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Ficha de cosechado
Nombre: Abel
Especie: Humano
Habilidades: intuición, imaginación y velocidad
Personajes :
Abel: humano español (1,90m)

Una puerta abierta y otra historia muerta Empty Una puerta abierta y otra historia muerta

18/02/23, 12:23 am
Las llamas engullían el mundo. Las calles, que antaño rebosaban vida, habían sido reducidas a cenizas, tan oscuras como el color de las pesadillas. En mitad de todo el caos, una niña se erguía imperturbable. Sus cabellos dorados bailaban incesantes junto a las llamas y a la ceniza, pero ella permanecía inmune a las lenguas de fuego que la rodeaban, como si la destrucción y el polvo fuesen totalmente ajenos a su existencia.

- Madre... – musitó entre miserables gimoteos, sin poder controlar el inicio del llanto.

Las lágrimas, que al principio besaban sus mejillas con delicadeza, poco a poco aumentaron el ritmo y acabaron por devorar la sonrosada tez de la chica. Progresivamente, su cara se desfiguró en una mueca de horror tan brutal como espeluznante, una expresión que con cada chillido degeneraba en facciones cada vez más grotescas.

- ¡MADRE! - aullaba desconsoladamente.

Esa criatura había dejado de ser una niña, quizás no lo había sido nunca
.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
- Es asqueroso, estoy tan harto de todo... - suspiró Abel con resignación - ¿Es que no sé hacer nada bien?

El chico rompió con rabia los folios en los que había dejado de escribir y tiró sus restos a la papelera. Ninguna de sus historias eran lo suficientemente buenas y consideraba que todo lo que inventaba era una lamentable copia barata de los relatos que había hecho hasta ahora.

Desde hace meses, sus cuentos siempre trataban sobre la misma maldita chica. La nombraba Medusa, a veces Olga y, otras, Iris. Aunque, sin duda, eran nombres totalmente diferentes, el pasado de la muchacha era, en esencia, similar: una heroína trágica que nunca había tenido nada y a la que la guerra le había arrebatado todo.

Abel sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo, ya no disfrutaba en absoluto de escribir y, por desgracia, eso era prácticamente lo único que hacía en su día a día. Hace pocos meses, tomo consciencia de la situación en la que se encontraba. La desidia ya había comenzado a consumir su corazón desde hace tiempo. Entendía que estaba encerrado en sí mismo y que de esa cárcel, en la cual no quedaba ya más espacio para la imaginación, no era tarea fácil salir.

Habían transcurrido tres años desde que, tras numerosas decepciones, había decidido dejar el instituto y estudiar a distancia. Estaba harto de relaciones frágiles que siempre acababan en despedidas tan emotivas como fingidas. En definitiva, se había dado por vencido con el mundo que había más allá de la pequeña ventana que iluminaba su escritorio.  

Sorprendentemente, durante esos mismos tres años sus padres habían cumplido con su palabra y no se habían vuelto a mudar, el cual motivo le daba ahora una cierta esperanza que no se atrevía del todo a tener.

De tal manera, el chico sabía que su alma se estaba pudriendo en el interior de su habitación. Pues, era cierto, le hacía falta disfrutar de experiencias más allá de ese cuartucho y de los solitarios bosques de Berlín. Este año cumpliría dieciocho y apenas sabía lo que realmente significaba vivir, de hecho, ya apenas podía siquiera seguir escribiendo.

Notaba como el agobio clavaba las garras en su pecho y le dificultaba la respiración. Ya no sentía suyo el diminuto mundo que con tanto cariño había creado. De pronto, las cuatro paredes de su dormitorio parecían hacerse cada vez más y más estrechas, como si tuvieran vida propia y quisiesen aniquilarlo.

Aun así, palmeó sus mofletes con ambas manos y se obligó a invocar fuerza de espíritu para combatir el miedo.

- Céntrate, sabes perfectamente lo que tienes que hacer - afirmó con determinación el muchacho.

Respiró hondo y apretó con firmeza los puños; había tomado la decisión de volver a las clases presenciales. Esa era una resolución que, ingenuamente pensaba, nada ni nadie podrían alterar.

De golpe y porrazo, el zumbido del timbre interrumpió su hilo de pensamiento.

Por fin, estaba aquí.
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Ficha de cosechado
Nombre: Abel
Especie: Humano
Habilidades: intuición, imaginación y velocidad
Personajes :
Abel: humano español (1,90m)

Una puerta abierta y otra historia muerta Empty Re: Una puerta abierta y otra historia muerta

18/02/23, 06:02 pm
Desde principio de curso que aguardaba con ansias los últimos viernes de cada mes, puesto que era el momento en el que su compañera y tutora, Úrsula, lo visitaba para ponerle al día de las clases.

Todo ello formaba parte de un programa educativo cuya intención era integrar al alumnado que estudiaba segundo de Bachillerato a distancia con los alumnos del curso presencial. Abel opinaba que dicho paripé era una soberana tontería y que no funcionaba del todo. Pero la verdad es que, aunque realmente no se pudieran considerar amigos, le alegraba el día inmensamente la presencia de la tan esperada muchacha.

Se dirigió con entusiasmo hacia la entrada y abrió la puerta. Delante suyo se encontraba la joven, seria y ceñuda, como si de una verdadera profesora se tratase. Entró sin que apenas mediaran palabra y hizo camino con paso firme hacia el salón.

Cara a cara, ambos se sentaron en dos elegantes sillones y empezaron la protocolaria reunión.

Siempre le sorprendía verse cara a cara con ella, ya que le daba la extraña sensación de que era casi como si se estuviese observando a través de un espejo. Su figura, estirada y esbelta tras el uniforme masculino del instituto; su cabello azabache, suelto hasta el final de la espalda; sus amplios ojos, refugiados detrás de un par de lustrosas lentes. En definitiva, la muchacha y el chico eran, en apariencia, sumamente similares.

Además, la admiraba tantísimo. No solo se había presentado como voluntaria para ser su tutora, sino que, según le habían informado desde el centro educativo, también era la delegada de la clase y la número uno de su promoción.

Es más, aunque le daba vergüenza admitirlo, la muchacha era la principal musa en la creación de la heroína de sus historias. Cada hora que había pasado con ella lo había inspirado sobremanera. Las entrevistas, que al principio las tomaba como un aburrido trámite, habían acabado por darle un objetivo. O, tal vez, sería más apropiado decir que el muchacho había encontrado en Úrsula un modelo que seguir.

- ¿Estas atendiendo? Pareces embobado - declaró punzante y acusadora con su marcado acento alemán.

Abel sonrió para sus adentros y asintió. Estaba acostumbrado al carácter incisivo de la otra joven, cosa que mostraba invariablemente cuando ya había pasado bastante rato esforzándose para ponerle al día.

- Eso espero. No me gusta perder el tiempo.

La chica suspiró agotada, estaba acabando de explicarle los contenidos más recientemente impartidos en la asignatura de matemáticas. Ambos la consideraban la más complicada y siempre la dejaban aparcada para el final.

- … Y esta es la forma más fácil de resolver una integral definida - continuó Úrsula mientras señalaba con su dedo índice el desarrollo del problema.

Inspiró con brío y cerró el libro en su mano.

- Abel, me gustaría que hablásemos de algo - dijo la chica quitándose las gafas, en un tono mucho más suave del que acostumbraba a tener.

El muchacho aceptó en silencio. Era extraño, raramente lo llamaba por su nombre y aún menos con ese tono tan particular.

- Tus notas son un desastre - dijo con resignación - no escuchas mis explicaciones, apenas hablas y parece que el resto de tus compañeros no te interesamos en absoluto.

Hizo una pausa para mirar con detenimiento al chico. Este continuaba mirándola confundido.

- Aun así, he decidido creer a los profesores que dicen que quieres volver - añadió dulcificando su expresión - Dime, ¿hago bien en creerles?

- Por supuesto - afirmó Abel con seguridad, sin apartar la mirada.

Cogió aire de nuevo. Se notaba lo mucho que le estaba costando hablar sobre este tema

- Mira, te voy a ser sincera. Quedan pocos meses para que acabe el curso, lo más probable es que suspendas bastantes materias, acabes frustrado y con ganas de encerrarte en casa otra vez.

El chico, rabioso, apretó los puños y clavó las uñas en las palmas de sus manos. Las declaraciones de la delegada eran mucho más que probables y uno de sus mayores miedos de cara a dar el gran paso. Sin embargo, hizo un esfuerzo para mantener la compostura y siguió escuchándola.

En respuesta, Ursula esbozó una tenue sonrisa, tan dulce como difícil de apreciar.

- Sé lo duro que es el miedo, pero… - la sonrisa de la chica se volvió más amplia - Me comprometo aquí y ahora a seguir ayudándote. Puedes estar tranquilo, estaré a tu lado cuando vuelvas a clase.

Tras finalizar su frase, la chica sacó pecho y extendió la mano hacia Abel, cuya perplejidad era, por primera vez, físicamente palpable.

¿Alguien se preocupaba de verdad por él o lo estaba haciendo por obligación? Después de todo este tiempo, ¿podría tener una amiga de verdad? Todas esas molestas preguntas revoloteaban por su mente, incansables.

Se paró a observar la mano de la chica y llegó a una clara conclusión: no tenía nada que perder y merecía la pena arriesgarse. Alargó la mano hacia ella y, cuando estaba a punto de tocar sus dedos, esta los aparto.

- Ah, no tan deprisa. Quiero que esto sea un juramento - señaló mostrando su mano en el aire - Una promesa de que no te rendirás, de que este lunes te veré en clase y de que así actuarás todas las semanas hasta final de curso.

El joven sonrío satisfecho. Las palabras de Úrsula le habían conmovido y era la primera vez en años que se sentía tan esperanzado.

- Te lo prometo - exclamó con entusiasmo mientras que, ahora sí, estrechaba con entereza su mano.

La delegada parecía suficientemente satisfecha. Se separaron y volvió a ponerse las gafas con un cierto aire de profesionalidad.

- Yo ya me voy. Espero que este fin de semana no te olvides de lo que hemos hablado- dijo con su serenidad habitual a la vez que recogía los libros - Y aún menos de mis explicaciones.

El chico, que se reía en voz baja de tales exigencias, salió airoso del salón:

- Te acompaño afuera.

En el recibidor, la chica se abrigó con una bufanda azul celeste, abrió la puerta y salió al jardín.

- Nos vemos el lunes.
- Nos vemos.

Justo cuando ella se giraba, cuando la negrura de su cabello había escondido casi por completo su figura tras el umbral. En ese mismo instante, pudo notar el terror, como si de un relámpago se tratase.

La puerta ya no era puerta, ni el travesaño verdaderamente de madera. Veía brillar el acero: una cimitarra de plata que se desplomaba entre el recibidor y el jardín, un dolor ancestral que escindía su alma.

- ¿Has dicho algo? - preguntó con curiosidad su compañera de clase.
- No, nada - murmuró el joven alzando el brazo para despedirse.

Úrsula respondió su adiós de la misma forma mientras desaparecía en la oscuridad de la calle.

Abel sintió sus entrañas deshacerse también en las tinieblas.



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Una puerta abierta y otra historia muerta Empty Re: Una puerta abierta y otra historia muerta

20/02/23, 08:32 pm
Era casi hora de cenar, la luz de las farolas apenas permitía ver las inmensas arboledas que amurallaban el ostentoso complejo de chalets.

Aunque le frustrase, reconocía haber dejado que lo paralizase el miedo otra vez. Por este motivo, repitió su entrenado habito para estas ocasiones. El chico apretó los puños, cerró los parpados y respiró hondo, como si estuviese intentando aspirar todo el valor del mundo por sus orificios nasales. Luego, exhaló una mezcla de aire y ansiedad por su boca y abrió los ojos para mirar el móvil con el objetivo distraerse un poco.

Tenía una llamada perdida y, aunque era un número oculto, sabía perfectamente de quién procedía. Hacía medio año desde que su hermano había intentado contactar con él de nuevo. Y, desde luego, había sido persistente, puesto que había conseguido agotar todos los medios de comunicación posibles: teléfono fijo, móvil, carta, correo electrónico... Nada lo había detenido. Pese a sus bienintencionados y machacones intentos, Flavio se había encontrado con la negativa de su hermano todas y cada una de las veces que le había tendido la mano. Para su desgracia, esta ocasión no iba a ser diferente.

Abel deslizó el dedo por la pantalla del móvil, borró la notificación con aparente indiferencia y se puso una de las viejas chaquetas que había colgadas en el frágil perchero que adornaba entrada. Le quedaba enorme, al igual que el resto de su ropa de abrigo. Aun así, le gustaba. Siempre había sabido verle el encanto a la ropa estilo vintage.

Abrió la puerta y se dispuso a salir; lo necesitaba. La visita de Úrsula, por agradable que fuese, lo había turbado en todos los aspectos. A él, que estaba acostumbrado a la tranquilidad de la tinta y los folios, le costaba gestionar las intensas emociones que las interacciones sociales a veces le provocaban.

Consecuentemente, tomó la decisión de ir a su lugar favorito, donde siempre iba cuando necesitaba pensar. Caminaba distraído por el frío, a través de las apagadas calles de su barrio. El asfalto, que se convertía en grava maltrecha con cada paso, desaparecía en la tierra que enraizaba un boscaje.  Los arbustos se transformaron en robles y estos últimos en arces, hasta un punto en el que el bosque se tornó selvático e indomable.

Abel buscó en los bolsillos su teléfono y encendió la linterna para poder orientarse. Entonces, vio pasar una diminuta sombra entre el follaje. El muchacho, emocionado ante la perspectiva de vivir una aventura, corrió para perseguirla.

Cada zancada era más potente y alegre que la siguiente. Le hacía sentir que sus historias podían ser reales y él su protagonista. ¿Sería un ser mitológico que lo guiaba hasta un mundo mágico? ¿O tal vez una tiniebla humanoide contra la que tendría que combatir? Una vez se detuvieron, aprisionados por un riachuelo, pudo descubrir la verdadera identidad de la criatura.

Se trataba de un gato negro salvaje, que lo esperaba lamiéndose las zarpas sentado en una roca.

- Vaya… - suspiró el joven, revolviéndose el pelo.

No era ni un dragón ni un hipogrifo, simplemente un felino asustado que lo observaba con curiosidad.

- Bueno, podría ser peor – pensó sonriente mientras se sentaba a su lado y lo comenzaba a acariciar.

- Marramiau – respondió el gato entre ronroneos.

Los reflejos lunares en la penumbra del agua resultaban hipnóticos para el chico. El gato, el riachuelo y la noche le recordaban al pasado. Recuerdos que, por mucho que intentaba mantener sumergidos en su inconsciente, siempre encontraban la manera de salir a respirar.


Última edición por Hallel el 25/02/23, 03:22 pm, editado 1 vez
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Nombre: Abel
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Una puerta abierta y otra historia muerta Empty Re: Una puerta abierta y otra historia muerta

22/02/23, 06:18 pm
Hace 10 años

En la costa siciliana, adornada por la extensa iluminación ferial, se proyectaba un caleidoscopio de colores sobre el paseo marítimo. Cerca del puerto, se celebraban las fiestas locales del pueblo en el que vivía ahora la familia de Abel.

Sus padres, amantes de la música y la gastronomía, habían obligado al muchacho a acompañarles. Desgraciadamente, el niño tuvo que acceder a regañadientes y ahora utilizaba con sus padres su mejor arma: el silencio castigador.

Sin embargo, a estos no parecía importarles lo más mismo. La creciente inexpresividad del niño, lejos de ser una condena, les resultaba una bendición. Podían hacer lo que les viniese en gana, sin que los molestos berridos de un chiquillo egoísta les importunasen. Además, el hermano mayor tenía ya dieciséis años y habían conseguido convertirlo en un muchacho tan formal como obediente.


- Flavio, cuida de tu hermano. Nosotros nos vamos a ver el espectáculo - dijo su madre apuntando con el dedo índice hacia un rústico escenario. Después, le entregó a su hijo algo de dinero y se despidió de él, casi sin siquiera mirar al pequeño.

El trato que recibían se diferenciaba tanto como su aspecto físico. Flavio era la antítesis de su hermano: grande, fuerte y bronceado, de sonrisa jovial y con alborotado pelo castaño. De primeras, quien no los conociese, jamás podría pensar que a los dos estaban unidos por lazos de sangre.

Por otro lado, ambos sabían el vínculo que tenían era mucho más profundo que el parentesco.

Una vez quedaron solos los dos, Flavio acarició con dulzura la larga melena del niño:

- ¿Qué? ¿Te apetece vivir una aventura?

En respuesta, el chico se giró a mirarlo mientras esbozaba una sonrisa torcida. Definitivamente, al mayor le preocupaba el pequeño. Su hermano siempre lucía tan distante a su realidad, tan taciturno y frío. El cristal que separaba a su verdadero yo del resto del mundo era grueso y resistente. No obstante, estaba decidido; lo haría pedazos, no cesaría en su empeño

- ¿Ves esas luces tan grandes? - preguntó mientras señalaba lo alto del faro - Cuentan que encima de esa torre hay un tesoro - hizo una pausa dramática- Tan, tan brillante, que hace arder vivos a todos los aventureros que han subido en su búsqueda.

Aunque se hallaba un tanto boquiabierto por la historia, Abel sabía que probablemente su hermano mayor se lo estaba inventado todo. Aun así, no pudo evitar que su mente penetrase en la fantasía que le estaba siendo descrita. Como siempre, Flavio conseguía sacarlo de su caparazón de las formas más enrevesadas posibles.

- Vale, va. Vamos – concedió, con orgullo mal fingido, el niño

El joven cogió a Abel de la mano, quien no opuso resistencia, y se encaminaron hacia su destino. El faro destacaba entre todas las edificaciones del puerto siciliano. Era tan enorme como imponente. Al mirar su cúspide esta te reconocía de vuelta, parecía estar acusándote de haber hecho alguna oscura travesura.

Unos metros antes de llegar el faro había apiladas unas cajas de cartón de la altura aproximada de un niño grande. Era extraño ver unas cajas tiradas en medio de la nada, dificultando el paso, así que se acercaron para investigarlas. Estaban cerradas a conciencia, con algún tipo de cinta aislante especial, tan potente que quemaba si intentabas arrancarla.

- ¿Qué crees que habrá dentro? – preguntó Flavio, sorprendiendo Abel, que se hallaba mirando las cajas con la curiosidad que tanto lo caracterizaba.

Confuso, el niño se encogió de hombros y siguió inspeccionando. Con el objetivo de abrir las cajas, había arañado e incluso golpeado su superficie, sin ningún tipo de resultado. Al final, se rindió, no sin antes propinarles una última patada.

- Mmm… ¿Sabes lo que pienso yo? - murmuró Flavio pensativo mientras se acariciaba la barbilla con el dedo índice y el pulgar - Estoy cien por cien seguro de que en esa de color gris tienen metida una cría de dientes de sable.

- ¿Una cría diente de sable? – exclamó el niño con los ojos como platos - ¿Cómo es que lo sabes?

- Si te fijas… - el hermano mayor empezó a olisquear la caja e invitó con el brazo al menor a hacerlo también– … huele a pescado, ¿Y qué nos dice eso?

- ¿Qué nos dice? – preguntó de vuelta, con bastante interés.

- A ver, un dato clave es el tiempo; son las dos del mediodía. Además, un chico tan listo como tú debería saber que los felinos comen pescado. También que las crías diente de sable son poco más grandes que los gatos – le lanzó una sonrisa pícara, como tanto le gustaba hacer y continúo - Teniendo en cuenta toda la evidencia, eso solo puede querer decir una cosa… - Flavio hizo una pausa dramática, sonrió con orgullo y anunció:

- ¡Hay un enorme gato glotón montándose una comilona ahí dentro!

Abel dio un brinco y empezó a aplaudir con entusiasmo. El hermano mayor sonrío satisfecho. Al fin, creía, lograba romper su cárcel de cristal.

- Llevémonoslo – pidió el niño mientras jugueteaba con un trozo de cartón suelto que sobresalía de la caja.

- Ya sabes que no nos lo podemos quedar; pertenece al mundo mágico, en libertad. Además, si lo traemos con nosotros, probablemente acabaría haciéndole más caso que a ti – dijo Flavio mientras reía – Imagínate, ¿Qué harías si pasase eso? ¿Eh?

Aunque por fuera su expresión permaneció estática, la pregunta consterno a Abel sobremanera. Tal fue la agitación que no pudo reprimir el estallido de imágenes que se apilaban en su cabeza:

- Lo encerraría de nuevo en su caja y lo tiraría al mar desde lo alto del faro– dijo el niño señalando el gran obelisco.

Era desconcertante, su hermano pequeño le inquietaba, sobre todo cuando su estado de desconexión se volvía tan palpable. Sus padres jamás acabarían de ser conscientes del daño que le estaban causando. Consternado, no pudo evitar que, de forma súbita, la seriedad impregnase sus facciones.

- Es broma – confesó el niño, inocente e impermeable a las preocupaciones del angustiado joven, mientras convertía el trozo de cartón en un avión.

De repente, los hermanos oyeron una voz, que se dirigía hacia ellos, tras la montaña de cajas

- Ey, ¿qué hacéis aquí? El puerto está cerrado de noche –gritó un hombre, claramente irritado.

Flavio asomó la cabeza por encima de unas cajas y pudo ver a un numeroso grupo de personas con aspecto sospechoso. Subió al niño a sus hombros para que pudiese ver también.

- ¿Qué hacemos? ¿Los enfrentamos? - preguntó con un tono travieso. Probablemente, pensaba, eran policías. Ya había visto bastantes haciendo guardia en el festival.

- El enemigo tiene a un mago entre sus filas: el grande, el del bastón -dijo Abel refiriéndose a un hombre que sostenía una barra de metal con su mano derecha - Antes de enfrentarlos deberíamos de obtener algún arma.

Flavio palideció y ahogó un grito entre sus manos. La observación de su hermano era, en esencia, correcta; la situación en la que se encontraban era peligrosa, esa gente no era policía y tenían que huir ya. Además, esos delincuentes ya estaban a meros pasos de su frágil fortificación.

Dudoso, el hermano mayor debatía sus opciones de huida. Poco pudo discernir, puesto que un ensordecedor estallido marcó el inicio de los fuegos artificiales, como si se tratase de un pistoletazo de salida. Ambos hermanos se miraron y se entendieron al instante; iban a empujar la montaña de cajas encima de sus atacantes.

- Malditos niños – gruñó su líder, enterrado entre cartones, embadurnado de líquido y cubierto de todo tipo pescado. Para cuando consiguió levantarse, ambos fugitivos se encontraban ya a bastante más de diez metros de distancia, escapando a toda velocidad.

A Abel le faltaba el aliento; su cuerpo todavía era demasiado pequeño para tanto esfuerzo. Sin embargo, no pudo evitar la carcajada; les habían dejado atrás. Era increíble, pero lo habían conseguido.

- ¡Les hemos ganado! ¡Somos los mejores! – rio Abel, pletórico.

Hacía mucho tiempo desde que Flavio lo veía con una expresión así. Su sonrisa, como si fuese parte de los fuegos artificiales, brillaba con la intensidad de cien bengalas. Aliviada, el alma de Flavio pudo descansar de sus preocupaciones. Al fin y al cabo, por dentro su querido hermano solo era un niño como cualquier otro.

- ¡Encontremos un lugar para verlos bien! – dijo el mayor mientras señalaba los impresionantes estallidos de color - Tenemos muchos otros días para subir al faro y robar su tesoro.

Eligieron para hacerlo uno de los gastados bancos de piedra del transitado paseo marítimo, justo en la zona que concentraba un mayor número de tiendas ambulantes. Serenos, alejados del puerto y del gentío que los envolvía, observaban hipnotizados las explosiones luminosas.

Con todo, Abel giró su cara hacia la de su hermano. En esos instantes, su corazón, rebosante de alegría y agradecimiento, estaba, por fin, en paz. Incluso si era invisible para sus padres, aun si se convertía en un triste recuerdo pasajero de todo aquel que lo conocía, pensaba que, aun así, se tendrían siempre el uno al otro.

Apoyó la cabeza en el hombro de Flavio y continuó viendo los fuegos artificiales, sin dejar de pensar en las aventuras que les quedaban por llegar. Sus mentes, síncronas, pidieron al cielo que el móvil nunca sonase, que su familia se olvidase de ellos, que se les permitiese sobrevivir, siempre juntos, la soledad.  

A la mañana siguiente, su madre anunció que pronto se volverían a mudar; la habían vuelto a contratar en otro país.

Finalmente, Abel nunca logró saber qué tipo de tesoro se encontraba en la cima del faro.
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Abel: humano español (1,90m)

Una puerta abierta y otra historia muerta Empty Re: Una puerta abierta y otra historia muerta

28/02/23, 05:59 pm
Ya había pasado un día desde la visita de Úrsula y era de noche. No una cualquiera, pues era la tan esperada velada de los espíritus: Halloween. Las calles del amplio complejo de chalets hoy se llenaban de vampiros y zombies que buscaban nuevas travesuras que realizar. Abel los espiaba de vez en cuando tras la ventana. Estaba un tanto celoso, pero disfrutaba viendo el ambiente festivo a través del cristal.

Mientras que el resto de chicos lucían disfraces de lo más grotesco por las calles, él se estaba probando el uniforme del instituto; una camisa blanca con corbata y unos pantalones negros a cuadros que terminaban en unos mocasines lustrosos del mismo color.

El muchacho pensaba que sus nuevas ropas también podían considerarse un disfraz. Quizás él era el verdadero engendro; un esperpento de tal calibre que ni siquiera uniformado podría hacerse hueco entre la gente normal. Aun así, tales pensamientos no lo entristecían. Le disgustaba la soledad, pero, aunque probablemente no lo reconocería si le preguntasen, disfrutaba de sentirse especial.

Esbozó una tímida sonrisa frente al espejo; su hermano siempre le había dicho que era la viva imagen del conde Drácula y, así vestido, lo parecía de verdad. Su oscuro cabello, suelto hasta el final de la espalda, combinaba con su monocromático uniforme. Todavía falta algo, pensó. Un último detalle que tuviese sentido. Alcanzó la sudadera roja que colgaba del espejo y la abrió sobre sus hombros, como si de una capa se tratase. Ahora sí; por fin podía decir que el look estaba completo.

Le divertía sobremanera verse así; creía parecer el protagonista de una serie animada, Drácula: el vampiro adolescente o algo por el estilo.

- ¿Existirá la clase de guerrero vampiro en algún Dragon Quest? - pensó mientras se hacía una coleta baja, bastante absorto en sus fantasías - Quizás podría convertir a alguien así en el próximo de mis protagonistas.

Se volvió a mirar al espejo para ver cómo quedaba el pelo recogido. Estaba convencido de que, luciendo así, podría dar una buena impresión en su primer día de clase. Su recién estrenado aspecto le daba seguridad ante sus temores que, aunque se habían reducido con el paso de las horas, no eran pocos. Pese a su habitual inexpresividad, la ilusión se hacía camino entre sus facciones. Ya llevaba semanas entrenando una actitud más positiva, pero hoy se notaba especialmente. Había un motivo concreto; su compañera le había inspirado a creer que quizás tendría éxito en dejar atrás sus días de soledad.

Abel planificaba su entrada al instituto, practicaba su discurso de presentación e imaginaba las caras de sus nuevos compañeros. Esa velada de Halloween se estaba convirtiendo en la noche en la que más confiado se sentía desde hace meses; sus frecuentes inseguridades no lo habían vuelto a paralizar y, por primera vez, permitía que su cerebro sintiese una esperanzada alegría.
Mientras soñaba despierto, Abel notó una extraña figura reflejarse en el espejo, como si hubiese aparecido de la nada. La nueva presencia no era lo único peculiar, el ambiente se había enrarecido, tenía la sensación de que su habitación ya no era del todo como la conocía.

El muchacho escuchó atentamente lo que la aparición le tenía que decir. Le contó acerca de un mundo mágico, Rocavarancolia o, en otras palabras, su verdadero hogar. En él se encontraría con chicos y chicas tan especiales y tan perdidos como él. Conocerían el significado de la hechicería, se embarcarían en aventuras épicas y, por supuesto, nunca volvería a estar solo. En definitiva, le ofrecía todo lo que siempre había creído desear.

Por muchos intentos que gastaba en pensar en contraargumentaciones, en su mente solo hallaba razones para dejarlo todo atrás e ir; sus padres ya hacía tiempo que se habían olvidado de su existencia, Úrsula seguro que se alegraría de no tener que volver a cargar con él, recorrería un reino fantástico junto con chicos como él y por último, pero incluso más importante, encontraría el lugar al que pertenece.

Involuntariamente, sus parpados se cerraban. Cansados e inútiles, ahogaban a Abel en el abismo de su conciencia. Como si, de manera instintiva, intentasen anclarlo a la realidad, una miríada de pensamientos aleatorios acudía a su mente: unos anteojos relucientes, un gato negro escurridizo, una llamada perdida en el olvido, una promesa de amistad y, por último, una absoluta certeza que se fundía en la oscuridad.
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