mayor parte niños que eran encerrados sin contemplaciones en las mazmorras de la ciudad. Y no eran pocas las ocasiones en las que llegaban apestando a sangre y matanza, risueños como muchachos que acabaran de realizar una magnífica travesura. No explicaban a nadie el porqué de sus acciones, ni a qué tareas se dedicaban en los mundos vinculados.

A lo largo de los años, el consejo de Rocavarancolia intentó convencerlos en múltiples ocasiones de la locura de sus actos: tenían en sus manos las herramientas necesarias para dominar un sinfín de mundos, pero ellos se limitaban a usar esas tierras como simples patios de recreo donde jugar a sus estúpidos juegos sangrientos. Ni Hurza ni Harex prestaban atención a sus argumentos.

Hasta que casi un siglo después de que el primer portal se abriera, la paciencia del Consejo Real por fin se agotó. La locura del rey de Rocavarancolia y del Señor de los Asesinos se había terminado convirtiendo, en su opinión, en un lastre para el reino. Y decidieron librarse de ellos de una vez por todas. Se planeó todo con sumo cuidado, conocían el poder de los dos hermanos y sabían que sólo dispondrían de una oportunidad para acabar con ellos.

Después de mucho esperar vieron su oportunidad cuando Hurza se decidió a preparar su grimorio. La elaboración de ese tipo de libros debilitaba notablemente al hechicero que lo realizaba, ya que durante el proceso debía ceder buena parte de su energía al libro. El mago no tardaba mucho en recuperar de nuevo poder, pero durante un corto lapso de tiempo era más vulnerable que de ordinario. Y fue entonces cuando el consejo en pleno de Rocavarancolia atacó al Señor de los Asesinos. Y a pesar de su extremada debilidad, Hurza fue capaz de matar a cuatro de los doce hechiceros antes de que terminaran con él. Mientras el consejo acababa con Hurza, Icaria envenenaba a Harex.

Cicatriz de Arax:
Eso que tenéis ante vosotros es la cicatriz de Arax, oyó de pronto Héctor en su mente. Hubo una gran batalla hace treinta años, continuó la voz. Fue la última, la que puso fin a nuestros sueños de conquista. Durante tres largos días se combatió por toda la ciudad. Calle por calle, casa por casa. Nos derrotaron, por supuesto, sin piedad alguna… Pero el final fue algo digno de presenciar. La materia con la que se construyen las leyendas.

El aire hervía con el aliento de los dragones y los proyectiles enemigos. El combate ya había llegado hasta las faldas de la montaña. Rocavarancolia ardía. Llamaradas de magia pura consumían nuestros hechizos. El empuje del enemigo era brutal. Cuando desde las torres del castillo vimos llegar a la vanguardia del ejército adversario, supimos que todo estaba perdido.

Fue entonces cuando Su Majestad Sardaurlar salió del castillo en su halcón negro, con su espada Arax en una mano y las riendas de su montura en la otra. Cargó solo. No quiso que nadie lo acompañara en aquella última embestida. El rey se lanzó sobre el grueso del ejército enemigo mientras las saetas, los hechizos y los conjuros iban mermando tanto la protección mágica como física de su coraza.

Dos dragones yeméis se abalanzaron sobre él. De un solo mandoble decapitó a uno y partió en dos al otro. Las flechas perforaban su armadura y los hechizos enemigos mordían su carne. Sardaurlar gritó, aunque no de dolor, fue un grito de desafío, de pura rabia. Otro dragón le arrancó de un bocado el ala a su halcón. Pero todo daba igual. El rey saltó sobre las huestes enemigas mientras su montura moribunda caía en espiral. Sabía que saltaba hacia la muerte, y no le importaba. Siempre fue muy dramático, ¿sabes? Sin embargo, no hubo nada heroico en su gesto, no te equivoques, el último ataque de Sardaurlar fue pura cobardía: no podía admitir ante sí mismo que lo habían derrotado y por eso acometió ese ataque suicida.

Lo mataron, por supuesto. Pero su objetivo no era sobrevivir, su objetivo era descargar un último golpe con Arax, su espada mágica. La grieta que contemplas la causó aquel mandoble. Sardaurlar murió, aunque se llevó con él a más de mil quinientos de nuestros enemigos. No fueron los suficientes para darnos una oportunidad de victoria, pero nos dio una leyenda que contar en las noches frías que siguieron a nuestra derrota…

La cicatriz de Arax cruza la ciudad de este a oeste, continuó explicándole la voz, y en ella se encuentran los restos de los que murieron en la batalla de Rocavarancolia. Es un monumento a nuestra gloria pasada, a las leyendas que perecieron aquel día, a lo que pudo haber sido y no fue. Aquí yacen todos nuestros muertos y buena parte de los del enemigo: fueron tantas sus bajas que no pudieron llevárselos a todos. Y aquí están también los huesos de los muchachos que os precedieron.

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Los gusanos de la cicatriz, le explicó la voz. Ciegos y sordos a todo excepto a los movimientos del río de cadáveres en el que habitan. Son como arañas a la espera de que alguna presa caiga en su tela.

Fundación de los Jardines de la Memoria:
La historia de Rocavarancolia los rodeaba, fragmentaria e incompleta. Cada acontecimiento histórico de relevancia había encontrado su hueco en los Jardines de la Memoria.


Historia de mundos vinculados varios:
—Conseguí esta espada en Nago —explicó Ujthan mientras empuñaba el arma ante ellos. Medía más de dos metros de larga y él la sostenía con una sola mano, con la misma facilidad con la que hubiera manejado un cubierto—. Es una de las armas míticas de ese mundo —continuó—. Su nombre es Glosada, la matamagos…
Era inusualmente ancha y alrededor de las runas el verde de la hoja cobraba un tono más brillante.

—En Nago hicieron una cruzada para terminar con todos los hechiceros de su mundo y ésta fue el arma más poderosa que forjaron para luchar contra ellos —dijo Ujthan—. Absorbe la magia de aquel a quien toca —les explicó—. Un simple arañazo basta para que el mago más poderoso quede seco, sin un ápice de energía en su cuerpo…

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Las sirenas de Rocavarancolia en poco se parecían a las del mundo vinculado de Trumaria, las únicas que Hurza había conocido hasta entonces. Aquéllas eran criaturas de una belleza inaudita, de cabellos largos y sedosos y colas plateadas. Harex y él habían hecho una rápida incursión a ese mundo en sus primeros años en Rocavarancolia. Allí habían asesinado a diecisiete hechiceros y robado el arpón sacro del palacio real, una magnífica arma de jade, encantada de tal manera que no había superficie que no pudiera atravesar ni blanco que fallara. Recordó el intenso placer que le recorrió al arrojar aquel arpón al foso de lava de Rocavaragálago, casi creyó escuchar el alarido que profería la magia al extinguirse.

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—Fue en la batalla de Ardid, en el reino de Faza, hace cuarenta años —dijo—. Allí me convertí en monstruo, aunque hacía tiempo que ya lo era de aspecto —se aupó en la tumba y se sentó en ella. El olor a musgo rodeó al instante a Héctor—. Me ordenaron arrasar una de las principales ciudades de ese mundo para demostrarles que su única salida era aceptar el dominio de Rocavarancolia. Sardaurlar no quería supervivientes. «Que no quede nada vivo. Que no quede nada en pie», me ordenó. Y yo cumplí.
No hubo piedad ni misericordia. Dirigí a las huestes de espantos a esa ciudad y la borré del mapa a sangre y fuego. Hicimos… hice cosas terribles.

—¿Disfrutaste, dama Desgarro? —le preguntó Esmael.
—¿Disfrutaste tú cuando Sardaurlar te ordenó volar al reino de Iin y asesinar a toda la familia real?
—Lo hice. Y mucho. Soy malvado, lo reconozco. Ahora contesta a mi pregunta.
—No, no disfruté —respondía a Esmael, pero era a Héctor a quien miraba—. En lo único que podía pensar era que toda aquella carnicería tendría un sentido si el resto de Faza se rendía sin luchar. No pensaba en la gente que estaba asesinando, pensaba en todos los que podía evitar que murieran masacrando a esos desdichados —dama Desgarro suspiró.
—Nunca serás un monstruo de verdad. Eres blanda. Blanda y llorona.
—Tu opinión me importa un bledo, Señor de los Asesinos. Y mis manos están tan manchadas de sangre como las tuyas. No lo olvides. Que yo no haya encontrado placer en derramarla no cambia lo que hice.
Esmael soltó una carcajada.

—¿Se rindieron o no? —preguntó Héctor mientras se sentaba junto a ella—. ¿Sirvió de algo?
Dama Desgarro negó con la cabeza.
—De nada. Recrudeció la resistencia todavía más. Esa ciudad se convirtió en un símbolo para ellos. Lucharon hasta el último aliento, hasta la última gota de sangre.

Hechizos míticos:
Llamada de la Reencarnación:
Había oído hablar de la Llamada de la Reencarnación; era un sortilegio mítico, uno de tantos hechizos que formaban parte de las leyendas. Según se contaba, se tomaba la esencia del espíritu y a partir de ella se reconstruía el cuerpo en el que una vez había morado para fundirlo después a él. Fuera como fuese, era un hechizo de los considerados perdidos. Nadie en siglos había sabido nada de él.

Resurrección Breve:
—Es uno de los hechizos menores del libro —le explicó el ángel negro, ignorando la furiosa mirada de la fantasma—. La Resurrección Breve, lo llaman. Y aun siendo un hechizo menor necesité buena parte de mi poder para realizarlo.
—También estoy al tanto de eso. La Resurrección Breve, sí… La necromancia de Hurza Comeojos puede resucitar por un corto lapso de tiempo a cualquiera siempre y cuando quede alguien cerca que lo recuerde con detalle.

Grimorio de Hurza Comeojos:
—Es un texto oscuro y sangriento —contestó finalmente—. Necromancia y magia negra tan
monstruosa que hasta a mí me espanta. Es el grimorio de Hurza Comeojos, el primer Señor de los Asesinos de Rocavarancolia y uno de los fundadores del reino.
—El grimorio de Hurza se perdió hace siglos.

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En aquel grimorio había dos protecciones en marcha, una impedía que cualquiera que no fuera un vampiro pudiera manejar el libro y otra, más antigua, ocultaba el texto a los ojos de todo aquel que no ocupara el cargo de Señor de los Asesinos de Rocavarancolia.

Andras Sula:

Permitidme ahora que os hable de otra criatura legendaria. No tuvo la relevancia de los anteriores en el devenir del reino, pero puedo aseguraros que es el dragón más célebre que se conoce: dejad que os hable de Andras Sula.

—Andras Sula, el dragón blanco. Su nombre, en un antiguo dialecto, significa: «el volcán que camina» —asintió con la cabeza mientras ordenaba sus pensamientos para proceder a contar la historia—. Antes de comenzar, he de poneros en antecedentes. ¿Habéis oído hablar de los destructores?

—He leído sobre ellos —frunció el ceño al hacer memoria—. Son una desviación que puede darse en cualquier raza de dragones, una mutación o algo por el estilo.
—Eso es —confirmó el dragonero—. Su aparición es un fenómeno muy raro, sólo uno de cada diez mil dragones se convierte en destructor. Son fáciles de identificar: de cachorros son extremadamente nerviosos, con cambios de humor constantes… y son capaces de generar fuego mucho antes que sus hermanos. Una vez se detecta un destructor, debe ser sacrificado sin demora. Las consecuencias pueden ser nefastas si alcanzan la edad adulta —señaló la hoguera que ardía entre ellos—. Es el fuego —anunció —, el fuego los vuelve locos…, la llama que arde en su interior es demasiado intensa como para que puedan soportarla, hace que les hierva la sangre y los convierte en bestias imprevisibles.

—Ocurrió en Querenia —comenzó—, un mundo vinculado hace más de mil años. No era un lugar demasiado llamativo, pero era idóneo para la cría de dragones: Querenia estaba infestada de volcanes y eso, como quizá sabéis, acelera su ciclo reproductor. Por eso vincularon a Rocavarancolia un mundo tan intrascendente como aquél. Se levantó un pequeño asentamiento cerca del vórtice y se trasladó allí un centenar de dragones de cría. Durante mucho tiempo todo funcionó a la perfección y cada pocos años una nueva remesa de dragones pasaba a engrosar las huestes del reino desde aquel mundo.

»Hasta que llegó Andras Sula. Es imposible saber a ciencia cierta cuáles fueron las circunstancias que facilitaron la aparición de aquel destructor. Quizá el culpable fuera un dragonero que cometió la locura de mantener con vida a una cría que debería haber matado. Puede que pensara que sería capaz de dominarla o tal vez pretendiera enriquecerse con ella; oh, sí, los hechiceros están dispuestos a pagar fortunas por los despojos de un destructor. Cuentan que su sangre, debidamente tratada, concede la vida eterna y que aquel que mira en sus ojos puede ver en ellos el futuro con la misma claridad con la que ve el presente con los suyos.

»La primera noticia de que algo ocurría en Querenia llegó a Rocavarancolia cuando la nueva hornada de dragones no atravesó el vórtice el día previsto. Se envió un emisario a través del portal para averiguar la razón del retraso, pero de él nunca más se supo. Fueron más precavidos en la segunda tentativa de establecer contacto, esta vez se mandaron varios enjambres de exploradores, las criaturas que los demiurgos usan para averiguar qué se esconde tras los nuevos vórtices que se abren en Rocavarancolia.
—Muy pocos exploradores regresaron, pero los que lo lograron trajeron consigo información suficiente para saber qué tipo de horror se había desencadenado en Querenia.

»Todos los dragones y dragoneros estaban muertos. Andras Sula los había matado. Sólo quedaban cenizas; hasta el mismo suelo se había licuado por la potencia de su llama. Y en medio de aquel caos estaba el destructor: un dragón blanco perlado, no mayor que un potro, un dragón que no podía tener más de unos meses de vida y que ya tenía fuego suficiente como para causar tal estrago.

»El destructor dividió al Consejo Real que por aquel entonces asesoraba a Su Majestad Jeremías, el inacabado. Unos argumentaban lo arriesgado que era mantener un vórtice abierto entre Rocavarancolia y aquella criatura y aconsejaban cerrarlo de inmediato, pero era una opinión tan minoritaria que ni se tuvo en cuenta. La mayor parte del consejo opinaba que debían intentar sacar provecho del dragón. Los demiurgos pretendían estudiarlo. Los nigromantes y hechiceros se decantaban, en cambio, por matarlo, unos para esclavizar su alma y otros para usar los restos en sus hechizos. Dama Aérea de la Espada Hambrienta se ofreció a cabalgar a través del portal y traer la cabeza de la bestia para colgarla en el salón del trono. Un piromante afirmó que sería un sacrilegio matar a una criatura tan perfecta y aseguró que él sería capaz de domarla y ponerla al servicio del reino.

»La única decisión que tomó Jeremías fue la de mantener el vórtice abierto. «Si alguien quiere la cabeza del dragón que cruce el portal y la traiga», señaló. «Si alguien quiere su alma que vaya él mismo a buscarla». Como única medida de precaución se dispuso un hechizo en el vórtice que impedía atravesarlo desde Querenia si antes no se había estado en Rocavarancolia; así, ocurriera lo que ocurriera, Andras Sula nunca sería capaz de entrar en nuestro mundo.

»Fueron muchos los que cruzaron el portal en aquellos primeros días: magos, piromantes, brujos y guerreros… Todos movidos por el ansia de gloria, todos deseosos de doblegar a la bestia para convertirse en leyenda. Pero lo único que encontraron fue la muerte. Sólo las criaturas ideadas por los demiurgos para estudiarla lograban sobrevivir y únicamente porque las mandaban en tal número que siempre lograba regresar alguna con vida.
»Nada podía contra el dragón blanco. Del mismo modo que no puedes derribar el cielo o partir en dos en sol, así de imposible era vencer a Andras Sula.

»Los escritos cuentan que era magnífico, hermoso como sólo lo que es capaz de matarte puede serlo. Se bañaba en el interior de los volcanes y se alimentaba de magma. No dormía jamás y el fuego que brotaba de su garganta era de un blanco tan puro como el de sus escamas. Con el paso del tiempo creció hasta superar con creces a cualquier otro dragón conocido. Y el planeta, como no podía ser de otro modo, comenzó a notar su influencia. El cielo de Querenia no tardó en arder envuelto en llamaradas blancas, la fuerza de su aliento colapsaba las montañas y secaba los mares. Andras Sula pronto dejó de ser un dragón para convertirse en una fuerza de la naturaleza, en un dios destructor con poder suficiente para cambiar la faz del mundo.

»Los reyes de Rocavarancolia se sucedieron uno tras otro y el portal a Querenia se mantuvo abierto. Hubo monarcas que ignoraron por completo la presencia de aquella bestia, otros, en cambio, intentaron aprovecharse de ella. No fueron pocos los que se libraron de prisioneros y enemigos arrojándolos a través del vórtice. Su Majestad Balente, por ejemplo, hizo entrar en aquel portal a todos los habitantes de Estraz, una ciudad fortificada de otro mundo cuya resistencia a la conquista había sido épica. Y aunque parezca imposible, de cuando en cuando todavía alguien se creía lo bastante poderoso o afortunado como para intentar acabar con Andras Sula. Ni uno solo regresó con vida.

»Y llegamos a los tiempos de Orestes, el loco. Ha pasado a la historia por su sentido del humor, retorcido y cruel, y por su afición desmedida a los juegos sangrientos.
Fue él quien mandó construir el anfiteatro de Rocavarancolia. Para su divertimento se enfrentaban en la arena los monstruos y guerreros más despiadados. Orestes gustaba de hacer todo tipo de apuestas, a cada cual más estrafalaria, mientras asistía a los combates: a un guerrero aldarkense le prometió un mundo vinculado entero si derrotaba a doce colosos de Arfes; a un hechicero le entregó en trofeo la calavera del cíclope Leviatán por acabar con una cohorte de muertos revividos.

»Una tarde llevó su locura al límite, después de asistir a un espectáculo particularmente sangriento prometió el trono de Rocavarancolia al único superviviente de la masacre, un brujo guerrero curtido en mil combates; sólo puso una condición para que pudiera reclamar el premio: debía entrar en Querenia y regresar con vida. Todos pensaban que el brujo no aceptaría el reto, pero, para sorpresa de todos, aceptó.

Dijo que había llegado su hora, su momento de gloria, que nunca tendría una oportunidad semejante y que bien merecía la pena jugarse la vida por ella. El brujo descansó esa noche y al día siguiente atravesó el vórtice a Querenia. Se estipuló que debería permanecer allí media jornada para tener derecho a reclamar lo prometido.
«Transcurrido ese tiempo, el brujo regresó. Oh, ni que decir tiene que no llegó a ser rey. Orestes le cedió la corona, sí… y acto seguido le obligó a sentarse en el Trono Sagrado que, ignorante de promesas, lo despedazó. Pero eso no cambiaba el hecho de que el brujo había regresado con vida. Pronto quedó claro el motivo:

»Ya no había mundo al otro lado del vórtice. El portal se abría a un campo de asteroides donde el brujo había sobrevivido gracias a su magia. El vacío del espacio resultó un enemigo más benévolo que la fiera con la que se hubiera topado en Querenia. Pero Andras Sula ya no estaba, y era evidente que había sido él quien había reducido el planeta a piedra y polvo. El dragón blanco había acabado con el mundo que lo vio nacer.

»Y es probable que eso también causara su final, sí, es posible que Andras Sula sucumbiera a su propio poder y muriera con Querenia. Pero hay quien dice que no sucedió así y que la destrucción de aquel mundo simplemente liberó al dragón. Cuentan que Andras Sula, majestuoso y eterno, vuela todavía en el vacío sideral, consumiendo todas y cada una de las estrellas que salen a su paso. Hay quien asegura que será él quien provoque el fin de la creación: irá apagando sol tras sol y devorando planeta tras planeta hasta que no quede nada más que fuego y oscuridad. Sólo entonces, Andras Sula quedará satisfecho, sólo entonces se detendrá y, según profetizan, será tal su satisfacción que estallará de puro gozo. Y la explosión que lo destruya será tan salvaje que de ella nacerá un nuevo universo.

»Así todo acabará en Andras Sula y todo volverá a comenzar con él.


Funcionamiento de la cosecha y criba
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Rocavarancolia como encrucijada de dimensiones:

Ya sabéis que Rocavarancolia es terreno propicio de encrucijadas entre dimensiones, aquí el tejido de la realidad es frágil y maleable y es relativamente fácil que se rompa. Hurza y Harex, los fundadores de la ciudad, se aprovecharon de eso para abrir vórtices que comunicaran este mundo con otros, y Denéstor Tul utilizó esa misma característica para entrar en la Tierra y traernos aquí.
Cosechas antiguas:

Número de candidatos:
—Hubo un tiempo en que la cosecha significaba algo… Cientos de jóvenes se apiñaban en las plazas y en las calles de la ciudad, ansiosos por comenzar el largo camino que los conduciría a la gloria o a la muerte. Cientos os digo… Valientes y dispuestos a todo.

Diferencias con las actuales:
Eran otros tiempos… Y aunque te cueste imaginarlo, Rocavarancolia era aún más peligrosa que ahora. Los cosechados no sólo teníamos que enfrentarnos con una ciudad hostil, también teníamos que vérnoslas con sus habitantes. Muchos no podían contenerse y olvidaban la ley de no interferir para satisfacer sus apetitos con nosotros. Su hambre, su lujuria, sus ansias de hacer daño… —señaló hacia el oeste—. Yo pasé mi tiempo de criba en el torreón Auralar, la mayor de las torres de acogida. Ahora no queda nada de ella. Éramos ciento veinte y la mitad no sobrevivió al primer mes. Vi morir a muchos de ellos. A muchos. Y eso te cambia casi tanto como la Luna Roja… —Héctor asintió despacio. No podía estar más de acuerdo—. Para cuando salió la luna apenas continuábamos treinta con vida.

Diferencias entre la post-Luna antigua y la actual:
—El Consejo Real… —murmuró Andras. Luego se giró hacia ellos—. ¿Qué van a hacer con nosotros? —quiso saber—. ¿Qué va a ocurrir ahora?
—¿Ocurrir? —preguntó Ara—. No os comprendo, mi señor.
—Sí. La Luna Roja ya ha salido. ¿Qué se supone que pasa a continuación? ¿Nos van a tener vagando por la ciudad hasta que se harten? ¿Qué va a ser de nosotros?
—Yo… —Ara desvió la mirada hacia Valga Melquíades, confusa. El dragonero asintió y recogió la pregunta.

—No sé la respuesta —anunció de entrada y al ver la mueca del piromante alzó una mano en un intento de refrenar su lengua. Para su sorpresa lo consiguió—. Y no la sé porque los tiempos que vivimos son nuevos para todos. Es la primera cosecha que llega a buen puerto en treinta años y esta Rocavarancolia no tiene nada que ver con la de antes de la guerra. Pero puedo explicaros qué pasaba en aquel entonces…

»En los días siguientes a la salida de la Luna Roja, el Consejo Real se reunía para decidir el destino de los cosechados. Su tarea consistía en encontrarles el mejor acomodo posible dentro del engranaje del reino, dar con el puesto idóneo para cada uno de ellos. Los distintos gremios y torres intentaban por todos los medios interferir en su decisión; todos querían contar con la bruja o el mago más poderoso de la cosecha en sus filas… A veces la rivalidad era tan enconada que asesinaban a cosechados sólo por no verlos en algún gremio que no fuera el propio.

»Mientras el consejo decidía su destino, los nuevos habitantes de Rocavarancolia intentaban
familiarizarse con sus transformaciones. Unos pocos eran apadrinados por bendecidos de cosechas anteriores, pero a la mayoría no le quedaba más remedio que bregar en solitario con su cambio. Era rara la cosecha en la que un muchacho no moría consumido por su poder, o en la que antiguos amigos no se asesinaban entre ellos, enloquecidos por sus nuevos apetitos…
—Yo no me consumiré —aseguró Andras Sula—. Ni dejaré que me maten.

—No he insinuado eso en ningún momento —replicó Valga—. Sólo respondo a vuestras preguntas. Nada más. Queríais saber que ocurre tras la salida de la Luna Roja y eso os estoy contando —tomó aliento antes de continuar—: Ahora es el tiempo del acomodo. La hora de los ritos de paso. Y muchos cosechados cometían el error de creer que lo peor ya había pasado. No es así. Tras la salida de la Luna Roja las posibilidades de morir se multiplican. Ya no existe la ley de no interferencia, por ejemplo, y cualquiera puede asesinar a un cosechado por el motivo más nimio o por simple capricho. Los piromantes, por ejemplo, eran presas codiciadas en otros tiempos… Sus órganos internos, igual que los de los dragones, son el ingrediente fundamental de potentes hechizos de magia roja, y había hechiceros que no reparaban en medios para hacerse con ellos.
Cambio de nombre:
—¡Oh! ¿Todavía usáis vuestros antiguos nombres? ¡Qué gracioso dislate! —la cabeza se echó a reír. No era un sonido agradable; si su voz reverberaba, su risa producía un repugnante burbujeo—. Os ruego me disculpéis —dijo cuando logró controlarse—. Se me presentan tan pocas oportunidades de reír en estos tiempos que procuro aprovecharlas. —Su gesto se suavizó—. Pero ahora que me paro a pensarlo es comprensible lo poco al tanto que estáis de los ritos y tradiciones del reino. En mi época sabíamos más de Rocavarancolia que vosotros, era natural dadas las circunstancias…
Alastor Borodín suspiró y un hilillo de una sustancia grumosa resbaló por la comisura de sus labios. Dama Moreda se apresuró a limpiarle la cara con un sucio pañuelo. Alastor la dejó hacer mientras componía un gesto de distraída altivez, luego continuó hablando:
—Recuerdo que estábamos tan ansiosos por elegir nuestros nombres que muchos sabíamos cuáles iban a ser semanas antes de que saliera la Luna Roja —bajó la voz, como si estuviera a punto de compartir una confidencia particularmente maravillosa con ellos—: Hacedme caso: id cuanto antes a la Senda de la Perdición: es esa pequeña callejuela curva cerca de la Iglesia de los Descreídos. Allí se encuentra la única Capilla de los Nombres que quedó en pie tras la guerra. Dentro encontraréis consignados los nombres de los más ilustres varones y damas de Rocavarancolia. Estoy seguro de que encontraréis entre ellos alguno que os convenga. Creedme: os sentiréis mejor cuando lo hagáis.
Salida de los torreones:
—Lo tradicional es que la cosecha abandone las torres de acogida cuando sale la Luna Roja —le explicó. Aquella tarde también había tenido tiempo de familiarizarse un poco con las costumbres de Rocavarancolia. Uno de los libros que había encontrado hablaba largo y tendido sobre las cosechas—. Es algo simbólico. Abandonas las torres para empezar a formar parte real de la ciudad.

2Recopilación de lore Empty Re: Recopilación de lore el 11/04/18, 01:33 pm

Rocavarancolia Rol

Rocavarancolia Rol
Costumbres y elementos rocavarancoleses
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Grimorios:
El vampiro tomó el libro de Hurza entre sus manos. En sus ojos rojos brillaban torbellinos de sangre turbia. Abrió el libro con afectación, sabedor de la importancia que había cobrado para Esmael. Se permitió una sonrisa mientras mostraba las páginas una a una al ángel negro. Éste apoyó una mano en la espalda de Enoch. Para acceder al poder encerrado en el libro, debía estar en contacto físico con el vampiro, y eso hacía la situación aún más desagradable.

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Nadie podía lanzar un sortilegio escrito en un grimorio sin leerlo del propio libro; no había modo de copiarlos ni mente alguna capaz de memorizarlos.

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Los grimorios no eran simples compendios mágicos. Sus creadores depositaban en sus páginas buena parte de su propia esencia. Cuando se ejecutaba un hechizo de un grimorio no sólo se estaba usando el conocimiento del mago, se hacía uso del propio poder de aquel hechicero. De ahí que fueran objetos tan codiciados.

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Después de mucho esperar vieron su oportunidad cuando Hurza se decidió a preparar su grimorio. La elaboración de ese tipo de libros debilitaba notablemente al hechicero que lo realizaba, ya que durante el proceso debía ceder buena parte de su energía al libro. El mago no tardaba mucho en recuperar de nuevo poder, pero durante un corto lapso de tiempo era más vulnerable que de ordinario.

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Estaba bastante familiarizado ya con el proceso de elaboración de grimorios. De igual modo que los demiurgos recuperaban de forma natural la esencia que usaban para dar vida a sus creaciones, los hechiceros regeneraban la energía mágica de la que se servían para confeccionar sus libros de magia

Edificios de la Antigua Rocavarancolia:
«Echo de menos los tiempos en que Rocavarancolia era grande y temible —podía decir—. Los tiempos en que la ciudad era bella y caminar por las calles era un placer, un deleite; cuando no sabías qué maravilla o qué milagro ibas a encontrar al doblar la esquina. Echo de menos la sombra cantarina de la torre Insólita, derruida por los gigantes bárbaros del mundo de Kalamadara. Echo de menos las canciones de los bardos en la plaza de la Quijada del Demonio, el fulgor de los vórtices abiertos centelleando en el crepúsculo, el recio batir de las alas de los dragones en las torres dragoneras y sus bramidos furiosos a medio sueño…

Antiguo ritual de paso post-Luna:
Recuerdo el día en que los cambiantes elegimos nuestros nombres… Nos reunimos ante Rocavaragálago y arrojamos a la lava hasta la última de nuestras pertenencias. Nos quedamos desnudos ante la catedral y renegamos de nuestros nombres.

Acceso a la regencia:
Por tradición sólo había dos candidatos posibles para ocupar el puesto de regente: el comandante de los ejércitos del reino y el Señor de los Asesinos, cargo que ostentaba Esmael, el ángel negro, desde hacía cuarenta años.

Panteón Real:
El Panteón Real era terreno sagrado y hasta él debía guardar las formas allí. En aquel mausoleo yacían la mayor parte de los reyes de Rocavarancolia, junto a todos los que, por sus servicios al reino, se habían ganado el alto honor de acompañarlos. Los monarcas estaban sepultados en tumbas majestuosas, adornadas con estatuas sedentes que los representaban con tal fidelidad que era como si hubiesen cobrado vida y se hubieran detenido a descansar en las cabeceras de sus propias lápidas. El resto de difuntos del panteón descansaba en grandes nichos en las paredes, cada uno con su correspondiente placa donde, junto a su nombre, se daba cuenta de sus principales hazañas.

El ángel negro también tenía reservado un lugar entre aquellos muros, aunque, por supuesto, no le corría prisa alguna el ocuparlo. Y además albergaba la esperanza de que a su muerte no fuera un simple nicho mortuorio lo que le aguardara allí, por magníficos que éstos fuesen. Su intención era ganarse el privilegio de descansar en la tumba de un rey, con su propia estatua velando su sueño.

Las Uncidas:
—El mar de Delirio estaba encantado —dijo Marina—. Las corrientes submarinas discurrían por diferentes dimensiones, por diferentes tierras… En Delirio acababan todos los barcos que se extraviaban en esos otros mundos.
Las corrientes a las que se refería habían sido las famosas Uncidas, y habían circulado por más de veinte mundos, extraviando cientos de navíos a lo largo de los siglos.

Representaciones de la Luna Roja en la ciudad:
Aquel astro se había convertido en una obsesión para ellos. Si ver avanzar día a día la estrella de diez puntas rumbo al punto rojo de la esfera no les producía bastante ansiedad, a lo largo de sus idas y venidas por Rocavarancolia no habían hecho otra cosa que toparse con representaciones de esa luna. La encontraban en grabados y tapices, en escudos de armas, bordada en las alfombras… La Luna Roja estaba en todas partes. Un cuadro en particular en una mansión semiderruida le había puesto los pelos de punta a Héctor; en él se apreciaba una multitud de criaturas extrañas postradas en terreno yermo, adorando a la inmensa luna escarlata que se alzaba sobre una ciudad que sólo podía ser Rocavarancolia.

Subterráneos:
Cientos de aberraciones se daban cita en las entrañas de la ciudad, algunas tan desconocidas para él como la fauna alienígena que podía poblar el planeta más lejano. Allí merodeaban los cadáveres pálidos que se alimentaban del tuétano de sus víctimas; los espectros errantes a la caza siempre de cuerpos que poseer… En las profundidades de Rocavarancolia todavía era posible encontrar a los descendientes de los seres humanos a los que Eradianalavela había injertado almas de bestias; o a los vampiros de Rádix, capaces de succionar la sangre, las vísceras y los huesos de sus víctimas con sólo tocarlas; y a criaturas aún más terroríficas que aquéllas. Y los peligros no se reducían sólo a monstruos: bajo la ciudad había escapes de magia asesina, turbulentas nubes de humo venenoso procedentes de la combustión de residuos mágicos… Descender a las entrañas de Rocavarancolia era buscar una muerte segura.

Pócima de la Resurrección Acusadora:
—Yo le di de beber a Belisario la ponzoña de la resurrección acusadora —dijo el alquimista invisible. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta por el modo en que sujetaba su copa y arrastraba las palabras que estaba borracho—. Si todo hubiera salido bien, el cadáver debería haber gritado siete veces el nombre de su asesino…

Restricciones de los arácnidos en la Rocavarancolia posterior a su reinado:
Hacía décadas que el alquimista no lograba que funcionara ni una sola de sus pociones. Junto con su visibilidad había perdido el toque de genio que lo había convertido en primer alquimista del reino. Esa tarea recaía ahora en dama Araña, aunque ella no pudiera ostentar oficialmente el cargo. Tras el sangriento dominio de los reyes arácnidos, aquellos seres tenían prohibido acceder a cargos relevantes en Rocavarancolia, de hecho su papel no dejaba de ser el de meros lacayos.

Joyas de la Iguana:
—Necesitaría las joyas de la Iguana… —murmuró dama Serena. Las joyas reales que en aquel momento estaban en poder del regente y de las que sólo él, en su calidad de dirigente del reino, podía servirse.

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De pronto se percató de que las joyas de la Iguana estaban vibrando. Las cuarenta piezas que las formaban zumbaban en contacto con su carne: los anillos, pendientes, talismanes y collares habían vuelto a la vida. Era la primera vez desde que era su portador que eso sucedía, pero conocía muy bien lo que significaba: en las cercanías alguien invocaba ingentes cantidades de magia.

«Quieren salir a jugar», decía siempre Sardaurlar al sentir el vibrar de las joyas. Y ahora comprendía el porqué de las palabras del monarca. Las joyas de la Iguana parecían tirar de él, como si le exigieran participar en lo que fuera que estuviera sucediendo. La magia llamaba a la magia.

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Hurza conocía bien la historia de aquellas joyas. A lo largo de los siglos, Rocavarancolia había ido haciéndose con los objetos mágicos más importantes y codiciados de los mundos que vinculaba; a veces los conseguía mediante el robo, en ocasiones por derecho de conquista, otras como tributo... En poco tiempo el arsenal mágico del reino no tuvo parangón posible con los de cualquier otro mundo. Fue durante el reinado de dama Iguana cuando se decidió vincular a perpetuidad los objetos más poderosos a la figura del soberano. Se tardaron años en hechizar la treintena de piezas que las formaban por aquel entonces.

Manzanas de Arfes:
—Manzanas de Arfes. Han apostado diez piezas cada uno.
La fantasma sonrió. Hacía treinta años que se habían cerrado las puertas que unían Rocavarancolia con el rico mundo de Arfes, única fuente de aquellas frutas, y desde entonces el valor de las manzanas que aún quedaban en el reino se había multiplicado enormemente. Eran pocos los manjares que podían competir en exquisitez con ellas y, además, contaban con la característica singular de no marchitarse nunca. Daba igual si transcurrían siglos desde el momento en que eran recolectadas hasta que alguien las comía, su sabor permanecía inalterable, idéntico al que tenían en el momento de ser recogidas del árbol.

"Programa de beneficencia" del Consejo:
Dama Moreda, ayudada por Alastor, siempre había sido capaz de procurarse alimento, pero en los últimos tiempos su deterioro se había hecho tan evidente que el Consejo Real había decidido aprovisionarla desde el castillo, como se hacía con tantos otros habitantes de Rocavarancolia.

Criaturas sobrenaturales:
En Rocavarancolia había tal cantidad de entidades que no contaban con un cuerpo físico real o que sólo podían ser vistas en determinadas circunstancias o por ciertas personas que resultaba difícil saber cuáles eran las que veía ella. Ni siquiera él estaba seguro de conocerlas todas. A los centenares de fantasmas de Rocavarancolia, la mayoría a buen recaudo en la habitación infinita del castillo, se les unían las criaturas espectrales que habitaban entre dimensiones, los terrores informes surgidos de hechizos defectuosos, los fantasmas de los fantasmas muertos… Y tantas y tantas otras…

Habitación Infinita:
La habitación infinita estaba contenida en una diminuta esmeralda engastada en un muro de la torre central. Dama Serena vagaba por ella con caminar lento y fatigoso. Por mucho que avanzara, jamás encontraría el final de aquella estancia. Los muros y el techo de la misma se perdían entre brumas grisáceas, mientras en el suelo se retorcían remolinos de niebla espesa. Mirara donde mirara, dama Serena sólo veía fantasmas. Había quien aseguraba que la misma habitación era un espectro, el espíritu de una ciudad arrasada por las huestes de Rocavarancolia. La habitación había sido construida hacía más de quinientos años, cuando resultó evidente que la proliferación de espíritus en el reino se había convertido en un serio problema; era tal su número, que resultaba imposible dar dos pasos sin toparse con algún espectro doliente o con algún fenómeno paranormal provocado por ellos. Por eso se construyó la esmeralda, para mantener encerrados allí a la mayor cantidad posible de espíritus. La estancia los atraía como la luz a los insectos y, una vez dentro, la mayoría no podía abandonarla jamás; sólo unos pocos privilegiados eran capaces de resistirse al embrujo de la esmeralda y vagar a su antojo por Rocavarancolia.

Trono Real:
Lo primero que vio fue que las telarañas que habían cubierto el Trono Sagrado durante años se habían venido abajo. Ahora, por primera vez en lustros, el asiento real quedaba a la vista. Y siendo grandioso como era, se veía empequeñecido por el entramado de tentáculos que surgían de sus brazos y su cabecera. Eran unos seudópodos metálicos, de casi metro y medio de largo cada uno, que daban al trono un vago aspecto de disparatada y amenazadora estrella de mar. Aquellos tentáculos despedazarían a cualquiera que se sentara en el trono sin ser el legítimo soberano de Rocavarancolia. A lo largo de la historia del reino, muchos habían muerto despedazados bajo su abrazo. Unos al intentar demostrar que ellos eran los que debían portar la corona y otros forzados a hacerlo.

Dragones:
Soy dragonero, como lo fue mi padre y el suyo antes que él. Los dragones han sido siempre mi vida. Y el enemigo nos los arrebató, los dioses los maldigan.
—¿Qué diablos es un dragonero? —preguntó el chico—. ¿Montabas en dragón o algo así?
Valga Melquíades notó cómo la sangre le subía a las mejillas. Negó con la cabeza. Sólo en sus sueños se había permitido imaginar que volaba en dragón.
—Nunca… nunca hubiera osado… —señaló—. Los dragoneros nos encargábamos de cuidarlos, sólo eso. Los manteníamos limpios y bien alimentados, con sus arneses siempre dispuestos. Sólo los bendecidos por la luna pueden cabalgar dragones. Yo, pobre de mí, sólo apaleaba sus excrementos y abrillantaba sus escamas. No hay criatura más maravillosa que un dragón. Ninguna. Ni los leviatanes de Ur pueden comparárseles… Ni siquiera los majestuosos unicornios de Alsabara.

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—Sólo la magia sanadora de alto nivel es capaz de curar a un dragón —dijo Valga—. Pero no hay por qué preocuparse. Acabará sanando por sí solo. Tardará tiempo, pero sus heridas se curarán.

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—No, no. Escucha: se sabe que un mago de Yeméi convirtió en cristal a Belaicadelarán, el mayor de todos los dragones de su mundo… —le explicó—. El animal estuvo así más de quinientos años, hasta que otro hechicero decidió resucitarlo para que luchara en no sé qué guerra… Fue un hechizo complicado y le exigió muchísimo esfuerzo, pero al final lo consiguió: trajo de vuelta al dragón.

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—Muchos os dirán que un piromante no es más que un dragón con forma humana —dijo en un murmullo cuando dejó de toser—. Pero está bien —concedió—, hablemos de dragones… —tomó aliento mientras contemplaba a la inmensa bestia dormida en busca de inspiración. No tardó en hallarla—: Ya os hablé de Balderlalosa, el coloso negro, el primer dragón vampiro; y de Godar Lenta, el Aliento del Mundo y la Devastación del Cielo. Bestias de leyenda que forman parte de la historia de Rocavarancolia.

Hombres bestia:
—Hombres bestia —anunció Esmael con repugnancia—. Pueden parecer humanos, pero no te engañes: son alimañas. Son los descendientes de los esclavos a los que Eradianavela introdujo almas animales hace dos siglos. Su meta era crear especies híbridas, pero no al modo de los genemagos, que mezclan partes de diferentes seres para obtener criaturas nuevas ni, por supuesto, a la manera natural en que los crea la Luna Roja. Lo que pretendía era intercambiar el espíritu de unas especies con otras, soñaba con crear gigantes con alma de dragón, quimeras con la inteligencia de los altos hechiceros…; era un visionario, y como la mayoría de los visionarios fracasó. Los esclavos enloquecieron, lo asesinaron y durante días sembraron el caos por toda la ciudad. Dieron caza a la mayoría, pero unos cuantos lograron refugiarse bajo tierra.

Libros:
Catálogo de armas:
Héctor abrió uno de los libros. Era un grueso volumen de tapas oscuras, adornadas con el dibujo de dos espadas entrecruzadas. El olor a polvo y abandono de las páginas apergaminadas le hizo arrugar la nariz. En cada hoja venía dibujada un arma, rodeada por completo de anotaciones en un lenguaje extraño. Al menos Héctor supuso que era un lenguaje; las palabras que lo formaban parecían más una procesión de insectos que palabras de verdad.
—¿Un catálogo de armas? —preguntó Natalia.

Tratado-resumen de magia arácnida:
Se aproximó al libro de magia que Bruno había dejado en la silla. No era un auténtico grimorio, por supuesto; nadie se hubiera arriesgado a dejar un objeto de tal poder al alcance de la cosecha. El libro que Bruno había encontrado en la biblioteca no era más que un tratado sobre la evolución de las artes mágicas durante el reinado de los reyes arácnidos. En él venían recogidos, a modo de ejemplos, varios hechizos. En concreto el que Bruno había realizado era un sortilegio de invocación de lacayos grotescos.

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El dolor que producían las puertas malditas era célebre. Después de una larga agonía el cuerpo se derrumbaba, devorado por la magia temible de aquel hechizo mortal. Nada ni nadie podría salvar ya a Alexander, absolutamente nada. Mistral resopló. El único modo de ayudar a Alexander era matándolo. Una muerte rápida sería un regalo de los dioses en comparación con la agonía que le esperaba. Pero no podía aconsejarles eso, no sin delatarse al menos, no sin dejar entrever que conocía ese hechizo.

—Está en el libro —murmuró de pronto Bruno. Lo alzó abierto ante el grupo—. El hechizo está en el libro.
Esta vez Héctor sí se acercó a mirar. El dibujo que Bruno señalaba ocupaba toda una página del
grueso volumen, con una esquina rasgada. En él se veía una gran arcada de piedra y en mitad de la misma, flotando en el centro de una maraña de chispas idénticas a las que rodeaban a Alexander, se retorcía una criatura horrible, mitad ser humano, mitad simio. La perspectiva del dibujo mostraba la arcada desde el interior del edificio y en la cara interna de la mampostería se podían ver una serie de grabados tan mezclados unos con otros que resultaba difícil distinguir la forma de cada uno.

—¿Viene cómo pararlo? —preguntó Marina. Madeleine miró esperanzada al italiano.
Bruno negó con la cabeza.
—No lo creo. El único texto que acompaña el dibujo es demasiado breve como para explicar nada. Y las ilustraciones de las páginas inmediatamente anterior y posterior no parecen guardar relación con ese hechizo.
Mistral no necesitaba verlas para saber eso. Esa sección del libro se limitaba a recoger una serie de ilustraciones de los hechizos más importantes creados en tiempos de los reyes arácnidos. Y los sellos malditos eran uno de ellos. Allí no había nada que pudiera salvar a Alexander, pero confiaba en que gracias al dibujo Bruno dedujera cómo desactivar el hechizo de la puerta.

Libros varios de magia:
Era uno de los primeros libros de magia que Bruno había conseguido. Llevaba por título Magia negra, roja y ámbar: La esencia del caos.
Héctor lo tomó entre sus manos y lo abrió al azar. Eran hechizos de combate, agresivos en su mayoría; Bruno había garabateado notas junto a buena parte de ellos. En muchos casos se reducían a una fecha en el encabezado: el día en que el italiano había dominado el sortilegio. Héctor se guio por esas anotaciones para buscar los más sencillos, considerando que debían de ser los que Bruno había aprendido primero.

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A los pies del asiento descubrió uno de los libros de magia que estaba estudiando: Magia perdida y magia encontrada.

Historiografía Ilustrada, de Blatto Zenzé:
Los cartuchos contenían una copia de Historiografía ilustrada, del guerrero, poeta, historiador y pintor Blatto Zenzé. Era bastante antigua, pero eso poco importaba. En esos pergaminos se recogía buena parte del origen de Rocavarancolia, así como sus tradiciones, leyendas y singularidades más reseñables. Y como no podía ser de otro modo, entre ellas se consignaba la más importante: la Luna Roja.

Volúmenes varios de la Torre Serpentaria:
Examinó los títulos, con una avidez bien distinta a la frialdad con que estudiaba los libros en la biblioteca de su abuelo. Los cien reyes de Rocavarancolia. Dama Korma: Grimorio y Testamento. Ingeniería demiúrgica. El tejido del universo: uso y destrucción. Cada vez que leía un título sentía una intensa emoción, como si acabara de descubrir un nuevo idioma, una nueva lengua que a punto estaba de abrirle las puertas de un mundo hasta entonces prohibido. La salamandra correteaba sobre los lomos de los libros, dando su visto bueno a la magia contenida en ellos.

Sedalar guardó el báculo y comenzó a sacar volúmenes del estante. Su peso entre las manos les confería una realidad aplastante. Los fue llevando a la mesa de estudio. Transformación y transmigración. Nuestra Señora la Luna Roja. Nigromancia y Necromancia, el arte de tratar con muertos.

Abrió uno al azar, incapaz de resistir por más tiempo la tentación. Leyó el primer párrafo en que se posaron sus ojos:
«Si tomamos en su verdadera medida los hechos acontecidos en la villa de Rábana podemos afirmar que lo que unos consideraron matanza no fue más que un ejercicio artístico extremo; la forma en la que el poeta descuartizó a esa familia no puede, de ninguna manera, ser tachada de atrocidad, sino de poesía. Val no era un asesino, era un artista».
Sedalar hizo una mueca y saltó a otro volumen.

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Cerró el libro y, ansioso, saltó sobre otro, un tratado sobre magia nivea.

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«La premisa básica del demiurgo, el único mandamiento que debe seguir es sencillo en planteamiento y difícil en ejecución: si eres capaz de concebirlo, debes ser capaz de crearlo. El único límite del buen demiurgo debe ser su imaginación. Si puedes idearlo pero no llevarlo a cabo, no eres demiurgo: eres titiritero».
Sedalar acarició el libro que tenía ante él, Ingeniería demiúrgica. Era un grueso volumen, repleto de consejos, diseños y biografías de los más renombrados demiurgos. Aquel libro podía resolver la mayor parte de sus dudas sobre su propia naturaleza.

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«La Luna Roja nos hace grandes», leyó a continuación en un libro titulado Al filo de la luna, «la Luna Roja nos convierte, nos transforma, pero nunca debemos olvidar que las criaturas espléndidas que emergen bajo su luz seguimos siendo nosotros mismos, los que siempre hemos sido, pero sin cadenas ni restricciones, puros y libres. La Luna Roja nos muestra lo que había estado oculto, nos saca de las tinieblas: nos despierta».

Compendios de Valcoburdo:
En los compendios de Valcoburdo aparece un listado exhaustivo de los grimorios conocidos y sus sortilegios, y a buen seguro que el libro del Comeojos estará entre ellos.

Atlas de Rocavarancolia y algunos mundos vinculados:
Tomó el segundo libro y lo abrió sobre la mesa. La encuadernación, sin marcas ni dibujo alguno, crujió.
—Es una especie de atlas, pero no de países ni continentes… Son planetas enteros.
El grueso volumen se dividía en capítulos de ocho páginas, cada uno de ellos, como bien había dicho Marina, dedicado a un mundo diferente.
Las dos primeras páginas de cada capítulo las ocupaba un mapa general del planeta en cuestión; una representación burda de sus continentes y sus mares, repleta de anotaciones. En las tres siguientes se podían ver tablas y más tablas de texto incomprensible. A continuación aparecía un segundo mapa: el plano de una ciudad esta vez; quizá la más importante o la más representativa de ese mundo, y, para terminar, las dos últimas páginas venían ilustradas con grabados de sus habitantes. En la mayor parte de los casos se trataba de seres idénticos al hombre o con diferencias mínimas, pero en otros no se asemejaban en nada a ellos. En un mundo atestado de bosques y selvas habitaba una raza de humanoides de largas extremidades y orejas en punta; en otro en el que apenas se veía tierra firme, la especie dominante era un pueblo de sirénidos de color verdoso; su ciudad parecía excavada alrededor de arrecifes sumergidos y selvas de algas y coral. Había tierras pobladas de centauros y unicornios, planetas enteros infestados de reptiles y criaturas draconianas, mundos de minúsculas criaturas aladas que vivían en palacios de madera y pétalos…
—Nuestras leyendas —murmuró Bruno. Había dejado sobre la silla el libro que le había tenido tan ensimismado y ahora contemplaba el atlas con la misma expresión vacua de siempre—. Aquí están recogidos muchos de los mitos y leyendas de nuestro planeta. Sirenas, duendes, hadas…
La Tierra también se encontraba allí, en el centro exacto del libro, aunque el mapa que la representaba daba la impresión de ser bastante antiguo. Bruno señaló algunos lugares mientras Ricardo estudiaba las anotaciones escritas junto a ellos, como si intentara distinguir los nombres de esas ciudades en aquellos extraños caracteres. Allí estaban Roma, Londres, Moscú, Berlín, Praga… Los grabados que aparecían en las últimas páginas dedicadas a la Tierra mostraban así mismo a individuos arcaicos, hombres y mujeres vestidos con ropas medievales, largas túnicas o desastrosos harapos. Uno de ellos montaba a caballo y tanto el animal como él iban embutidos en pesadas armaduras.
—Los mapas y dibujos muestran cómo era nuestro mundo hace siglos —dijo Bruno.
—Pero ¿cuánto tiempo llevan raptando gente estos locos?
La última sección del libro estaba dedicada a la propia Rocavarancolia. El mapa de la ciudad no les iba a servir de ayuda para orientarse, puesto que era más un grabado artístico que un plano de verdad. La perspectiva en el dibujo cambiaba y el tamaño de algunos edificios parecía exagerado a propósito para resaltar su importancia. Ahí estaban las montañas, oscuras y abruptas, el castillo y la imponente catedral roja de las afueras. Pero lo que más llamó la atención del grupo fue que también se podían ver edificios flotando en el aire: minaretes y torres en su mayor parte; la más alta de todas ellas parecía elevarse directamente sobre la plaza que habían visitado los mellizos y Héctor hacía bien poco.
—¿Alguien ha visto algún edificio flotando por ahí? —preguntó Alexander.
—Creo que me hubiera dado cuenta si lo hubiese hecho —murmuró Ricardo.
—En Delirio… la ciudad que inventé en mis cuentos, había edificios voladores —dijo Marina—. Estaban construidos en piedra liviana y, aunque la mayor parte del tiempo permanecían fijos sobre la ciudad, podían ser trasladados de aquí para allá.
—¿Y dónde están ahora esos edificios voladores? —quiso saber Adrián.
—Debieron de llevárselos —contestó Marco—. O quizá algo los destruyó.
El mapa del planeta en el que se encontraba Rocavarancolia mostraba tres grandes continentes. Uno de ellos ocupaba casi por entero el hemisferio norte; los otros dos, mucho más pequeños, estaban situados al sur, separados por un océano retratado con tonos de azul violento, repletos de torbellinos y dibujos de monstruos marinos. En un primer momento fueron incapaces de encontrar la ciudad allí. Fue Ricardo quien dio al final con ella, al comparar el texto que encabezaba el plano de Rocavarancolia con las anotaciones del mapa general. La ciudad estaba situada en el extremo oeste de uno de los continentes del sur.
En las dos últimas páginas correspondientes a ese mundo, no había grabados de sus habitantes. En vez de eso, ambas hojas estaban ocupadas por una inmensa luna roja, tan perfectamente dibujada que más parecía una fotografía que una ilustración. Las marcas y fallas que se veían en su superficie formaban una compleja malla de cicatrices en la zona oriental del ecuador del astro. Aquella luna era prácticamente idéntica a la que se veía en el reloj del torreón.

—No me gusta nada el aspecto de esa cosa —murmuró Natalia—. Pero nada de nada.
Bruno parecía de su misma opinión, porque retrocedió una página para regresar al plano de
Rocavarancolia. Señaló una torre con el dedo. Era pequeña en comparación con la catedral y las montañas, pero estaba claro que el dibujante había querido resaltarla entre los edificios que la rodeaban. En su cúspide redondeada había una estrella de diez puntas. Por su situación, Héctor comprendió que se trataba del torreón pardo de la plaza de la fuente. Bruno señaló otras cuatro torres idénticas a aquélla, esparcidas por la ciudad, tres en su superficie y una sobrevolándola. En todas aparecía el mismo símbolo.

Dragos de Chiimera y su veneno:
Mistral resopló. Ya sabía qué criatura había atacado al grupo, había sido un drago de chiimera. Eran seres híbridos creados por los genemagos del mundo de Alais a partir de los inofensivos dragones autóctonos y de quimeras venenosas. La caballería de ese mundo las había usado como monturas en la guerra contra Rocavarancolia y en el caos de la batalla muchos ejemplares se habían perdido en la ciudad. La mayoría habían muerto ya, pero unos pocos sobrevivían como podían entre las ruinas. El veneno de su mordedura no era mortal, aunque causaba una fuerte parálisis de la que la víctima no podía salir por sí sola. Necesitaba el antídoto adecuado o un hechizo sanador. Sin ninguna de esas cosas, Natalia moriría. Tardaría en hacerlo, pero moriría.
Transformaciones
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Vampiros:
—La sangre lo es todo para un vampiro —dijo Bruno mientras pasaba las páginas del libro que tenía delante con la misma celeridad con la que su mirada se deslizaba por lo escrito—. Es lo que le da esencia y forma, y puede enloquecer si pasa demasiado tiempo privado de ella.

—No dudará en atacar a quien sea por obtenerla —continuó—, amigos, seres queridos, da igual, nadie estará a salvo si la sed lo ciega. Nadie —suspiró antes de añadir, abatido—: Nos va a dar problemas. Nos va a dar muchos problemas. Su naturaleza, su misma alma… han cambiado —explicó con voz temblorosa—. Ya no es la Marina que conocíamos.

—¿Nos puede convertir en vampiros si nos muerde? —preguntó Natalia.
—No funciona así, al menos no en Rocavarancolia —abrió otro libro y lo leyó durante unos instantes, con exagerada concentración—. La buena noticia es que ahora Marina podría hacer magia si quisiera, antes no era capaz por la sencilla razón de que su cuerpo no estaba preparado. Por lo visto los vampiros extraen de su sangre la energía necesaria para la magia.

—¿Entonces los vampiros son magos? —preguntó Natalia.
—Lo son. Pero muy limitados. Dependen exclusivamente de la energía que extraen de su corriente sanguínea y eso debilita mucho sus capacidades. Además existe otro problema: el proceso mediante el cual metabolizan esa energía es muy agresivo… de hecho destruye su sangre, los seca casi por completo. Por eso se ven obligados a alimentarse de sangre ajena.
—¿Hay algún modo de detener el proceso? —preguntó Héctor.
—Ninguno —contestó Bruno—. Su cuerpo lo realiza de forma automática. No se puede detener al igual que nosotros no podemos evitar que nuestro corazón lata —señaló el diagrama que ilustraba la página que tenía delante: un esquema de un cuerpo humanoide surcado por un entramado venoso; las únicas zonas coloreadas del mismo se situaban en el pecho y la cabeza—. Y aun así un vampiro nunca se vacía por completo. Por lo visto cuentan con reservas de emergencia situadas en el corazón y el cerebro. Esa sangre no circula por el cuerpo, se encuentra retenida en esos órganos y es lo que los mantiene vivos en tiempos de escasez.
—Por eso está tan fría… —murmuró Natalia.
—Y por eso para matar a un vampiro hay que clavarle una estaca en el corazón o cortarle la cabeza…
—¿Con qué frecuencia necesitaría beber sangre? —preguntó.
—No lo sé —contestó Bruno—. De manera habitual, eso seguro. ¿Cuánta cantidad? Ni idea.
Supongo que dependerá de la energía que consuma.
—¿Y si no consigue sangre, morirá? —preguntó Natalia.
—No, no morirá. Pero la sed la volverá loca.

Onycemante:
Ya sabéis que Rocavarancolia es terreno propicio de encrucijadas entre dimensiones, aquí el tejido de la realidad es frágil y maleable y es relativamente fácil que se rompa. Hurza y Harex, los fundadores de la ciudad, se aprovecharon de eso para abrir vórtices que comunicaran este mundo con otros, y Denéstor Tul utilizó esa misma característica para entrar en la Tierra y traernos aquí. Esas sombras tuyas, Natalia, son habitantes de otro plano, entes que moran entre los pliegues de las distintas dimensiones.
—Pero apareció cuando Rachel murió…
—A veces este tipo de criaturas se comportan como insectos. Igual que la luz atrae a las polillas, a ellos los atraen los fenómenos más dispares. Puede que a la especie en concreto que te acosa le atraiga la muerte. Quizá cada vez que alguien muere en Rocavarancolia se abra un pequeño vórtice entre este mundo y dondequiera que habiten, y se vean forzados a pasar a este lado.

Brujos Escindidos:
Los hermanos Lexel no eran hermanos. En el pasado habían sido un único ser, un cosechado más. Había sido la Luna Roja la que los había escindido en dos criaturas separadas, completamente autónomas y, a pesar de ello, dependientes. No podían vivir el uno sin el otro, se necesitaban con la misma ansia y furia con la que se aborrecían. Sus corazones latían en sincronía, cuando uno exhalaba el aliento de sus pulmones el otro inhalaba.

Brujos en general:
Bruno contaba en su biblioteca con varios libros sobre brujos y brujería y, tras saber que ése sería el destino de su amiga, todos habían querido leerlos, comenzando, por supuesto, por la propia interesada.
En un principio, los dibujos que los ilustraban no habían resultado nada alentadores: mostraban a hombres y mujeres terriblemente desfigurados, con los rostros rebosantes de pústulas y bubas, llenos de insectos que daban la impresión de formar parte de su propia carne. A Héctor le había repugnado sobre todo el dibujo de una mujer sin ojos, con avispas en sus cuencas vacías y largas lombrices peludas como cabello. Había otras con pinzas de crustáceos en lugar de dedos, alacranes en la boca o cosas aún peores, tan repugnantes que movían a las náuseas sólo con contemplar el dibujo. Natalia había palidecido al verlas, pero Bruno se había apresurado a tranquilizarla, a su manera fría y robótica:
—No es real. Los brujos demacran su aspecto con la intención de causar pavor en sus enemigos. Todo lo que ves en esos dibujos son postizos, sortilegios o maquillaje. En tu caso, la Luna Roja no debería alterar tu aspecto físico.
Según leyeron, los brujos eran considerados magos menores, ya que en raras ocasiones alcanzaban las cotas de poder que podían manejar aquellos, pero había algo que los hacía tremendamente especiales, una característica con la que sólo ellos contaban: lo llamaban El Dominio.
Transformados célebres (y no) dignos de mención
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Reyes de Rocavarancolia:


Reyes arácnidos:
—«A la macabra gloria de Su Majestad… —tomó aliento antes de continuar—: Arachnihentheradon, bajo cuyo próspero y agresivo mandato fue erigido el torreón Margalar». Hay otro texto en letra más pequeña, parece que añadieron algo después a la placa —entornó los ojos—: «Que los dioses lo maldigan mil veces»

Dama Serena:

Soy dama Serena, la consorte de la nada y la ausencia, el espectro de la vigésima sexta reina de Rocavarancolia…

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Olvidé que tú, precisamente tú, acabaste con la vida de Su Majestad Maryalé. Que no sólo era tu rey, sino también tu amado esposo.

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—El segundo cuento que escribí sobre Delirio. Se titula Por amor y es la historia del rey y la reina de Delirio —les explicó—. Se habían conocido cuando apenas eran unos niños y nada más verse tuvieron claro que estaban destinados a estar juntos. «Cuando crezca me casaré contigo», fue lo primero que él le dijo, y ella simplemente contestó: «Lo sé». Tenían siete años.

Desde el primer momento, como digo, había quedado claro que aquellos niños estaban hechos el uno para el otro. Prácticamente, aseguraban todos, era como si hubieran nacido ya casados. Eran la pareja perfecta. Los años pasaron, se convirtieron en reyes de Delirio y ambos continuaron igual de enamorados que el primer día. Bajo su gobierno el reino prosperó como nunca antes lo había hecho. Fueron años magníficos, espléndidos; todo era felicidad y dicha. Hasta que un asesino llegó a la corte, un asesino enviado por un país vecino con la orden de acabar con el monarca. Pero cometió un error y en vez de verter el veneno con el que pretendía consumar su crimen en la copa del rey, lo hizo en la de la reina…

La reina cayó mortalmente enferma. Mientras agonizaba, el rey, enloquecido por el dolor y la pena, juró que ni siquiera la muerte los separaría y acudió a la torre del más poderoso hechicero del reino para suplicar su ayuda…
El mago le dijo que no podía hacer nada por salvarla; el veneno del asesino era tan potente que no había magia ni en Delirio ni en ningún otro mundo capaz de ayudarla. Pero sí había una cosa que podía hacer: un sortilegio sumamente peligroso ya que desequilibraba la esencia misma de la magia; velaría a la moribunda, le explicó, y, justo en el momento exacto de su muerte, cuando el alma de la mujer escapara de su cuerpo, se haría con ella y usaría todo su poder para transformarla en fantasma.

En el mundo mágico que me he inventado al menos las cosas no funcionan así. Son muy pocos los que al morir se transforman en espíritus. Y ése no era el destino de la reina; su alma, simplemente, iba a desaparecer para siempre… Y como el rey no podía soportar esa idea,
le pidió al mago que realizara el hechizo sin importarle que éste le advirtiese de lo complicado y peligroso que era. El rey juró darle la mitad del reino si conseguía devolverle a su esposa aunque fuera convertida en fantasma.

El mago aguardó en la habitación de la reina hasta el instante en que exhaló su último aliento.
Entonces, cuando el alma de la mujer abandonaba su cuerpo, se hizo con ella, la llevó a su torre y allí realizó el sortilegio que la convirtió en fantasma. Pero ocurrió algo que nadie podía esperar: la transformación enloqueció a la reina; no podía comprender que, aunque fuera por amor, el rey la hubiera condenado a ser un fantasma para siempre… «No podía vivir sin ti», le dijo él. «¿No lo entiendes? Vivir sin ti no era vida». Ella no le escuchó. La rabia la consumía. Y cegada por ella lo hirió de muerte. «Manda buscar al hechicero», le rogó el rey de Delirio mientras agonizaba a sus pies, «que me transforme también a mí… y así estaremos juntos hasta el fin de los tiempos». Pero ella se limitó a contemplar cómo moría. «Me has condenado, necio», le dijo. «Por amor me has condenado a una vida que no es vida, por amor me has arrojado a la eternidad y a la desdicha perpetua… Maldigo tu amor. Llévatelo contigo a la oscuridad, llévatelo contigo al olvido. Y yo me quedaré aquí para siempre, maldiciendo tu nombre y maldiciendo el día en que te conocí».

Reyes varios:
En su camino, el ángel negro pasó también junto a ellos, celoso de su grandeza, ávido de su leyenda; Esmael caminó a la sombra de Su Majestad Boronte Glaco, el primer rey gigante de Rocavarancolia, cuya estatua magnífica alcanzaba los veinte metros de altura; pasó ante el rey Ronces el Decapitador, que empuñaba las dos hachas que le habían hecho célebre; contempló de nuevo la feroz majestuosidad de Castel, el octavo rey trasgo de Rocavarancolia, el carnicero destructor de mundos. Sí, la historia lo rodeaba.

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Molor, el rey artista, había mandado levantar aquel lugar hacía más de un milenio. Se decía que el mismísimo rey había pasado sus últimos años de vida más preocupado por construir aquel gigantesco conjunto que por el gobierno del reino.

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Yo escogí Alastor, el nombre del primer gran rey conquistador, y Borodín en honor al humilde guardia que llegó a convertirse en rey de Rocavarancolia hace más de mil años…

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«El rey Badaret cometió tres errores el día de su entronización, errores que años después le costarían primero la corona y después la vida: confió su espada y su ejército a Latro, el hombre que le decapitaría; otorgó un puesto en el Consejo Real a Gideón, el nigromante que haría bailar su cadáver por las calles de Rocavarancolia; y, el peor de todos, entregó su corazón a dama Estrella, la mujer que se lo haría pedazos».

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Durante unos minutos curioseó en la vida de los monarcas de Rocavarancolia. Leyó sobre los reyes arácnidos y su desmedida crueldad; encontró un pasaje en la biografía de Castel, el octavo rey trasgo, que mencionaba a Varago Tay, el demiurgo traidor…

Ángeles negros:
Ése era su mayor deseo, lo que ansiaba sobre todas las cosas: convertirse en rey de Rocavarancolia; pero no se engañaba, sabía que su ambición era prácticamente imposible de alcanzar: nunca un ángel negro se había sentado en el Trono Sagrado y había sobrevivido para contarlo. No obstante, eso no le detendría.

Esmael estaba al tanto del sangriento listado de ángeles negros que habían creído merecer la corona. Dentrelar, el mejor de todos ellos, el comandante que había guiado a los ejércitos de Rocavarancolia durante veinte gloriosos años y que nunca conoció la derrota, decidió que había llegado la hora de asumir el mando del reino cuando murió Jeremías el Inacabado. No había nadie en toda Rocavarancolia que lo mereciera más, dijo. Por desgracia para él, el Trono Sagrado no fue de su misma opinión y acabó hecho pedazos. Cien años después, Molev, el héroe de las mil batallas, el ángel negro que había traído a Rocavarancolia la cabeza del cíclope Leviatán y las entrañas del Duque de los Infiernos, en un rapto de locura decidió que el trono debía ser suyo y no del cobarde que por aquel tiempo lo ocupaba. También quedó hecho pedazos. Y el mismo destino corrieron Dronte y Veronés. Y Kanchal y dama Estilete. Y
tantos, tantos otros… La lista era interminable.
Era cierto que nunca un ángel negro había sido rey de Rocavarancolia, pero nunca antes un ángel negro había sido regente y él estaba muy cerca de conseguirlo.

Cambiantes:
Éramos cuatro: Mistral, Alisios, dama Brisa y Huracán… No sé quién tuvo la idea… Vientos nuevos, dijo alguien, soplan vientos nuevos… Amoldémonos a ellos. Y esos malditos vientos se los acabaron llevando a todos. A Alisios lo mataron cuando intentaba infiltrarse en la corte de un mundo vinculado, transformado en chambelán. Dama Brisa y Huracán murieron en la batalla de la ciudad. Sus huesos están en la cicatriz de Arax. Yo mismo llevé a dama Brisa hasta allí… Se me deshacía en los brazos.

Vampiros:
¿Y cómo olvidar a dama Mordisco? ¿Sabes lo que hizo? ¿Lo sabes? —sonrió desnudando su sucia dentadura—. Frenó las acometidas de la flota de Barbaespesa en la isla del Muérdago durante seis largos años —era tal la admiración que sentía al recordar los actos heroicos de su estirpe, que la voz le fallaba—. Ella y sus hordas de vampiros resistieron lo indecible hasta que desde Rocavarancolia volvieron a abrir el vórtice que unía el reino con ese maldito mundo…

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Estaba leyendo el relato de la batalla del Desconsuelo, una de las más sangrientas que habían tenido lugar durante la guerra que Rocavarancolia había sostenido contra el mundo vinculado de Esolvilda. Aquella campaña había supuesto la primera gran derrota del reino y había frenado en seco las aspiraciones de conquista del rey Graya, el sucesor del malogrado Harex en el trono. Pero eso no significaba nada para Enoch, lo que de verdad le importaba era que durante esa batalla había tenido lugar el primer acto heroico documentado de los suyos.

Ciento veinte vampiros habían logrado lo que todos los ejércitos de Rocavarancolia no habían conseguido en los cinco años de contienda: derrotar a las huestes del general Piedad, una legión de guerreros cuya fama de invencibles había quedado bien demostrada a lo largo de la guerra. Los vampiros cayeron sobre ellos con la ferocidad que da saberse derrotados. El combate duró casi un día entero y en ese tiempo los dos bandos se exterminaron el uno al otro. No hubo ni prisioneros ni supervivientes. Según contaba la leyenda, el último vampiro, atravesado por media docena de lanzas y a punto de morir, había saltado sobre Piedad y había acabado con él en medio de un mar de cadáveres.

Brujos:
—Dama Sargazo tenía el poder de controlar cualquier planta que creciera bajo las aguas —les explicó Bruno—. Cuentan que durante la guerra con Arfes fabricó un ejército de gigantes con algas y coral que acabó con la flota enemiga. Y también estaba dama Noctámbula, que dominaba las nubes de tormenta siempre y cuando fuera de noche; o Celsidro, que tenía poder sobre las águilas. Todos los brujos dominan una faceta de la realidad y, dependiendo de cuál sea ésta, unos son más poderosos que otros. Es muy diferente ser capaz de controlar las hojas de alerce, por ejemplo, que hacer que los huracanes cumplan tu voluntad. O dominar ese pueblo de sombras como harás tú…

Arpías:
La criatura que viene conmigo es mi fiel compañera en la adversidad: dama Moreda, la última de las siete arpías oráculo de Beteles.

Demiurgos:
Sedalar por el demiurgo que intentó devolver la vida al corazón de su amada muerta.

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(Denéstor Tul) es el demiurgo más poderoso que ha tenido Rocavarancolia en siglos. En la guerra lo vi enfrentarse al cónclave de hechiceros de Faraian y sólo sus hechizos conjuntos lograron vencerlo a él y a sus criaturas.

Belgadeu y su criatura:
Belgadeu, uno de los nigromantes más renombrados de la historia de Rocavarancolia, había creado aquella cosa hacía más de dos siglos; se había servido para ello de los huesos de dos centenares de magos muertos. Belgadeu había profanado sus tumbas en la isla cementerio de Echicia, un mundo vinculado, y allí mismo había pergeñado su horror, usando un hueso de cada mago, sólo uno.

La intención del nigromante había sido crear al más poderoso hechicero que hubiera existido jamás, pero lo único que había conseguido era una criatura furiosa, sin gota alguna de magia en su ser. Belgadeu murió, pero su obra le había sobrevivido.

Héroes de Rocavarancolia:
Esmael se adentró aún más en el intrincado laberinto que formaban los pasillos del Panteón Real. Notaba el peso de la historia a cada paso que daba, en cada hálito de aire que penetraba en sus pulmones. Mientras avanzaba por las entrañas del panteón, los nombres de los héroes de antaño salían a su encuentro desde las planchas de oro blanco de sus nichos: Valente Rufio, dama Escoria, Verban Dolomí, Dentro Matadragones, recordados todos, pero no venerados como se veneraba a los reyes y reinas de Rocavarancolia.

Representados en estatuas en los Jardines de la Memoria:
Ver a Marina y Rachel, señalando extasiadas la maravillosa estatua de piedra azul de dama Escalofrío, envuelta en su extenso chal de seda y pedrería, postrada como si pidiera clemencia, le llenó de alegría.

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O contemplar a Bruno flotando junto a Maronet el hechicero, mientras éste se enfrentaba con su cayado y su hacha de doble hoja al rey gigante de Esfronax. La estatua del mago, esculpida en piedra ingrávida, estaba suspendida a más de quince metros de altura, justo frente al rostro del monstruoso gigante, con el cayado adelantado en la mano izquierda y el hacha en la derecha, disparada en horizontal hacia la cara de su adversario que ya mostraba en varios puntos el mordisco del arma. El rey de Esfronax, vestido con una armadura que parecía fabricada con conchas de galápago, tenía los brazos extendidos y parecía a punto de desplomarse.

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La mayor de las estatuas supervivientes era la de dama Irhina, la reina sangrienta y su espectacular montura, el dragón vampiro Balderlalosa. Medía treinta metros de largo y ocho de alzada. El dragón negro estaba representado en vuelo rasante, con sus cuatro alas extendidas. Sus colmillos, grandes como cimitarras, relucían oscuros en la penumbra de sus mandíbulas entreabiertas. Montada sobre su lomo estaba ella, la primera reina vampira de Rocavarancolia. El autor de aquella maravilla había conseguido que la majestuosa montura no eclipsara a su jinete. Había esculpido a dama Irhina de tal forma que era el centro de atención en la pieza. Tenía la mano izquierda apoyada en el lomo de la bestia en un ademán tan vigoroso que parecía decir: «No tengas miedo del dragón que monto. Témeme a mí que soy quien lo domina».

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Participantes en la última batalla de Rocavarancolia:


Amigos de Esmael:

Pensó en Dionisio, el gigantesco borracho de ojos eternamente llorosos con el que había compartido tienda de campaña durante la conquista del mundo de Alfilgris. Siempre llevaba una enorme maza claveteada con él, no se apartaba de ella ni siquiera al dormir. La amaba tanto que hasta le había puesto nombre; Esmael intentó recordar cuál era, pero no lo consiguió.

Dionisio había muerto en la primera carga de los ejércitos enemigos. Un ogro a caballo le había arrebatado la maza de las manos y le había golpeado brutalmente con ella en plena cara.

Recordó a dama Fiera, la radiante y salvaje Fiera, ángel negro como él; recordó el modo en que reía, como si con cada carcajada estuviera a punto de crear un nuevo mundo donde todo fuera perfecto. Ella lo había tomado bajo su cargo tras su transformación y le había ayudado a familiarizarse con su nuevo cuerpo. Con el tiempo la había superado, tanto en poder como en escalafón en el reino, pero eso no les había importado: el vínculo que se forjó entre ambos era demasiado fuerte como para que la ambición o la envidia lo pusiera a prueba. Dama Fiera había muerto defendiendo el sur de la ciudad del ataque de las hordas de dragones de Balgor. Cuando cayó estaba tan cubierta de sangre, que gritaba, entre carcajadas, que se había transformado en un ángel rojo.

La lista de nombres era interminable: Malazul, Bocafría, Dorna, Sandor, dama Hiena, Valaka, Drug… Todos habían muerto en la última defensa del reino. Glorin, Tajnada, dama Lenta, dama Esencia…

Annais Perlaverde:
De existir algún nigromante activo en el reino, no hubieran tenido problemas en averiguar la identidad del asesino; aquellos magos tenían modos de hacer hablar a los muertos. Pero ya no quedaban nigromantes. El último, Annais Perlaverde, había caído en la defensa del reino, mientras protegía Rocavaragálago.

Alastor Borodin:
La ciudad entera lo despreciaba. Y era de entender: Alastor Borodín había sido el único en toda Rocavarancolia que había cambiado de bando durante la batalla que puso punto y final al imperio de Sardaurlar. Resultaba paradójico que en un reino tan dado a las traiciones, hubiera sido el único en traicionar a Rocavarancolia en la última batalla.

Alastor había sabido que todo estaba perdido nada más ver aparecer los primeros ejércitos enemigos a través de los vórtices y no le había quedado más remedio que obrar en consecuencia. En cuanto tuvo oportunidad se escabulló en medio del caos y no paró hasta dar con un oficial enemigo al que rendirse y jurar lealtad.
—La victoria es indudablemente vuestra —le aseguró—. Pero yo puedo acelerar las cosas y evitaros bajas innecesarias.

Alastor reveló al enemigo la ubicación de los túneles secretos que comunicaban todas y cada una de las torres de guerra que se repartían por Rocavarancolia y que tanto esfuerzo les estaba costando doblegar, así como el modo de esquivar los hechizos que las protegían. Alastor tuvo que poner a prueba muy pronto su nueva lealtad cuando, poco después de rendirse al enemigo, le ordenaron guiar un destacamento a través del laberinto de galerías subterráneas para tomar la torre Mediasangre, el principal bastión defensivo al oeste de la ciudad. El ataque a traición tuvo éxito y Mediasangre sucumbió, lo que aceleró todavía más la inevitable derrota de Rocavarancolia y le convirtió a él en uno de los personajes más odiados del reino.

Y todo habría salido a pedir de boca de no ser porque tuvo la mala suerte de toparse con un nutrido grupo de defensores de la ciudad, encabezados por el mismísimo Esmael, cuando guiaba otro contingente enemigo por las entrañas de Rocavarancolia. La batalla bajo tierra fue brutal. Igual que su enfrentamiento contra el Señor de los Asesinos. Alastor luchó como una fiera acorralada. La magia del ángel negro podía haber desequilibrado la balanza, pero junto a Alastor combatían varios magos enemigos cuyo único cometido fue contener la hechicería de Esmael. Justo cuando creía que la victoria estaba por sonreírle, el ángel negro le cercenó el brazo de la espada con el ala derecha para luego decapitarle con la izquierda. Para rematar su mala fortuna, su cabeza fue encontrada el día después de que sus aliados abandonaran Rocavarancolia, cerrando los vórtices tras ellos.

Roallen:
—Soy Roallen Melgar. He cabalgado mantícoras y entrechocado cráneos de gigantes en mundos temibles —su voz estaba henchida de orgullo y rabia—. Estrangulé con mis manos a un dragón celeste y luché en la batalla de Almaviva… ¿De verdad creéis tener alguna oportunidad conmigo?

Denéstor Tul:
De nuevo recordó a Denéstor en la batalla de Rocavarancolia, a lomos de un dragón de bronce y rodeado por una miríada de sus creaciones, encarado a los diecisiete magos de Faraian. Logró acabar con cuatro antes de que lo redujeran.

Alarad:
—¡Maleducado! ¡Si supieras quién soy no te atreverías a hablarme así! ¡Soy Alarad, el príncipe desplazado! ¡Yo vencí a las huestes de Desdémona en el mundo de Cáliz! ¡Yo conquisté…!

Marea:
»Marea pertenecía a la cosecha del año anterior. La Luna Roja lo había transformado en un hombre bestia. Era grotesco. Jorobado, asimétrico y cojo… Su cabeza era la de un jabalí deforme, recubierta de cerdas…

»Dos monstruos en la ciudad de los monstruos. No guardo gran recuerdo de aquella noche ni de lo que hablamos, pero nunca olvidaré la calidez que me transmitió en aquellas horas. Puede que me hablara del batallón donde le habían destinado al finalizar su transformación… O de las tardes en las que luchaba en el circo, matando hombres y bestias para ganarse un nombre. No lo sé. Sólo recuerdo el reconfortante sonido de su voz, su compañía, su fortaleza… Y… recuerdo también que hubo un momento en que pensé, y lo sé, es un pensamiento terrible, que Marea era tan espantoso que yo, en comparación, resultaba hermosa.

Y luego, después de contarme cuál era su sueño, hizo algo maravilloso, magnífico:
»Marea cantó.
»Era una canción sobre un guerrero y su dragón, sobre el vínculo que los unía y cómo al morir el jinete el dragón veló su cuerpo durante años. Era una canción hermosa, por la letra y la melodía, por la historia, pero, sobre todo, por la voz de quien la cantaba. La voz de Marea era un milagro.

Y el cementerio, dama Desgarro y Rocavarancolia entera se desvanecieron para Héctor. Aquella voz resultaba embriagadora, terrible en su perfección, hasta dolorosa. Cantaba en una lengua extraña, pero a Héctor no le importaba no entenderla. De hecho no le hacía falta hacerlo. De alguna forma la voz que surgía de la perla no necesitaba del lenguaje para hacerse comprender.

Cada verso trascendía las palabras que lo formaban para explicarse a sí mismo. Héctor sabía que la canción hablaba de pérdida y, a la par, de esperanza; de oscuridad y, a la vez, de luz. En ella alguien moría y alguien encontraba el sentido de su vida en algo mínimo, en algo común y cotidiano que había pasado por alto durante mucho tiempo. La canción no duró demasiado, apenas un par de minutos, pero aunque lo hubiera hecho, aunque se hubiera prolongado durante horas, no habría sido bastante. La eternidad entera no habría sido suficiente para hacerle justicia.

Cuando dama Desgarro cerró la concha, Héctor se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos. Se las limpió con disimulo, sintiéndose algo estúpido y, al mismo tiempo, orgulloso de que una canción pudiera todavía emocionarlo.
—Es el único recuerdo que conservo de él —dijo dama Desgarro—. Al poco de darme la perla desapareció. Nunca pude averiguar qué le ocurrió. Pero esto es Rocavarancolia. La gente desaparece. Muchos mueren sin que sus cuerpos sean jamás encontrados. Sea como fuere, la ciudad se llevó a Marea. Y al milagro de su voz con él.

Supervivientes varios en la saga original:

Barranta estaba tirado sobre un montón de paja; su respiración enferma reverberaba en el lugar como un trueno. Barranta era una mole inmensa, una criatura humanoide del tamaño de un mamut de combate. Era el último gigante vivo de Rocavarancolia. Barranta dejaba transcurrir los días dormitando, tan débil ya que no podía soportar su propio peso si se levantaba.

Durante casi tres horas el Señor de los Asesinos voló por la ciudad, comprobando que todos los súbditos de aquel reino malherido se encontraran a salvo. Visitó a Crefala, el último hombre bestia, a Melgor, el anciano hechicero que vivía en una cueva en las montañas…

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Ara se había unido a ellos el día antes. Era una mujer enorme, de casi dos metros y medio de altura; su físico dejaba claro que tenía sangre de gigante en las venas. Iba envuelta en pieles sucias, tenía el rostro picado de viruelas, mirada triste y la nariz enorme y quebrada. Le faltaba el brazo izquierdo, arrancado de cuajo por una de las bestias de Rocavarancolia. La misma bestia que había devorado a sus hijos y a su compañero. Había acudido a ellos por el dragón, como Valga Melquíades, y lo primero que había hecho había sido conducirlos hasta un nido de alimañas semejantes a la que había acabado con su familia. El dragón se había dado otro festín con ellas.



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