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Kanyum
Kanyum

Ficha de cosechado
Nombre: Nohlem
Especie: Varmano granta
Habilidades: Puntería, intuición, carisma
Personajes :
Jace: Dullahan, humano americano. 1’73m (con cabeza 1’93m)
Rox: Cambiante, humano australiano/surcoreano. 1’75m
Kahlo: Aparición nocturna varmana granta. 1’62m
Nohlem: varmano granta. 1’69m
Xiao Taozi: Fuzanglong carabés. 1’55m

Unidades mágicas : 5/5
Síntomas : Mayor interés por acumular conocimiento.
Status : Prrrr prrrrr

El dragón que no nada también es presa de los peces Empty El dragón que no nada también es presa de los peces

18/07/23, 04:04 pm
¡Ruu! ¡RUUU! ¡Me he encontrado!
¿¡Sí o qué!? ¡A ver!
El que nos va a encontrar es Biblios con estas voces...

El pequeño llegó corriendo a la mesa donde tenían montado un mercadillo de libros abiertos y añadió el suyo, uno cuyo lomo de cuero se caía a parches. Lo dejó encima de otros sin reparo a como de concentrados estuvieran en estos y le dió la vuelta en su dirección para que leyeran, poniendo su perla en medio como pisapapeles. Ruu se inclinó sobre el texto con sus orejas de liebre bien atentas.

¡Soy un fungzalon!
Lo sabía —se rió sin levantar cabeza—. ¡Lo sabía! ¡¡Eres un dragón!!

La sonrisa del carabés se ensanchó enseñando sus nuevos colmillos, impolutos y relucientes. Estaba radiante y daba saltitos en el sitio con ambas manos apoyadas en el borde de la mesa.

¡¡Sí!! Pero- pero no era que los dragones tenían- —gesticuló con las manos de manera muy poco clara, separándolas de su cuerpo lo máximo posible.
¿Alas? ¿Sobrepeso?
¡Alas!
Ja —la chica golpeó el libro con la palma abierta—. ¡Eso es lo que se creen los blancos!
¿Y ese insulto?
¡Eso es lo que se creen los occidentales! —se corrigió, mirando al afroamericano con orejas gachas y expresión burlona. Este rodó los ojos divertido—. ¡No todos los dragones tienen alas! En mi cultura son así, ¡justo así! —y señaló la ilustración que decoraba la esquina, un dragón asiático que sujetaba una perla—. Madre, ¿¡eso quiere decir que te puedes transformar en dragón!?
No lo sé. ¡¿Puedo?! —el rubio se inclinó sobre la mesa para ver mejor, dejando sus piernas al aire con su larga cola de contrapeso. La ilusión se le escapaba por la boca—. ¡Pone que puedo hacer hipnosis!
¿Hipnosis? Hostia. A lo mejor eso explica porqué la siesa de Krita estaba siendo tan maja con él.

El licántropo le dio un codazo a Ruu con una sonrisa de medio lado, pero los ojos de la gamusino viajaban a toda velocidad por las letras, concentrada y con el ceño fruncido. Le dio la vuelta a la hoja, solo para encontrarse con una transformación diferente y volver sobre sus pasos.

¿Eh? Ya, sí... Tío. Hay super poca información. Si en tu ficha pone hasta que tienes pinchos en el pene...
¿Tienes pinchos en el pene? —con los ojos muy abiertos y una mueca asqueada el carabés dejó de menear las piernas de un lado a otro para tocar suelo con ellas—. ¿¡Por qué!?
RUU.
Sí Miyu, los leones tienen pinchos en el pene. Jason tiene pinchos en el p-
¡¿Os queréis callar?!
Ruu le dio un beso en la mejilla conteniendo la risa, risa que en el "funzanlon" era menos discreta.
Pero sí, o sea... eres uno de estos seguro. Escamas en las articulaciones, la perla... "Dragón de los tesoros ocultos" —golpeó el libro con el dorso de la mano—. No veas, a uno le toca ser el rey de la sabana, al otro un dragón, a la puta Krita le salen alas y yo aquí siendo un conejo rápido.
¿No que te encantaban los conejos? Por eso de que —y con voz de pito añadió—: "claro es que yo nací en el año de la liebre, y entonces"-
No veas la reina, tú —continuó pasando de él—. "Robó la ambición del viejo rey para ocupar el trono sin mancharse las garras. Sus deseos le llevaron a expandir los dominios de Rocavarancolia-"
¡Reliquia!
O sea... ¿da como a entender que puedes conceder deseos y luego los robas o algo así? ¿Y te hacen más fuerte?
¿Y cómo concedes lo deseos?
No lo sé —bordeó la mesa y se acercó a ellos, tomando asiento al lado del chico haciendo pucheros. A veces tenía como la intuición de saber que querían sus amigos, pero ¿conceder deseos?—. No lo pone.
¿A lo mejor con la perla...?

El afroamericano alargó la mano hacia esta pero fue rápidamente interrumpido en el acto. Miyu había saltado como un resorte, aferrándose con ahínco al dorso de su mano para impedir que cogiese su perla, clavándole las uñas superficialmente. Al darse cuenta de que le estaba haciendo daño le soltó. Jason se frotó la mano con la otra y la apartó en seguida.

Perdón. No sé... perdón.

Se sentía como un crío, pero el no querer que tocaran su juguete había sido un sentimiento tan visceral como insoportable. Agachó la mirada avergonzado. No quería ver el reproche y la confusión en la cara de sus amigos. No era la primera vez que actuaba raro respecto a su perla pero no podía evitarlo. ¡Hasta la reina Reliquia salía sujetando la suya en la ilustración!

Oye, no... no pasa nada —tomó aire pesadamente y, segundos después, le puso la mano en la cabeza entre sus cuernos para zarandearle suavemente de un lado a otro—. Ey. En esto no me ganas chaval. Anda que no me puse yo como loco cuando salió la luna, que puto susto. El dragoncito también tiene que morder, ¿eh?
Eso... —Ruu se inclinó hacia delante hasta entrar en su ángulo de visión, añadiéndole seguridad a su sonrisa cuando el pequeño miró hacia ella—. Los dragones protegen sus tesoros. Es la perla del rey Melocotón.

La china hacía lo imposible por disimular, pero lo cierto es que estaba muy incómoda desde que se transformaron. Los cambios, ser leyendas y mitos, los fortísimos instintos de sus compañeros... A fin de cuentas ella era una liebre entre lobos. Pero lo peor de todo era el miedo a que perdiesen su esencia, lo que les hacía ser quienes eran, y aquellos arrebatos hacían temblar su confianza.

El carabés sonrió ligeramente, aún carcomido por sus actos. No le había hecho sangrar pero no necesitaba hacerlo para sentirse culpable. Se levantó unos centímetros para coger su perla y ponerla en su regazo, a salvo.

¡Y ahora tenemos el nombre de tu transformación! Fu-zang-long —pronunció la gamusino lentamente, consciente de cuan mal lo había pronunciado Miyu antes—. ¡Seguro que ahora encontramos más información que antes! Podemos preguntar.
O podemos buscar sobre la reina...
¡O podemos buscar sobre la reina!
O Biblios nos puede encontrar antes a nosotros.
Jason tenía la mirada clavada en la distancia, en línea recta, allí donde la silueta de cierto fantasma era cada vez más nítida y cercana.
Oh-oh.
Os lo dije.
Mierda –susurró—. Seguro que ha oído que tienes pinchos en el pene.

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Kanyum
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Jace: Dullahan, humano americano. 1’73m (con cabeza 1’93m)
Rox: Cambiante, humano australiano/surcoreano. 1’75m
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Nohlem: varmano granta. 1’69m
Xiao Taozi: Fuzanglong carabés. 1’55m

Unidades mágicas : 5/5
Síntomas : Mayor interés por acumular conocimiento.
Status : Prrrr prrrrr

El dragón que no nada también es presa de los peces Empty Re: El dragón que no nada también es presa de los peces

20/07/23, 03:34 pm
No todos los dragones tenían alas, no todos eran bestias terroríficas y violentas, y no siempre escupían fuego. Los había sabios, compasivos, los que en lugar de fuego y aire preferían volar en el agua limpia de los ríos sin perturbar a nadie. El fuzanglong no sabía ninguna de estas cosas antes de transformarse, y muy posiblemente no las hubiera sabido de no ser por las historias que le contaba Ruu. Igual que un niño que se apropia de un cuento para construir su personalidad, el ya no tan pequeño Miyu había hecho de esos detalles parte de él como si fueran innatos a su transformación, y con el agua por los hombros en aquel río de Idris al que iban todos juntos siempre que podían el dragón estaba en casa.

¡Sal ya, enano! ¡Te toca ayudar con la comida!

Miyu ignoró la orden con una burla infantil y se sumergió con la elegancia de una serpiente, sin salpicar, haciendo un bonito arco con la cola para pavonearse. Fue hasta el fondo en busca de cualquier cosa que llamase su atención: una piedra que le gustase, algas, peces, lo que fuera, pero una fuerte y repentina corriente enturbió el lecho haciendo de los cantos rodados una masa uniforme gris y marrón. Cerró los ojos, soltó el aire por la nariz antes de que se le metiera tierra por ningún lado y subió a la superficie para recuperarlo, pero chocó con algo. ¿Había... un techo ahí? Probó unos centímetros más allá pero de nuevo había un muro sólido. Lo más raro es que sus manos podían salir, pero no su cabeza. Veía la luz que atravesaba el agua y el cielo desdibujado por el movimiento del agua encima suya, incluso sus brazos agitándose sobre su cabeza, pero aquel muro invisible no le dejaba pasar. El agobio creció deprisa, como yesca ardiendo, y en un pestañeo desesperado vio la silueta de aquello que debía estar cerrándole la salida, empujándole hacia abajo.

¿Había tiburones en el río?


Ruu. Ruu. Despierta.
La gamusino abrió los ojos completamente atolondrada, y aunque el sueño que tenía era matador el sonido del silencio le hizo incorporarse hasta quedar sentada en seguida. Sus orejas se movieron en todas direcciones. Era como estar en una cápsula, le presionaba los tímpanos. Para Jason no era mucho mejor. A ese inquietante silencio se le sumaba el olor de la sangre.

¿Qué pasa?
No lo sé. Apesta a hierro y plata.

Señaló la puerta con la barbilla, de donde por desgracia venía el olor. No de la calle, de su propia casa. Sabía que tendría que haber actuado más rápido, despertado a Ruu con más apremio y ponerse en pie sin esperar a que esta abriera los ojos, pero incluso para un león existía el miedo. La chica no olía la sangre pero no necesitaba hacerlo. La presión era espantosa, antinatural, y por mucho que agitara la oreja izquierda la tenía firmemente tapada, como cuando entras a un túnel demasiado rápido.

No se oye nada.

Para cuando el chico salió de su estupor y de la cama tenía el cuerpo de un león. Ruu odiaba verle así. Era adorable cuando le permitía tumbarse encima suya, para acariciarle las orejas y bajo la barbilla, pero en aquel contexto la pantera solo eran malas noticias. Asintió una sola vez y se levantó para abrir la puerta por él. A pesar de la oscuridad la poca luz que entraba al cuerto era cegadora.


Cuando una piedra demasiado fría y afilada para ser un canto de río golpeó su rostro el sueño dejó de ser un sueño.
Había sido uno minúsculo, de los que empiezan y acaban abruptamente pero tu mente hila y alarga para dotar de lógica. El tiburón, no obstante, era real. Tan pronto pudo abrir los ojos perdió la visión.

"No tardes tanto, Ter-Watah. No querrás sangre si te quita el deseo de ella."
Cierra la puta boca, Sosiego. Callada estás mas guapa. Tú busca la perla.

El fuzanglong no gritaba a pesar de tener un cuchillo rajándole el ojo. Probablemente por el shock o, que tontería, por la rodilla que había hincado en su garganta para que no se moviese. Había roto las sábanas con las garras y ahora las clavaba sobre la carne del escualo en una reacción guiada por el instinto, que si bien no era nada que no pudiera soportar tener cinco uñas en el muslo y otras cinco en la mano seguía siendo molesto. Para ser tan pequeño se meneaba demasiado. Le tenía sujeto el rostro con una mano, tapándole el ojo derecho mientras cegaba su izquierdo, pero incluso así era difícil atinar donde debía. Al oír como Sosiego abría el cajón de la mesita de noche, ahí donde guardaba la perla, Miyu finalmente cortó el aire con un grito, pura angustia mezclada con el dolor.

Ter-Watah, harto de la pulga inquieta, presionó su otro ojo con el pulgar para acabar antes. Podría matarle y punto, pero joder, la sangre. La sangre era buen pago. Habían roto las defensas que protegían el edificio y las burbujas de silencio que habían colocado deberían aislarles lo suficiente para que cualquier alarido cayera en saco roto, o eso creía él hasta que aguien le empujó con fuerza, apartándole del carabés y haciéndole caer sobre las piernas de Sosiego. No sin estragos: en el proceso su cuchilla cruzó la cara del chico, trazando una profunda grieta roja hasta su cuello, dejando un reguero aún mayor sobre la cama. A pesar de ponerse en pie a toda velocidad, el escualo y la bruja del silencio se quedaron solos, con las manos vacías y un puñado de reminescencias que enseñaban, paso a paso, como la gamusino le quitaba la perla a una y el fuzanglong al otro.

Sin embargo la velocidad era lo de menos en esa persecusión. Incluso si el camino de sangre menguaba, él seguiría oliéndola.


¡MIYU! ¡Miyu, aguanta! ¡Aguanta, aguanta!

Tenía los ojos abiertos pero veía blanco. Rayas de luz que zigzageaban frenéticas irrumpían violentamente en su inexistente campo de visión, y ahora que no tenía que preocuparse por salir del río, que cargaban con él y guardaba con celo su perla entre ambas manos, el dolor le arrinconó. Lo poco que vislumbraba más allá de aquellos gusanos de luz eran los borrones de las lágrimas que se habían acumulado en alguno de sus dos ojos, pues estaba tan aturdido que ni siquiera sabía localizar de donde venía su ceguera. Al menos oía las voces de sus amigos cerca.

Ruu.
¡No te duermas, no te duermas!
¿Me voy a morir?
No, claro que no —notó que la voz de la gamusino se quebraba—. No te duermas, por fa. No te duermas.
Está perdiendo mucha sangre.
¡Ya lo sé, joder!
¿¡Quién coño eran esos!? ¿Cómo cojones han-
¡¡No lo sé!!
¿Dónde está Krita? ¿¿No nos estaba siguiendo Krita??

La discusión seguía mientras corrían aunque las frases llegaban a trompicones a sus oídos, como en un sueño febril. Le dolía la cabeza. ¿Le habría entrado agua en el oído? Seguramente si se ponía de pie perdería el equilibrio. Dios, como dolía. Le ardía la cara y su sangre caliente era muy desagradable y pegajosa al tacto, y por mucho que presionase no dejaba de brotar. ¿Acaso le estaban saliendo dientes nuevos? Apretó la mandíbula. Dolía mucho. ¿Por qué no veía?
Ruu —sollozó—. No me quiero morir.
Ya casi estamos melocotón, ya casi estamos.
¡RUU!

Igual que todo la caida pasó muy deprisa. La sensación de flotar fue tan marcada como el suelo al rasparle la piel, por si el dolor que sentía fuera poco. La adrenalina frenó sus lágrimas, y aunque lo poco que veía carecía de nitidez, la gamusino tendida en el suelo a escasos metros suya era perfectamente reconocible.

¡Ruu! —su voz fue un hilo al intentar levantarse, consciente de que si hablaba más alto vomitaría. Era como tener todos los órganos acumulados en la garganta, allí donde seguía notando la presión del tiburón.

Y como atrapado por una ola algo le revolcó contra el suelo. El pánico se apoderó de él al pensar que era Jason, tan desbocado como el día de la Luna: un amasijo de zarpas, pelo y dientes que luchaba por hacerse con lo que escondían sus manos, un miedo que no mejoró al fijarse con nimio alivio que su pelaje era demasiado oscuro para ser él. Oía golpes, gritos, hechizos interrumpidos, crujidos y chapoteos tan desagradables que, dentro de lo que era el no poder pensar en otra cosa que fuera alejar a la pantera de su yugular, hasta se alegraría de estar cegado para no ver lo que pasaba su alrededor. Gritaba como lo hacían otros, gritos que murieron cuando un chirrío desagradable tensó sus oídos. Al mirar abajo, entre cortes y escamas abiertas, entrevió como la garra del animal había atravesado su perla en su intento de quitársela de las manos, enganchada a su uña. Al apartar la zarpa la grieta creció, expandiéndose el blanco y negro que veía en su ojo izquierdo por todo su ser.

Mierda —susurró Virius antes de alejarse, observando el error que acababa de cometer.

Miyu no era consciente de nada. Oía todo y no oía nada. "Llévatelo. Qué haces ahí. Levántate. Marchaos de aquí. Corred". Su mirada seguía en su perla y sus manos la presionaban sin fuerza alguna, buscando quizás encajarla de vuelta o impedir que se abriera más. Cuando Jason se abalanzó sobre el leopardo él apenas reaccionó. Cuando cesaron los gritos agónicos de sus amigos, cuando alguien le llamó por su nombre, cuando tiraron de él para cargarlo como un saco, cuando el roze de sus heridas quemó al tacto... apenas reaccionó. No sentía miedo ni náuseas, ni siquiera alivio. Su ansiedad era leve, pero no incapacitante. No era inmune al daño, pero este se había convertido en una molestia y nada más. Tenía los ojos fijos en Ruu, en la forma en la que su cuello trazaba un ángulo imposible.

Ruu —musitó. Su voz era una sola nota—. Ruu. No podemos dejar a Ruu. Jason. No podemos...
Cállate.

Sujetando los trozos de sus deseos y a hombros del licántropo, cuya voz se asemejaba más a un rugido, se alejaron de lo que había sido su casa. Pocos les seguían. Krita estaba con ellos, pero le faltaba un ala. Nielle cojeaba. Aquellos monstruos les habían dejado marchar, pues estaban demasiado ocupados riñendo a la pantera que le había roto.


Entraron a una casa abandonada, y en un sofá destrozado y lleno de polvo Jason le soltó sin cuidado alguno. A pesar del trayecto apenas entonces se fijaba en que estaba llorando.

Nos hemos dejado a...
¡CÁLLATE! —le rugió.
Jason-
¡CALLÁOS, joder! —replicó de vuelta, melena y zarpas a medio transformar. No se molestó en esconder sus rasgos al volver al carabés—. Qué coño ha pasado, Miyu. ¿Quiénes eran esos?
No lo sé...
¡¿Que no lo sabes?! ¡Esos hijos de puta venían a por ti! —le señaló con la garra, apuntándole al corazón—. ¡Venían a por ti! ¡Me cago en todo Miyu, qué cojones-!
No lo sé —repitió en voz más baja. Él también lloraba pero era por pura inercia. No quería llorar—. ¿Dónde está-
¡DEJA DE PREGUNTAR POR RUU, JODER, ESTÁ MUERTA!
¡Jason! ¡Ya basta!
El ulterano se puso en medio, temiendo con toda razón que el león se abalanzase sobre el fuzanglong. El licántropo necesitó un par de segundos para deshacerse de la careta de ira y frustración. Al remitir sus rasgos, sus lágrimas regresaron con más fuerza. Se encogió sobre sí mismo hasta quedar de rodillas en el suelo, con el rostro escondido entre ellas en un sollozo incontrolable.

La han matado...—musitó. Silencio–. ¿Qué has hecho...?

Miyu deseó tener una respuesta para eso. Lo habría deseado de poder hacerlo.

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